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El Holocausto y la reivindicación de la memoria histórica ,

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EP New York / Análisis 
 
EL SIGNIFICADO DEL HOLOCAUSTO Y LA NECESARIA REIVINDICACIÓN DE LA MEMORIA HISTÓRICA

por Ricardo Angoso

 

El 29 de enero es el día internacional de recuerdo de las víctimas del Holocausto o la Shoah.


La desaparición de la vida judía en Europa Central y del Este después de los acontecimientos vividos durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y el Holocausto, como un hecho histórico que no tenía precedentes en la historia del continente y casi de la humanidad, abrió un debate sobre la reivindicación de la memoria histórica y sobre los orígenes de esta tragedia, pero también acerca de la responsabilidad de los perpetradores del genocidio y el alcance que tuvo en los países en que aconteció.

Además, en los últimos años ha habido un notable esfuerzo en numerosos países por tratar de recordar e incluso reconstruir la vida judía antes del Holocausto. Se han inaugurado muchos monumentos en memoria a estos sucesos, se han colocados placas en homenaje a las víctimas, se abrieron decenas de museos dedicados a la vida judía en Europa y al Holocausto -incluso en países como los Estados Unidos-; y,   en fin, se despertó un gran interés por el tema y se mantuvo viva, en cierta medida, la llama de la evocación y remembranza de aquellos que hoy no están para contarnos lo que sucedió en esos aciagos días. Por no hablar de la literatura, donde elaborar una lista de títulos publicados sobre el tema sería una obra titánica.

Es de valorar que países como Alemania también se hayan sumado a esta tendencia, diría que universal, porque este exterminio masivo que fue llamada la “solución final” vuelve a sacar la cuestión de la culpa” y el olvido del que han hecho gala millones de alemanes durante todos estos años, como si sobre el Holocausto y todos los desmanes que se produjeron en este período hubiera caído una cortina que los separase de sus existencias, ajenas a los crímenes de una minoríenferma” asesina, y un régimen demoníaco. De repente, en 1945, tras el final de la guerra, como si de un accidente natural se hubiera tratado, cesó el aliento criminal de toda una época y comenzó otra sin mirar hacia atrás, sin la necesidad de comprender cómo fue posible y por qué; no había tampoco remordimiento, pues no había culpa, y el tiempo se encargaría de hacer olvidar, y sobre todo borrar para siempre, los resultados de una política demencial y asesina.

Podían mirarse a la cara sin rubor ni vergüenza, pues no se sentían culpables ni responsables, nadie lo era, pensaban, tan sólo  un sistema político totalitario y totalizador que les había anulado y les había obligado a cometer los crímenes, a cumplir órdenes, en el sentido que lo entendía el genocida Adolf Eichmann. Incluso el escritor ya fallecido Gunter Grass, seguro, se sintió víctima de tal sistema, pese a haberse enrolado voluntariamente en las Wafen SS, y no creyó ser responsable de nada, también cumplíórdenes y no tenía escapatoria, diría más tarde.

“Vigilantes de los vigilantes, moralistas de nuestro tiempo, conciencias morales de la sociedad: así gustaban de aparecer en público. ¿Y cómo se puede ser vigilante de los que vigilan, conciencia moral de la multitud, si uno mismo ha errado en la ocasión decisiva tan funestamente en el camino? Pues rechazando, difuminando, el recuerdo de lo que se fue, hasta llegar, hasta creer que nunca se ha sido aquello que, sin embargo, los textos y fotos atestiguan; sólo así puede alguien aspirar a ser conciencia moral de una sociedad o permitir, sin sonrojarse, que los demás se lo digan”, escribiría el historiador Santos Juliá al referirse al escritor Grass.

Qué sencillo resulta vivir así, sin asumir responsabilidades colectivas ni individuales, adaptándose a una forma de entender la vida, casi una filosofía, donde no existe ni la culpa, ni el pecado. Y muchos menos el remordimiento por el daño causado al otro; no hay necesidad de pedir disculpas a nadie porque nadie fue responsable de lo acaecido.



Este proceso, del que participó sin duda toda Alemania tras el final de la guerra, nos lleva al asunto de la memoria histórica, de salir del armario y asumir cada uno sus propias culpas. Y, como señalaba el periodista Jesús Ceberio al referirse a este asunto, en una reciente reseña de un libro, contra toda lógica, una parte sustancial del pueblo alemán hizo suya la inculpación de los judíos hasta la capitulación, momento en que el Holocausto entró en limbo de la amnesia colectiva. Nadie había visto nada, nadie sabía nada acerca de aquel secreto de familia que todos habían compartido. Miraban atónitos los hornos en los que quemaban a los judíos y a otros y trataban de hacernos creer, cuando los Aliados les obligaron a visitar los campos y conocer el horror del nazismo, que no sabían nada aunque ante sus narices salía el humo acusador. Incluso había una cierta superioridad moral, como si esos crímenes no tuvieran nada que ver con la sociedad en la que vivían inmersos y hubieran sido cometidos por entes ajenos, distanciándose de unos verdugos que hasta hace unos días eran sus inocentes vecinos. Pero no es cierto,   el Holocausto y sus testigos estaban ahí, desde un rincón de la historia, para denunciar lo ocurrido.

“A fuerza de repetidas, nos hemos cansado de escuchar una y otra vez las tristes historias del Holocausto; ya no las creemos; hemos cedido a la indolencia, la ignorancia y el cinismo, y nos atrevemos incluso a menospreciar, cuando no a cuestionar, por acción u omisión, el horror de los campos de exterminio e incluso a los testigos que los padecieron. La obligación de recordar está inscrita en cada monumento al genocidio del pueblo judío, pero la expresión “nunca más” termina derivando en lugar común”, escribía el poeta y escritor José de María Romero muy acertadamente ante esa actitud tan corriente en nuestros tiempos de caer en terrenos comunes y superficiales estereotipos al referirnos a hechos transcendentales.

Concluyendo, este notable y loable esfuerzo que están haciendo los alemanes, pero también eslovacos, húngaros, polacos y rumanos, aunque con matices en cada caso, nunca llega tarde. Una de las viejas sinagogas incendiada en la Noche de los Cristales Rotos fue reabierta en la capital alemana para dar paso a un museo. Se inauguró un monumento dedicado a las víctimas del Holocausto muy cerca de la puerta de Brandenburgo. Se cuidan los viejos cementerios de Berlín. Se abren museos recordando a los judíos que se fueron para siempre en casi todas las ciudades europeas. También se publican decenas de obras, novelas, ensayos, libros de poesía e incluso sesudos estudios, por no hablar de muchos más gestos, sobre el significado del Holocausto. En definitiva tenemos que seguir insistiendo en este asunto para que nadie olvide y guardar viva la llama de la memoria porque, como decía el escritor Primo Levi, “no es lícito olvidar, no es lícito callar. Si nosotros callamos, ¿quién hablará?”.


Otros temas y análisid de Ricardo Angoso/ En busca del preciado vino de los Nazis


 

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Enrique Santiago , un peligro inminente para la democracia de España

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EP EE.UU/Opinión 

¿QUIÉN ES ENRIQUE SANTIAGO QUE OCUPARÁ UN ALTO CARGO EN EL GOBIERNO DE ESPAÑA?

por Ricardo Angoso

El nombramiento del Secretario General del Partido Comunista de España, Enrique Santiago, para un alto cargo del gobierno del Reino de España es realmente preocupante, el emblema de esta época decadente y gris por la que atraviesa nuestro país y que nos ha llevado a uno de los peores momentos de nuestra joven democracia. Santiago, aparte de haber sido asesor de la organización terrorista y criminal Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), considera que el Estado de Israel es una entidad terrorista que atropella los derechos humanos y que no tiene, como piensan todavía muchos izquierdistas en España, ningún derecho a su existencia pacífica.

El sujeto, tal como ha colocado en muchos de sus comentarios en Twitter, considera legítimos los ataques terroristas de Hamas y Hezbollah contra objetivos civiles israelíes, ataca sin piedad a los líderes de Israel elegidos democráticamente y considera casi como unos héroes a los asesinos que siembran y han sembrado el terror en el Estado hebreo durante décadas. Muchos jóvenes palestinos asentados en España, que comulgan con esas ideas, se han integrado en Izquierda Unida -la coalición de la cual forman parte los comunistas españoles- y se movilizan periódicamente contra Israel en las calles españolas y a favor del movimiento BDS (Boicot, Desinversiones y Sanciones es un movimiento propalestino que aboga por una campaña global para incrementar la presión económica contra el Estado hebreo). También ha apoyado la legitimidad de la violencia política en Colombia, más concretamente de las FARC, y es una de las escasas voces que todavía defiende la dictadura comunista cubana en España sin pudor alguno.

Lo preocupante del asunto es que salvo una breve nota en Twitter de la organización ACOM, que se dedica a denunciar actos antisemitas, la noticia ha pasado desapercibida cuando no tenía que haber sido así, dada las intensidad y la profusión, cada vez mayor, de actos antisemitas en España, como la cada vez más insistente aparición de pintadas antisemitas en varias ciudades del país y la reciente profanación de un conocido cementerio hebreo en Madrid.

A este nombramiento, ya de por sí lamentable, se le viene a unir la noticia que no concitó la rotunda condena social y política que hubiera merecido el reciente alegado antisemita de una joven fascista en un acto de homenaje a la División Azul, asunto ha volvió a encender las alarmas en la comunidad judía española. La joven fascista, de nombre Isabel Peralta, emulando quizá a Ramón Serrano Suñer cuando despidiendo a la División Azul lanzó su grito de guerra de que “Rusia es culpable”, fue jaleada por tres centenares de neonazis cuando aseguró que “el judío es culpable”. Luego esta horda neonazi se manifestó impunemente en un barrio de Madrid sin que la policía, siempre tan atenta a otras cosas menores, hiciera acto de presencia.

Todos los partidos políticos, desde Vox hasta el PSOE, condenaron la lamentable arenga, aunque si ir más allá, como haber demandado medidas legislativas y punitivas para perseguir tales actos. Lo que no quedó tan claro es de que son culpables los judíos. El partido político Podemos, del que forma parte el susodicho Santiago, por su parte, hasta el día de hoy no ha condenado los hechos, algo habitual y lógico en esta formación financiada por Irán y con nexos conocidos con Hamas, Hezbollah y otras organizaciones antisemitas. También se ha demostrado con todo lujo de detalles que reciben dinero del sátrapa venezolano, Nicolás Maduro, otro notable enemigo de Israel y aliado de Irán en la escena internacional. El nuevo antisionismo es el antisemitismo del siglo XXI, habiendo un hilo conductor entre el viejo nazismo que no ha muerto y los nuevos defensores de la causa palestina. Odiar a Israel es más progre, claramente, que atacar a los judíos porque ellos, tan nobles en sus ideas, no son supuestamente racistas.

Pese a la presencia de Podemos en el gobierno, eso no fue óbice para que la ministra de Exteriores de España, Arancha González Laya, visitará Israel el pasado mes de diciembre y que aprovechará  la ocasión para defender la necesidad del diálogo entre israelíes y palestinos, algo que manifestó con vehemencia en todos sus encuentros con representantes del ejecutivo israelí. En su opinión, un acuerdo entre las partes debería estar en consonancia con el “espíritu de la conferencia de Madrid”, celebrada hace ya casi tres décadas, y también con la vieja fórmula que pasa por “la solución de los dos Estados”. Posiciones que están, desde luego, en las antípodas de lo que postula Podemos oficialmente, mucho más cercanas a las tesis terroristas de algunos grupos palestinos que la invocación a un diálogo al día de hoy casi imposible por muchos motivos que desbordarían el interés de esta nota.


RICARDO ANGOSO GARCÍA
Coordinador del Foro Ideas para la Democracia:

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El otro “holocausto” desconocido en los campos de concentración Nazis

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EP EE.UU./ opinión

EL HOLOCAUSTO DESCONOCIDO: GAYS EN LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN NAZIS

El 27 de enero es el día internacional en recuerdo a las víctimas del Holocausto, entre las que se encontraban, aparte de los judíos, miles de gitanos, prisioneros de guerra, opositores al nazismo y los siempre olvidados de esta historia: los gays.

por RICARDO ANGOSO

El 30 de enero de 1933, Adolfo Hitler fue nombrado canciller de Alemania tras haber ganado unas elecciones democráticas y habiéndose rendido el país a sus pies. En apenas unos meses, la maquinaría nazi creada por Hitler y sus acólitos cerraría el

parlamento, ilegalizaría los partidos políticos y los sindicatos e iniciaría la persecución de judíos, homosexuales, disidentes políticos, gitanos y “elementos antisociales”. La policía política del nuevo régimen, la Gestapo, crearía todo un tejido de informadores, colaboradores y simples acusadores voluntarios que convertirían a toda Alemania y los territorios que más tarde ocuparía en una gran cárcel. Nada ni nadie debía escapar a su absoluto control sobre la vida y la muerte. Había comenzado una de las mayores pesadillas de la historia de la humanidad: el régimen nazi.

Como era de prever, la homosexualidad, que antes de la llegada de Hitler al poder era tolerada por las autoridades, sería considerada por el nazismo como uno de los delitos más graves que un hombre podía cometer. Miles de alemanes y austriacos pasarían por los campos de concentración nazis por el simple hecho de ser homosexuales; tras la guerra, al ser criminalizados por la misma sociedad que un día les encerró, ni siquiera pedirían reclamaciones y el reconocimiento de la persecución que sufrieron. Aparte de ser recluidos por su condición y orientación sexual, fueron doblemente condenados al sufrir el olvido para siempre.

La doctrina oficial del nazismo sobre este asunto la dejó bien sintetizada y explicitada el propio Adolfo Hitler en uno de sus discursos: “La homosexualidad hace encallar todo rendimiento, destruye todo sistema basado en el rendimiento. Y a esto se añade el hecho de que un homosexual es un hombre radicalmente enfermo en el plano psíquico. Es débil y se muestra flojo en todos los casos decisivos… Nosotros debemos comprender que si este vicio continua expandiéndose en Alemania sin que lo combatamos, será el final de Alemania, el fin del mundo germánico.Hay que abatir esta peste mediante la muerte”.

Las primeras medidas contra los homosexuales

Muy pronto comenzó en la Alemania la represión de la vida homosexual. Un mes después de la llegada de Hitler al poder, en febrero de 1933, todos los bares gays de Berlín son cerrados por órdenes de las nuevas autoridades nazis. Lo mismo ocurriría con los bares gays de otras ciudades alemanas, que como Bremen, Hamburgo y Munich también poseían una rica vida nocturna.

Un año más tarde de la llegada de Hitler al poder, en 1934, la Gestapo crea una división especializada en la persecución a los homosexuales. La primera medida impulsada por esta nueva sección policial fue elaboración de las denominadas “listas rosas” con la ayuda de los servicios secretos y la policía. Miles de gays serían fichados y los primeros detenidos por esta causa eran duramente torturados para que delataran a otros y así ir ampliando la lista de “degenerados” y “antialemanes”.

Dos años más tarde del año cero del régimen, en septiembre de 1935, y en plena campaña represiva de los nazis contra sus oponentes y los elementos “antisociales” y “degenerados”, se promulgan las primeras leyes antihomosexuales, que comprenden duras penas y cargas a los que sean detenidos por esta causa. A partir de este momento, pero sobre todo desde 1936, comienzan las primeras persecuciones sistemáticas y organizadas contra los homosexuales.

Sin embargo, las mayores persecuciones y detenciones arbitrarias se producirían entre 1937 y 1939, donde miles de hombres serían detenidos, encarcelados, torturados, vejados e internados en prisiones o campos de concentración. El nazismo se ensañó especialmente con los homosexuales, que eran señalados con un triángulo rosa en los lugares donde cumplían sus condenas para que así fueran reconocidos por los otros presos y sufrieran la ira y las continuas agresiones de los otros reclusos, tal como han relatado muchos de los supervivientes de esta tragedia. Para el nazismo, los gays eran junto los judíos la “escoria social” más baja.

Nazismo y homosexualidad

Pese a todo, y paradójicamente, en el Partido Nacional Socialista (NSDAP) había numerosos homosexuales y algunos muy notorios, como el jefe de las Secciones de Asalto (SA) del movimiento nazi, Ernst Röhm. Amigo íntimo de Hitler y buen conocedor de todas las intrigas y miserias del régimen, Röhm se convirtió en un elemento molesto para el nazismo y en el depositario de demasiada información y, quizá, de algún secreto que el líder máximo de la causa no quería que nadie conociese.

Pero las cosas cambiaron súbitamente para las Secciones de Asalto y su máximo jefe. Hilter inicialmente protegió a Röhm de otros elementos del régimen que consideraban su homosexualidad como una violación de la estricta política del partido contra los homosexuales. Sin embargo, un tiempo después Hitler creyó ver en Röhm una amenaza a su poder o, quizá, un hombre molesto porque conocía un pasado que pretendía ocultar a toda costa. Y así, de la noche a la mañana, la suerte de Röhm estaría echada.

El 28 de junio de 1934, en un episodio que es conocido como la  Noche de los Cuchillos Largos, Hitler ordena el asesinato de Röhm y de todos sus partidarios. A una semana del hecho, Hitler invoca la homosexualidad de hasta entonces amigo para justificar su asesinato y el de todos sus seguidores. También anuncia que el partido nazi será “limpiado” para siempre de homosexuales, a los que acusa de antialemanes, y disuelve las Secciones de Asalto.

Los campos de  la muerte

Se calcula que entre 10.000 y 15.000 homosexuales serían enviados a los campos de la muerte, donde los hombres que eran obligados a llevar el triángulo rosa eran especialmente maltratados por los guardias. También fueron objeto de crueles experimentos médicos. Estos experimentos eran tolerados y ordenados por el mismo jefe de las SS, Himmler, y su estado mayor, quienes consideraban una cuestión de honor convertir a estos “elementos antisociales” en alemanes de primera.

Esta difícil situación para los miles de gays de Alemania y los territorios ocupados llevaría a miles de dramas humanos. Aparte de la cárcel y los campos, miles de personas huirían de su país para siempre, muchos se suicidaron y otros miles fueron obligados a llevar una doble vida, incluso casándose, en el “paraíso” nazi. La sociedad alemana de entonces, cargada de complacencia, prefería mirar para otro lado antes de condenar la barbarie de un sistema brutal y terrible. Resulta increíble que hasta una fecha tan tardía como 1944 los militares alemanes no preparasen una conjura para eliminar de la escena a Hilter. Justo un año antes de la miserable y nada heroica caída del régimen nazi.

En 1945 cae el régimen nazi a merced de la derrota alemana en la guerra y el mundo descubre la gran vergüenza de los campos de concentración, pero para los gays no cambian mucho las cosas. Tras la guerra, los presos gays  que habían estado en los campos fueron considerados por las nuevas autoridades alemanas como “criminales”, pues la homosexualidad seguía prohibida en las dos Alemanias, y, por tanto, quedaban exentos de recibir ninguna indemnización por los años pasados en el infierno nazi. Tampoco sus familias pudieron reclamar ninguna pensión, pues eran un grupo considerado al margen de los demás. Tan sólo en la década de los sesenta y los sesenta algunos hombres del triángulo rosa se atrevieron a contar sus padecimientos y dar testimonio de su silencio sufrimiento durante décadas.

Incluso se da el vergonzoso hecho que después de que los campos fueron liberados al final de la Segunda Guerra Mundial, muchos de los prisioneros encarcelados por homosexualidad fueron reencarcelados por la República Federal Alemana (RFA) establecida por los aliados. Las enmiendas nazis al artículo 175, que convirtieron la homosexualidad de un delito menor en un delito grave, permanecieron intactas en la Alemania comunista hasta 1968 y en la democrática hasta 1969.

Aunque hay datos contradictorios entre las distintas fuentes históricas, una estimación objetiva y más o menos realista cifraría en unos 100.000 los homosexuales alemanes que fueron detenidos entre 1933 y 1945, año en que los aliados liberan los campos y ponen fin a la pesadilla nazi. Unos 50.000 de estos detenidos serían enviados por los nazis a centros de reeducación, cárceles comunes y un pequeño grupo que oscilaría entre los 10.000 y los 15.000 pasaría por los campos de la muerte. Algo más de 10.000 morirían en estos recintos del horror y la muerte.

Sesenta años después de que las tropas soviéticas y aliadas liberaran los campos de concentración y descubrieran, tras aquellas rejas, el horror y la maquinaría del crimen creada por los nazis, los homosexuales, los grandes olvidados de toda esta historia, eran relativamente reconocidos por poderes públicos y las instituciones europeas. Desgraciadamente, la mayor parte de ellos nunca tuvo conocimiento de este tardío homenaje a sus sufrimientos, pues bien o pereció en los campos de la muerte o murió antes de estos ejercicios de reconocimiento a las víctimas. Tan sólo unas decenas de estos homosexuales que sufrieron tantas penalidades y torturas han podido ver como llegaba el día en que eran públicamente reconocidos por la sociedad alemana y otras instituciones.


RICARDO ANGOSO GARCÍA
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Ciencia y Tecnología

Bienvenido siglo XXI , el siglo de la aparente normalidad

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EP New York/ opinión

EL SIGLO XX HA MUERTO, ¡BIENVENIDOS AL SIGLO XXI!

El covid-19 nos ha revelado, de una forma brutal y trágica, que nuestra aparente normalidad era una sensación artificial y también ha puesto sobre la mesa la vulnerabilidad de la especie humana. ¡Bienvenidos al siglo XXI!

EL SIGLO XX HA MUERTO, ¡BIENVENIDOS AL SIGLO XXI!

Por : Ricardo Angoso

El covid-19 nos ha revelado, de una forma brutal y trágica, que nuestra aparente normalidad era una sensación artificial y también ha puesto sobre la mesa la vulnerabilidad de la especie humana. ¡Bienvenidos al siglo XXI!

El mundo daba vueltas sobre su eje plácidamente y ajeno a los nuevos retos y desafíos que estaban por venir, mientras sus habitantes disfrutaban, sin apenas saberlo, de la monótona tranquilidad que consiste en vivir ajeno a la gran tormenta que se está largando en las alturas. Así se sucedía la vida, como si fuera un río que se conduce a través de las fértiles tierras sin mirar hacia atrás, hasta la aparición de un hecho inesperado, de un silencioso trueno que vino a turbar nuestra frágil paz y anodina existencia.

En apenas unas semanas, las que van desde los primeros días de enero hasta mediados de marzo, en que ya medio planeta estaba confinado, el mundo cambió para siempre sin que sus aterrorizados moradores apenas lo intuyeran en esos momentos. El planeta cesó su actividad, los hombres invernaron en sus casas, esperando mejores días, y el virus, acechante con su hacha de muerte, se propagaba con una velocidad “exponencial”, al menos eso decían los expertos, y dejaba un reguero interminable de fallecidos, afectados y enfermos.

Pero, incluso, los que no enfermaban también estaban enfermos pero de otra forma, alimentando su paranoia con el miedo, la angustia, el insomnio y una larga espera que nunca tenía fin, pues, en definitiva, nadie sabía lo que estaba esperando.Eramos, quizá como en ese poema de Pessoa, aquellos que siempre  aguardaron que les abrieran la puerta frente a un muro que no tenía puerta. No había otra salida que esa salida, es decir, era un juego de suma cero de imposible resolución o un viaje hacia ninguna parte porque no había un destino donde llegar. Qué locura tan irracional.

PUNTO Y FINAL AL SIGLO XX

Este manotazo homicida, este rayo asesino y desolador, nos despertó de nuestro letargo, de nuestra falsa tranquilidad, y puso el punto y final a un siglo XX sosegado y convencional que se alargó durante veinte anodinos años. Quizá esta pandemia es nuestra definitiva entrada en la modernidad, descubriendo,  de la forma más brutal y demoledora, cuán frágil era nuestra aparente normalidad, pero también para revelarnos, de una manera vertiginosa y con la velocidad de un rayo supersónico, qué vulnerables éramos. Qué frágiles, en definitiva, éramos, como leños perdidos que el mar anega o levanta caprichosamente, tal como habría dicho el genial Luis Cernuda.

Lo que nos ha pasado en los últimos meses, cuarentenas, confinamientos, estado de alarma y millones de fallecidos en el camino, nos ha revelado la verdadera dimensión del ser humano, su debilidad ante las nuevos amenazas no computadas con anterioridad y ante hechos que se le escapan  a su comprensión, como ha ocurrido ahora con la pandemia del covid-19. Esta crisis nos turba, nos ha cambiado para siempre sin saberlo, y ha puesto una nota de color, aunque sea de negro luto, a este siglo que ahora sí comienza verdaderamente.

Son ya muchos los que han dicho que siempre habrá un antes y después de esta crisis, que el mundo no volverá a ser el mismo y que nuestros destinos, para siempre, estarán marcados con la señal casi diabólica del 2020, un año para el desván del olvido y que deberíamos resetear de nuestra memoria colectiva. El siglo XXI ha irrumpido en la cacharrería de la historia con estruendo y causando estupor entre todos nosotros, que no alcanzamos a explicarnos qué está pasando y sustrayéndonos del mundo lógico y normal que conocíamos hasta hace apenas unos meses, en que no sabíamos que el mundo iba a cambiar para siempre en unas cortas semanas. Continuará en el 2021.

RICARDO ANGOSO GARCÍA
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