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La Fundación L’Oréal junto a la UNESCO lanzan un Manifiesto para defender el rol de las mujeres en las ciencias

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PORQUE LAS MUJERES EN LAS CIENCIAS PUEDEN CAMBIAR EL MUNDO

 Enfoque Periodístico/PR NewsWire

 Cinco importantes mujeres científicas y 15 prometedoras jóvenes investigadoras fueron reconocidas anoche en la Maison de la Mutualité en París. Irina Bokova, Directora General de la UNESCO y Jean-Paul Agon, Presidente y CEO de L’Oréal y Presidente de la Fundación L’Oréal aprovecharon la oportunidad para lanzar el Manifiesto Por las mujeres en las ciencias. Firmado los invitados presentes en la Ceremonia, este Manifiesto tiene el objetivo de abordar la baja representación de las mujeres en las ciencias. 

 UN COMPROMISO DE LARGO TÉRMINO PARA EMPODERAR A LAS MUJERES EN LAS CIENCIAS

 En los últimos 18 años, el programa de L’Oréal-UNESCO, Por las mujeres en las ciencias alentó, promovió y destacó a mujeres científicas de todo el mundo. Sin embargo, la actual situación indica que aún hay mucho por hacer. Este año, la ceremonia de premiación concluyó con el lanzamiento del Manifiesto Por las mujeres en las ciencias: una campaña para impulsar el compromiso de la comunidad científica y el público en acelerar el proceso de inclusión de las mujeres en las ciencias.

 UN OBJETIVO EXPRESADO EN UN MANIFIESTO

 Jean-Paul Agon, Irina Bokova y la Presidenta del Jurado de este año -quien fue anteriormente premiada y ganadora de un Premio Nobel- Elizabeth Blackburn, firmaron el Manifiesto junto a las premiadas, Talentos Emergentes Internacionales y a los numerosos invitados para garantizar la visibilidad y el apoyo público necesario para que todas las personas involucradas puedan trabajar en conjunto en torno a la igualdad de género en las ciencias. “Nuestro cambiante mundo necesita hoy más que nunca de las mujeres y sus descubrimientos. Con el programa Por las mujeres en la ciencia, la Fundación L’Oréal se compromete a promover a estas mujeres que cambiarán el mundo a través de la ciencia. Estamos decididos a luchar por la ciencia y por construir un mundo más bello juntos”, declaró Jean-Paul Agon.

 Durante estos 14 años, la Fundación Empresarial L’Oréal y la UNESCO han dado visibilidad y apoyo a mujeres científicas

March 24, 2016

 LOS SEIS COMPROMISOS DEL MANIFIESTO FORWOMEN IN SCIENCE (POR LAS MUJERES EN LAS CIENCIAS)

 1/ Alentar a jóvenes que quieren explorar caminos de carreras científicas

2/ Romper las barreras que impiden que las mujeres científicas elijan carreras de largo término en investigación

3/ Priorizar el acceso a las mujeres en posiciones senior y posiciones de liderazgo en ciencias

4/ Celebrar con el público en general la contribución que las mujeres científicas hacen al progreso científico y la sociedad

5/ Garantizar la igualdad de género a través de la participación y liderazgo en simposios y comisiones científicas como conferencias, comités y reuniones de juntas directivas

6/ Promover la guía y socialización para que las jóvenes científicas puedan planificar y desarrollar sus carreras de modo tal que puedan alcanzar sus expectativas

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Triunfo taliban en Afganistán pone en riesgo liderzgo de occidente

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EP New York/ opinión

OCCIDENTE, SIN RUMBO NI LIDERAZGO, EN PELIGRO

La derrota de los Estados Unidos en la guerra de Afganistán, dejando en el poder a los talibanes y abandonando a su suerte a la administración instalada por los occidentales en Kabul, significa una dura derrota para Occidente y el avance del totalitarismo frente a la democracia. Las consecuencias de esta debacle pueden ser fatales para el mundo libre.

por Ricardo Angoso

Occidente, liderado por los Estados Unidos, la OTAN y los principales países europeos, ha sido derrotado y humillado en Afganistán. La retirada caótica, vergonzante, desordenada y precipitada de Kabul, abandonando a miles de colaboradores de las tropas occidentales durante estos veinte inútiles años, ha sido la guinda de la tarta de una desabrida guerra con sabor a desastre. Primero fue el  erróneo anuncio de Donald Trump, a bombo y platillo, de que las tropas norteamericanas saldrían del país, lo que alimentó el voraz apetito de los talibanes y precipitó al país al abismo, y después llegaría la retirada total programada (¿?) por el nuevo inquilino de la Casa Blanca, Joe Biden.

El reconocimiento de los talibanes por Trump, que sirvió para torpedear y acabar con las negociaciones de Doha entre las autoridades de Kabul y el Talibán, precipitaron la ofensiva militar de los mismos y su rápida victoria, avanzando en todos los frentes, que les llevó a la capital de Afganistán y a conquistar todo el poder, mientras que el régimen instalado por los occidentales se derribaba como un castillo de naipes.Su presidente,  Ashraf Ghani, huyó cargado de maletas repletas de millones de dólares, abandonando a  su suerte a sus colaboradores y al maltrecho país. 

Entre ambos, Trump y Biden, han tirado a la basura veinte años de trabajo en Afganistán para democratizar y modernizar el país, miles de millones de dólares gastados en una inútil guerra y miles de muertos dejados en el camino. Este esfuerzo casi sobrehumano al final no ha servido para nada de nada, apenas para destruir materialmente y económicamente a Afganistán quizá por décadas. Cuatro presidentes norteamericanos, durante veinte largos años (2001-2021), bastaron para acabar en el mismo contexto político y en el mismo lugar, en un Kabul  nuevamente angustiado y dominado por la pesadilla del Talibán.

Pero aparte de estas consideraciones a la hora de hacer un balance de lo ocurrido, la guerra perdida de Afganistán nos deja muchas más lecciones. Estados Unidos pierde peso, influencia, prestigio y poder en esta zona del mundo, habiendo dejado el testigo a Rusia y China, que ya se aprestan a hacer negocios con los talibanes y a trabajar por la reconstrucción del país.

Pero también Irán sale ganando, contemplando la derrota de su sempiterno enemigo, los Estados Unidos, y consolidando así, al recomponer sus relaciones con los talibanes en los últimos tiempos, un eje de influencia y poder regional que arranca en Kabul y pasa por Irán mismo, Irak, donde los iraníes siguen armando a los grupos chiítas radicales, Siria, Líbano -país controlado por la guerrilla proiraní de Hezbolá- y concluye en Gaza, controlada por sus acólitos de Hamas. Nunca Teherán había tenido tanta fuerza y poder de desestabilizar a casi todos sus vecinos; Israel debe estar alerta.

RECOMPOSICIÓN DE LA OTAN Y UN NECESARIO EJÉRCITO EUROPEO

La OTAN, además, debe iniciar una revisión estratégica tras esta derrota rotunda y contundente, en la que varios de sus principales socios, entre los que destacan Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, Alemania, Polonia, España e Italia, tuvieron centenares de bajas y derrocharon ingentes recursos  en la reconstrucción del país. Desde el final de la Guerra Fría y la implosión de la Unión Soviética (1991), la OTAN quedó con un papel muy desdibujado y sin enemigos claros con los que batirse; extendió sus fronteras hasta Rusia, integrando al mundo poscomunista que había salido de la tutela soviética, y no supo definir sus nuevos intereses geoestratégicos ni sus enemigos.

En lo que respecta a la Unión Europea (UE), una vez definidas sus verdaderas fronteras tras la salida del Reino Unido, va quedando meridianamente claro que para su verdadera puesta en escena en el mundo necesita una verdadera diplomacia europea y un ejército con capacidad para operar en el exterior, liderar misiones internacionales y garantizar la defensa de las fronteras de Europa ante las nuevas amenazas y desafíos. No queda tan claro si realmente nuestros líderes políticos tienen voluntad de seguir adelante con el proyecto porque eso implicaría riesgos para las dos potencias que ahora lideran la UE, es decir, Francia y Alemania, que quizá prefieran seguir con esta diplomacia tutelada que inspiran desde hace años y en la que modelan a su antojo el proyecto, condicionado al resto de socios o imponiendo sus decisiones en materia de inmigración, seguridad fronteriza y otras materias, tal como han hecho en numerosas ocasiones.

Pese a todo, los desafíos para Occidente son ingentes y requerirán un trabajo de ingeniería política y un nuevo liderazgo, del que carecemos en estos momentos debido a la decadencia de los Estados Unidos, presente y permanente durante el mandato de Trump y agudizada ahora con Biden, y a la falta de nervio político en el interior de la UE. Se echa en falta la década de los ochenta, caracterizada por el hiperliderazgo de dirigentes como Ronald Reagan, el primer Bush, Margaret Thatcher, Helmut Kohl y Francois Mitterrand, y por haber sentado los rieles para la derrota del bloque comunista, la democratización de Europa Central y del Este, la reunificación alemana y la desintegración de la Unión Soviética. Europa era una fiesta compartida por unos Estados Unidos victoriosos, mientras que el mundo contemplaba atónito la sucesión vertiginosa de cambios y reformas.

Ahora todo es bien distinto y las cosas han tomado derroteros inesperados. Rusia está más fuerte que nunca en la escena internacional e impone su orden neoimperial en toda su periferia, habiendo ocupados territorios de Georgia, Moldavia, Ucrania e incluso Azerbaiyán, donde instaló recientemente una base militar para “observar” el proceso de paz de ese país con Armenia. La tiranía como forma de gobierno se ha impuesto en numerosos países del mundo, tales como Siria, Bielorrusia, Cuba, Nicaragua y Venezuela, por citar solamente algunos, y la democracia está seriamente cuestionada hasta en países miembros de la OTAN, como la Turquía del sátrapa Erdogan, que ha establecido una suerte de triple alianza con Rusia e Irán. Occidente, compuesto por la alianza fundamental a través del vínculo transatlántico entre los Estados Unidos y Canadá con Europa, observa impávido que se ha convertido en una suerte de fortín democrático acosado por el populismo creciente, la amenaza integrista, el auge del autoritarismo en el mundo, la inmigración creciente y desbordada y nuevas provocaciones, como los programas nucleares puestos en marcha por Irán y Corea del Norte.

La gran cuestión que planea sobre todos estos asuntos y  retos sobre la mesa, es ¿si los líderes occidentales, sin un verdadero liderazgo de los Estados Unidos en estos momentos, serán capaces nuevamente de vertebrar y articular respuestas desde la política y la diplomacia a todos estos asuntos, tal como lo hicieron tantas veces desde el final de la Segunda Guerra Mundial? O, por el contrario, si, perdidos en estereotiopadas visiones provincianas, acabarán dejando que la actual realidad multipolar acabe siendo liderada por países como China y Rusia, potencias ambas sin principios democráticos ni respetuosas con los derechos humanos, sino más bien lo contrario, como han demostrado tantas veces a lo largo de su historia. De ser así, la más negra de las noches puede estar por llegar a todo el planeta y la sombra del totalitarismo se asomará por todo el mundo libre. ¡Atentos!

Ricardo Angoso García , analista y columnista internacional. 
 

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Afganistán , un final precipitado. ¿Qué viene ahora?

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EP New York/otros medios

Un final precipitado y un comienzo oscuro en Afganistán

El último vuelo estadounidense que salió de Kabul deja tras de sí una estela de promesas incumplidas y preguntas difíciles sobre el destino del país.

El final de la guerra más larga de Estados Unidos no fue muy ceremonioso: la basura volaba por la única pista de aterrizaje del aeropuerto de Kabul, los afganos estaban afuera de las puertas de embarque con la vana esperanza de poder ser evacuados del país y los talibanes lanzaban disparos de triunfo hacia el firmamento nocturno.

En sus últimos días, dos marines estadounidenses se despedían con un apretón de manos de los combatientes talibanes en medio del tenue resplandor de la terminal de vuelos nacionales. Había filas de personas hambrientas y deshidratadas que serían evacuadas en aeroplanos grises con rumbo a futuros inciertos. La dirigencia de los talibanes era la que dictaba las condiciones mientras una generación de afganos experimentaba el final de 20 años de una suerte de esperanza generalizada.

Por todo Estados Unidos hay pasos a desnivel y bancas en parques que han sido bautizadas en honor a las personas fallecidas en la guerra.

El final, al menos para los estadounidenses y sus aliados occidentales, llegó un lunes, después de que —en las últimas horas de una guerra perdida— los miles de soldados estadounidenses que defendían el Aeropuerto Internacional Hamid Karzai salieron en enormes aviones de transporte, uno tras otro, hasta que ya no quedó ninguno.

A diferencia del legado de los soviéticos que fueron derrotados antes que ellos, el de los estadounidenses no fue un entorno plagado de restos de vehículos blindados destrozados. Más bien, dejaron todas las armas y el equipo necesarios para abastecer a los talibanes, los vencedores, durante los próximos años, el resultado de dos décadas y 83.000 millones de dólares gastados en entrenamiento y equipamiento para el ejército afgano y las fuerzas policiales que se desmoronaron frente a un mal liderazgo y un respaldo estadounidense cada vez más escaso.

Credit…Jim Huylebroek para The New York Times

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Credit…Jim Huylebroek para The New York Times

Una vez más, Afganistán concluye un ciclo que ha definido en repetidas ocasiones los últimos 40 años de violencia y conmoción: por quinta vez desde la invasión soviética de 1979, ha fracasado un mandato y ha surgido otro. Lo que ha venido después de cada una de esas conclusiones ha sido venganza, ajuste de cuentas y, con el tiempo, otro ciclo de guerra y caos.

Ahora les toca a los talibanes decidir si van a perpetuar el ciclo de venganza, como lo hicieron en 1996 al arrebatarle el poder a un grupo de caudillos en conflicto, o si en verdad emprenderán el nuevo rumbo que sus dirigentes han prometido en los últimos días: uno de tolerancia y reconciliación.

Han pasado casi 20 años desde que Osama bin Laden y Al Qaeda ejecutaron los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos y el presidente George W. Bush anunció que su país invadiría Afganistán como la primera acción de una guerra mundial contra el terrorismo. Ahora, Estados Unidos tiene que definir su relación con los mismos gobernantes islamistas que derrocó en 2001 —una vez más, una cuestión de venganza o tolerancia— y tratar de evitar el resurgimiento de cualquier amenaza terrorista internacional que provenga de Afganistán.

Ahora son menos probables los ataques aéreos en las zonas rurales afganas que convierten a las personas fallecidas en simples puntos de los gráficos de barras de los informes de Naciones Unidas que casi nadie lee. No habrán más bombas enterradas, de manera presurosa, a orillas de la carretera al caer la noche, y que podrían explotar al paso de un vehículo gubernamental o un minibús lleno de familias.

Lo que hay es una angustia generalizada sobre la verdadera tendencia que proyectará el gobierno talibán ahora que los estadounidenses se han ido. Además, existe el temor de que la caótica precipitación del desmoronamiento del gobierno durante el avance de los talibanes deje una economía irreparable, hambruna y muchas ruinas.

El conflicto de Estados Unidos en Afganistán fue una guerra larga con un final apresurado, o eso pareció. Pero los planes de la retirada se prepararon hace más de 18 meses, cuando el gobierno de Donald Trump firmó un acuerdo con los talibanes para retirarse del país antes del 1 de mayo de 2021. A cambio, los talibanes acordaron dejar de atacar a los estadounidenses, suspender los ataques en los que hubiera un gran número de víctimas en ciudades afganas y evitar que Al Qaeda y otros grupos terroristas hallaran refugio en su territorio.

La influencia de los talibanes, adquirida tras años de luchar contra el ejército más desarrollado del mundo, se multiplicó cuando tomaron el control de retenes y puestos de avanzada más remotos, seguidos de distritos y aldeas rurales y luego, las carreteras que los conectaban. Para inicios de este año, los talibanes se habían apostado cerca de varias ciudades clave, al tiempo que el recién inaugurado gobierno de Joe Biden analizaba si se debía respetar el acuerdo de retirada que fue firmado por Trump.

En abril, para cuando el presidente Joe Biden y la OTAN anunciaron el retiro de Estados Unidos y de las fuerzas de la coalición antes del 11 de septiembre, los talibanes ya estaban tomando un distrito tras otro. Las fuerzas de seguridad afganas se estaban rindiendo o estaban siendo diezmadas de manera masiva. Pese al poderío aéreo de Estados Unidos y un ejército afgano que, según Biden y otros altos funcionarios, tenía casi 300.000 soldados, las capitales de provincia pronto fueron sitiadas. Pero, de acuerdo con las autoridades estadounidenses, en los días finales, las fuerzas de seguridad afganas solo contaban con una sexta parte de eso.

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Credit…Jim Huylebroek para The New York Times

Más que pelear, los soldados afganos huían, pero quienes murieron enfrentando al enemigo, lo hicieron por una causa en la que, al parecer, ni siquiera sus líderes creían.

Incluso antes del anuncio de Biden y el acuerdo de Trump con los talibanes, Estados Unidos había empezado a retirarse desde diciembre de 2009, cuando el presidente Barack Obama anunció tanto un aumento de decenas de miles de tropas como su salida para 2014.

Desde entonces, los afganos y los aliados de Estados Unidos han experimentado distintas etapas de alarma y dudas, mientras intentan asegurar su futuro y sus intereses comerciales. Esta incertidumbre reforzó la corrupción endémica que Occidente denunció, pero que continuó impulsando con miles de millones de dólares con la esperanza de que algo pudiera cambiar en el país.

Ahora, al final, los políticos y empresarios afganos y la élite que se alimentaba de las arcas de la guerra han huido en gran medida. Los últimos aviones militares estadounidenses partieron, dejando atrás a unos 100.000 afganos elegibles para el reasentamiento en los Estados Unidos por su trabajo con el gobierno estadounidense.

La evacuación, que comenzó en julio como una reubicación ordenada y modesta de unos pocos miles de afganos, se convirtió en un éxodo apocalíptico cuando Kabul colapsó el 15 de agosto. Cientos, luego miles, se reunieron en las puertas del aeropuerto; la gente abandonó sus coches; y las fuerzas estadounidenses observaron con cámaras infrarrojas cómo la gente invadía sus defensas, no con tanques o explosivos, sino como una gran masa de personas.

Luego, los estadounidenses y los talibanes trabajaron juntos para despejar el aeropuerto y establecer un perímetro después de que varios afganos frenéticos cayeran desde los aviones de transporte y se escuchara el ruido sordo de los helicópteros que evacuaron la Embajada de Estados Unidos, una de las misiones diplomáticas más grandes del mundo. La evacuación se vio plagada de escenas que evocaban las de otra guerra estadounidense cuando Saigón cayó y los helicópteros fueron empujados desde los barcos hacia el mar.

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Credit…Jim Huylebroek para The New York Times

“Tenemos una relación mutuamente beneficiosa con los talibanes”, dijo un soldado de manera irónica este mes, mientras estaba apostado frente al mar de personas con carteles, documentos y pasaportes en la oscuridad de la noche. La única iluminación provenía de las linternas de los rifles que sostenían los soldados estadounidenses que gritaban para que dejaran de empujar y retrocedieran. Una persona quedó atrapada entre el alambre de púas y sus familiares aterrados la sacaron, mientras se colocaban más barreras de acero.

Hace un año, o diez, o quince, los talibanes eran sombras detrás de una fila de árboles cercanos, eran los fantasmas ocultos que abrían la tierra frente a los soldados de Estados Unidos, de la OTAN y de Afganistán para entrar a un infierno atestado de minas. Cada paso planteaba el problema de qué hacer si de pronto un amigo que estaba enfrente explotaba en dos: el torniquete va aquí, el tipo de sangre es O positivo.

Sin embargo, en las últimas horas de la guerra estadounidense, los talibanes se materializaron en toda su expresión: justo en la carretera o al otro lado de la reja de la capital del país. De pronto estaban por todas partes, con sus banderas blancas con negro ondeando en torno a las posiciones estadounidenses, para controlar a la multitud y dejar que Estados Unidos terminara la guerra… pero no bajo sus condiciones.

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Credit…Victor J. Blue para The New York Times

Durante las últimas semanas de la guerra, las fuerzas estadounidenses no estaban patrullando o realizando operaciones de contrainsurgencia, ni construyendo refugios o trabajando en la construcción de la nación afgana. No hicieron redadas en los escondites de armas de los talibanes ni en las fábricas de bombas porque los fabricantes y sus comandantes ahora controlaban la ciudad.

En cambio, los jóvenes soldados e infantes de marina encontraron formas de ayudar a quienes tenían la suerte de llegar a las puertas del aeropuerto. Los llevaron hacia lo que muchos afganos creían que sería una vida mejor. A veces, esas personas no tenían los documentos adecuados, por lo que fueron rechazados.

Más allá del trauma de tener que dar ese rechazo y enfrentar esas escenas de desesperación, los estadounidenses enfrentarían una vez más la pérdida de camaradas en Afganistán durante esas horas finales: 13 militares estadounidenses fueron asesinados por un ataque terrorista del Estado Islámico el jueves cuando intentaban organizar a una multitud de afganos para que mostraran sus documentos. Casi 200 afganos murieron en el mismo incidente, en una devastadora carnicería bélica.

En Catar, Kuwait, Alemania y Estados Unidos, decenas de miles de afganos se sientan en centros de procesamiento, fuera del alcance del gobierno de los talibanes, pero sin saber cuándo o cómo llegarán a Estados Unidos.

En Estados Unidos, los historiadores y analistas estudiarán las soluciones fallidas, las estrategias equivocadas y los argumentos de los generales que aseguraron la victoria a pesar de que en sesiones informativas extraoficiales y reuniones confidenciales reconocieron que Estados Unidos estaba perdiendo la guerra. Quizás el pueblo estadounidense exigirá rendición de cuentas por las miles de vidas y los billones de dólares gastados, solo para que los talibanes vuelvan a tener el control, más poderosos de lo que eran hace 20 años.

O tal vez no les importe, y seguirán adelante en Estados Unidos, un país que seguirá siendo profundamente moldeado, política, económica y personalmente, por la guerra, aunque eso no sea evidente a simple vista.

En cuanto a los que se quedaron en Afganistán, un país de 38 millones menos los miles que han huido o muerto en las últimas semanas, todo lo que pueden hacer es mirar hacia adelante, preguntarse a sí mismos y a todos los que quieran escuchar: ¿Qué viene ahora?

Publicado en New York Times

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Thomas Gibbons-Neff es corresponsal en la oficina de Kabul y fue un soldado de la infantería de marina. @tmgneff


 

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Agencias

Mientras talibanes avanzan en Afganistan , EE.UU. envía tropas para evacuar embajada

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EP New York/otros medios

KABUL, Afganistán — El Pentágono de Estados Unidos está trasladando a 3000 infantes de marina y soldados a Afganistán y otros 4000 soldados a la región para evacuar a la mayoría del personal de la embajada y a los ciudadanos estadounidenses en Kabul, mientras el gobierno de Joe Biden se prepara para un posible colapso del gobierno afgano en el próximo mes, según dijeron funcionarios gubernamentales y militares.

El grave deterioro de la situación en el país, a medida que los talibanes avanzan rápidamente por el norte y las fuerzas de seguridad afganas luchan por defender un territorio cada vez más reducido en el sur y el oeste, ha hecho que el gobierno de Biden acelere los planes para sacar a los estadounidenses.

El presidente Biden, después de reunirse con sus principales asesores de seguridad nacional el miércoles por la noche y el jueves por la mañana, también ordenó vuelos adicionales para los afganos que han trabajado con Estados Unidos, con el fin de que se puedan evaluar sus solicitudes de visas especiales de inmigrante.

La embajada envió la última de una serie de alertas alarmantes, instando a los estadounidenses a “salir de Afganistán de inmediato utilizando las opciones de vuelos comerciales disponibles”.

Y en Washington, el portavoz del Departamento de Estado, Ned Price, anunció lo que describió como una reducción de un número no especificado de civiles entre los aproximadamente 4000 empleados de la embajada —incluidos unos 1400 ciudadanos estadounidenses— que se iniciará de inmediato.

“Como hemos dicho todo el tiempo, el incremento de los enfrentamientos militares de los talibanes y el auge de la violencia y la inestabilidad en todo Afganistán es motivo de gran preocupación”, dijo. “Hemos estado evaluando la situación de seguridad todos los días para determinar la mejor manera de mantener a salvo a quienes trabajan en nuestra embajada”.

Pero, Price agregó: “Permítanme ser muy claro sobre esto: la embajada sigue abierta”.

Los negociadores estadounidenses también están tratando de obtener garantías de los talibanes de que no atacarán la Embajada de Estados Unidos en Kabul si asumen el control del gobierno del país y alguna vez quieren recibir ayuda extranjera, dijeron tres funcionarios estadounidenses.

La estimación de 30 días es un escenario, y el gobierno estadounidense y los oficiales militares insisten en que la caída de Kabul aún podría prevenirse si las fuerzas de seguridad afganas deciden oponer más resistencia. Pero aunque los comandos afganos siguen luchando en algunas áreas, en gran parte se han replegado en varias capitales provinciales del norte.

El jueves, los talibanes tomaron Ghazni, una ciudad estratégica a unos 144 kilómetros al sur de Kabul, con lo que se encuentran en una mejor posición para atacar la capital después de sus recientes victorias en el norte.

Al final del día, los talibanes también estaban a punto de tomar Kandahar, la segunda ciudad más grande del país, y Herat, en el oeste de Afganistán, cerca de la frontera con Irán. Kandahar es histórica y estratégicamente importante. Los talibanes, liderados por el mulá Mohamed Omar, comenzaron su insurgencia allí en la década de 1990.

Un alto funcionario del gobierno de Biden dijo en una entrevista que los talibanes pronto podrían tomar Mazar-i-Sharif, la capital de la provincia de Balkh y el motor económico del país, que ahora está efectivamente rodeado por los talibanes. La caída de Mazar-i-Sharif y Kandahar, dijo el funcionario, podría ocasionar la rendición del gobierno afgano en septiembre.

Otro alto funcionario estadounidense describió el estado de ánimo en la Casa Blanca como una combinación de alarma y resignación, ante el rápido ritmo de la ofensiva de los talibanes y el colapso de las fuerzas nacionales afganas, además del empeoramiento de la situación. Ha habido un flujo constante de llamadas por videoconferencia todos los días de esta semana, dijo el funcionario.

Los funcionarios estadounidenses admitieron que sobrestimaron la capacidad de las fuerzas nacionales afganas para mantener a raya a los talibanes durante al menos un año. El colapso, dijeron, fue casi instantáneo. Pero argumentaron que Biden evaluó con precisión el resultado final: que si los estadounidenses se quedaban, quedarían atrapados en el fuego cruzado de otra guerra civil afgana.

El secretario de prensa del Pentágono, John F. Kirby, dijo que dos batallones de infantería de marina y un batallón del ejército, unos 3000 soldados en total, se desplegarán en los próximos dos días en el Aeropuerto Internacional Hamid Karzai para ayudar a evacuar a los estadounidenses y al personal de la embajada. Las tropas provienen del Medio Oriente, el área de responsabilidad del Comando Central, dijo Kirby.

Según el Pentágono, un millar adicional de efectivos del ejército se dirigirá a Catar para ayudar a procesar las solicitudes de visa de los afganos que trabajaron con el ejército estadounidense durante la guerra y que podrían ser blanco de las fuerzas talibanes.

Y como plan de contingencia en caso de que cualquier evacuación de la embajada se convierta en una pelea con los talibanes, el Pentágono está trasladando un equipo completo de combate de brigada de infantería, unas 3500 tropas, desde Fort Bragg a Kuwait en la próxima semana, para que puedan desplegarse rápidamente si necesario.

Si esas tropas terminan en Afganistán, eso elevaría el número de fuerzas estadounidenses a unos 7000 efectivos, más del doble del número en el país cuando Biden anunció en abril que retiraría las tropas estadounidenses y pondría fin a la guerra más larga de Estados Unidos.

El despliegue busca “salvaguardar la evacuación ordenada del personal civil fuera de Afganistán”, dijo Kirby. “Nos vamos a enfocar en eso. No es una misión de combate”.

Un batallón de infantes de marina ya se encuentra en la embajada, y se encarga de evacuar al personal, según dijeron las autoridades.

“Creemos que esto es lo más prudente dado el rápido deterioro de la situación de seguridad”, dijo Kirby.

En el plan de la administración Biden para Afganistán, se suponía que nada de esto sucedería, al menos no tan rápido. Biden anunció en abril que las tropas estadounidenses se retirarían del país antes del 11 de septiembre; luego trasladó esa fecha al 31 de agosto, y la mayoría de las tropas se han ido. Insistió en que el gobierno y el ejército afganos, con el apoyo financiero de Estados Unidos, serían responsables de defender las áreas urbanas del país de la arremetida de los talibanes.

Pero desde el anuncio, los talibanes se han desplazado ciudad tras ciudad, a pesar de tener solo alrededor de 75.000 combatientes en comparación con los 300.000 soldados de las fuerzas de seguridad afganas entrenadas por Estados Unidos. Esa dicotomía ha causado frustración en el Pentágono y entre los funcionarios estadounidenses, que han dicho repetidamente que las tropas afganas, si estuvieran unidas, podrían derrotar a los talibanes.

“Tienen muchas ventajas en comparación con los talibanes”, dijo Kirby esta semana, refiriéndose a las fuerzas de seguridad nacional de Afganistán. “Los talibanes no tienen una fuerza aérea, los talibanes no poseen el espacio aéreo. Tienen muchas ventajas. Ahora tienen que aprovechar esas ventajas”.

Pero el gobierno del presidente Ashraf Ghani no ha logrado implementar ningún tipo de estrategia para defender las ciudades que quedan, o para retomarlas, a pesar de que afirmó que así lo haría. Las milicias progubernamentales, defendidas por funcionarios afganos y que recuerdan la sangrienta guerra civil de la década de 1990, siempre han sido incapaces de hacer retroceder a los talibanes.

El miércoles, Ghani remplazó al jefe del ejército del país y nombró a un nuevo comandante de las unidades de comando del ejército, en lo que se ha convertido en uno de sus movimientos más públicos para lidiar con la ofensiva de los talibanes, que ha tomado más de la mitad de los 400 distritos de Afganistán.

El secretario de Estado, Antony J. Blinken, y el secretario de Defensa, Lloyd J. Austin III, hablaron con Ghani el jueves para coordinar la planificación, dijo Price.

El ejército estadounidense todavía apoya, hasta cierto punto, a las fuerzas gubernamentales de Afganistán con ataques aéreos. Pero esas medidas se han limitado en gran medida a la parte sur del país, alrededor de Kandahar. Eso se debe a la logística: ahora que Estados Unidos se ha retirado de la base aérea de Bagram en el norte y se ha llevado sus aviones de combate y sus enormes sistemas de apoyo, es más difícil llegar al norte. Esos ataques podrían requerir reabastecimiento de combustible aéreo y tendrían otros obstáculos logísticos que dificultan su realización.

Zalmay Khalilzad, el principal enviado estadounidense en las conversaciones con los talibanes, lidera el esfuerzo diplomático para lograr que los talibanes garanticen que no atacarán la embajada. Dos funcionarios, bajo condición de anonimato para discutir estas negociaciones sensibles, confirmaron sus esfuerzos, que no han sido reportados previamente. Publicado en NYT.

 

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