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Tener “Covid” ha sido una bendición dice Trump luego de tratamiento experimental

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EP New York/ Trump_covid-19

Trump rompe su aislamiento y describe como una “bendición” tener la COVID-19

El presidente estadounidense, Donald Trump, volvió este miércoles a rodearse de sus asesores en el Despacho Oval a pesar de no haber superado la COVID-19, y describió como una “bendición de Dios” el haber contraído esa enfermedad, al asegurar que eso ayudará a “curar” a otros estadounidenses.

Seis días después de dar positivo por coronavirus y menos de 48 horas después de salir del hospital, Trump regresó al epicentro del brote de COVID-19 que ya ha infectado a al menos nueve empleados de su Casa Blanca: la estrecha Ala Oeste, un apéndice de la residencia presidencial en cuyo extremo se encuentra el Despacho Oval.

UNA BENDICIÓN DE DIOS

El mandatario, que según sus médicos no estará fuera de peligro hasta el próximo lunes, publicó después un vídeo en el que afirmó que contraer la COVID-19 ha sido “una bendición de Dios”.

Dijo que así ha comprobado en carne propia el efecto del cóctel experimental de anticuerpos de la farmacéutica Regeneron, que se ha aplicado a menos de diez personas fuera de ensayos clínicos.

“Para mí no fue algo terapéutico, hizo que me sintiera mejor, yo lo llamo una cura (…). Y quiero que todo el mundo tenga el mismo tratamiento que su presidente”, subrayó.

Por tanto, explicó Trump, su Gobierno planea aprobar con carácter de urgencia el cóctel de Regeneron que le administraron a él, y aseguró que se distribuirá gratuitamente.

El presidente, que hasta ahora había estado trabajando desde la residencia presidencial en el segundo piso de la mansión, grabó su vídeo fuera del Ala Oeste.

Allí, en el Despacho Oval, se reunió poco antes con su jefe de gabinete, Mark Meadows; su subdirector de comunicaciones y redes sociales, Dan Scavino, y posiblemente otros funcionarios, dotados de equipos de protección personal, según varias informaciones de prensa.

“Podemos interactuar con él a distancia y la gente puede llevar mascarillas, anteojos o guantes, o lo que se necesite”, dijo poco antes Brian Morgenstern, uno de los portavoces de la Casa Blanca.

Meadows ya había reconocido unas horas antes que Trump había presionado este martes a sus asesores para ir al Despacho Oval, una petición que, de acuerdo con el Washington Post, su equipo rechazó por no saber cómo garantizar un regreso seguro al espacio constreñido del Ala Oeste.

PARTE DE SU ESTRATEGIA ELECTORAL

La decisión de Trump de volver a su escenario habitual de trabajo en plena cuarentena encaja con su estrategia de minimizar su diagnóstico de COVID-19, en un intento de controlar el discurso público a 26 días de las elecciones, y rezagado en las encuestas frente al candidato demócrata, Joe Biden.

Al regresar a la Casa Blanca, el lunes, Trump pidió a los estadounidenses “no temer” a la pandemia ni dejar que “domine” sus vidas, a pesar de que la abrumadora mayoría de los ciudadanos no tienen acceso a los recursos que él ha tenido a su disposición.

El médico de Trump en la Casa Blanca, Sean Conley, aseguró este miércoles que el presidente se encontraba “genial”, que “ya lleva cuatro días sin fiebre, más de 24 horas sin síntomas, y no ha necesitado ni recibido oxígeno suplementario desde su hospitalización inicial”.

Conley también afirmó que los análisis del sangre del presidente, tomados este lunes, “demostraron niveles detectables de anticuerpos IgG del SARS-CoV-2”.

Eso extrañó a algunos expertos, porque lo normal es que esos anticuerpos no se desarrollen hasta entre una y tres semanas después de la infección con COVID-19, aunque la farmacéutica Regeneron apuntó que es posible que los niveles detectados provengan del cóctel experimental de anticuerpos que Trump recibió el viernes.

Sin embargo, el presidente está impaciente por retomar su actividad electoral, como demostró al tuitear este miércoles, en mayúsculas, que tiene “derecho a pedir a los votantes cuatro años más”, tras reiterar su acusación no demostrada de que el Gobierno del expresidente Barack Obama “espió” a su campaña en 2016.

BATALLA SOBRE EL ESTÍMULO POR LA PANDEMIA

El motivo por el que Trump acudió al Despacho Oval fue para que sus asesores le pusieran al día del avance del huracán Delta, que se dirige a la costa sur de EE.UU., pero también de las conversaciones sobre un posible paquete de estímulo, según la Casa Blanca.

El martes, Trump ordenó suspender hasta después de las elecciones del 3 de noviembre las negociaciones con el Congreso para aprobar un nuevo paquete de estímulo económico por la pandemia del coronavirus, aunque luego intentó dar marcha atrás y pidió a la Cámara Baja aprobar un segundo cheque de 1.200 dólares para los estadounidenses.

Meadows precisó este miércoles que la Casa Blanca no apuesta ya por un gran paquete de estímulo antes de las elecciones, sino que quiere que el Congreso apruebe algunas medidas aisladas, entre ellas un rescate de las aerolíneas del país.

El secretario del Tesoro de EE.UU., Steven Mnuchin, empezó a negociar este miércoles sobre las aerolíneas con la presidenta de la Cámara Baja, la demócrata Nancy Pelosi, quien advirtió que la negativa de Trump a aprobar un paquete de estímulo amplio puede costarle caro en las urnas.

“(Trump) está tratando de arreglar el terrible error que cometió ayer, y los republicanos en el Congreso están en caída libre con él”, dijo Pelosi a la cadena televisiva ABC News.

¿En qué consiste el tratamiento experimental?

Casi tan rápido como se extendió la noticia de que el presidente de EE.UU., Donald Trump, había contraído la COVID-19 se ha propagado la fama del cóctel experimental de la farmacéutica Regeneron que le han administrado y que ahora él ha prometido aprobar de emergencia y suministrar gratis a los estadounidenses.

El cóctel en investigación REGN-COV2, desarrollado por la farmacéutica Regeneron ha pasado ya por las fases 1, 2 y 3 de ensayo y ha sido probado en 275 pacientes, todos con COVID-19 confirmada por una prueba de laboratorio, según los datos preliminares difundidos por la compañía en un comunicado el pasado. (Con información de EFE)

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Triunfo taliban en Afganistán pone en riesgo liderzgo de occidente

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EP New York/ opinión

OCCIDENTE, SIN RUMBO NI LIDERAZGO, EN PELIGRO

La derrota de los Estados Unidos en la guerra de Afganistán, dejando en el poder a los talibanes y abandonando a su suerte a la administración instalada por los occidentales en Kabul, significa una dura derrota para Occidente y el avance del totalitarismo frente a la democracia. Las consecuencias de esta debacle pueden ser fatales para el mundo libre.

por Ricardo Angoso

Occidente, liderado por los Estados Unidos, la OTAN y los principales países europeos, ha sido derrotado y humillado en Afganistán. La retirada caótica, vergonzante, desordenada y precipitada de Kabul, abandonando a miles de colaboradores de las tropas occidentales durante estos veinte inútiles años, ha sido la guinda de la tarta de una desabrida guerra con sabor a desastre. Primero fue el  erróneo anuncio de Donald Trump, a bombo y platillo, de que las tropas norteamericanas saldrían del país, lo que alimentó el voraz apetito de los talibanes y precipitó al país al abismo, y después llegaría la retirada total programada (¿?) por el nuevo inquilino de la Casa Blanca, Joe Biden.

El reconocimiento de los talibanes por Trump, que sirvió para torpedear y acabar con las negociaciones de Doha entre las autoridades de Kabul y el Talibán, precipitaron la ofensiva militar de los mismos y su rápida victoria, avanzando en todos los frentes, que les llevó a la capital de Afganistán y a conquistar todo el poder, mientras que el régimen instalado por los occidentales se derribaba como un castillo de naipes.Su presidente,  Ashraf Ghani, huyó cargado de maletas repletas de millones de dólares, abandonando a  su suerte a sus colaboradores y al maltrecho país. 

Entre ambos, Trump y Biden, han tirado a la basura veinte años de trabajo en Afganistán para democratizar y modernizar el país, miles de millones de dólares gastados en una inútil guerra y miles de muertos dejados en el camino. Este esfuerzo casi sobrehumano al final no ha servido para nada de nada, apenas para destruir materialmente y económicamente a Afganistán quizá por décadas. Cuatro presidentes norteamericanos, durante veinte largos años (2001-2021), bastaron para acabar en el mismo contexto político y en el mismo lugar, en un Kabul  nuevamente angustiado y dominado por la pesadilla del Talibán.

Pero aparte de estas consideraciones a la hora de hacer un balance de lo ocurrido, la guerra perdida de Afganistán nos deja muchas más lecciones. Estados Unidos pierde peso, influencia, prestigio y poder en esta zona del mundo, habiendo dejado el testigo a Rusia y China, que ya se aprestan a hacer negocios con los talibanes y a trabajar por la reconstrucción del país.

Pero también Irán sale ganando, contemplando la derrota de su sempiterno enemigo, los Estados Unidos, y consolidando así, al recomponer sus relaciones con los talibanes en los últimos tiempos, un eje de influencia y poder regional que arranca en Kabul y pasa por Irán mismo, Irak, donde los iraníes siguen armando a los grupos chiítas radicales, Siria, Líbano -país controlado por la guerrilla proiraní de Hezbolá- y concluye en Gaza, controlada por sus acólitos de Hamas. Nunca Teherán había tenido tanta fuerza y poder de desestabilizar a casi todos sus vecinos; Israel debe estar alerta.

RECOMPOSICIÓN DE LA OTAN Y UN NECESARIO EJÉRCITO EUROPEO

La OTAN, además, debe iniciar una revisión estratégica tras esta derrota rotunda y contundente, en la que varios de sus principales socios, entre los que destacan Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, Alemania, Polonia, España e Italia, tuvieron centenares de bajas y derrocharon ingentes recursos  en la reconstrucción del país. Desde el final de la Guerra Fría y la implosión de la Unión Soviética (1991), la OTAN quedó con un papel muy desdibujado y sin enemigos claros con los que batirse; extendió sus fronteras hasta Rusia, integrando al mundo poscomunista que había salido de la tutela soviética, y no supo definir sus nuevos intereses geoestratégicos ni sus enemigos.

En lo que respecta a la Unión Europea (UE), una vez definidas sus verdaderas fronteras tras la salida del Reino Unido, va quedando meridianamente claro que para su verdadera puesta en escena en el mundo necesita una verdadera diplomacia europea y un ejército con capacidad para operar en el exterior, liderar misiones internacionales y garantizar la defensa de las fronteras de Europa ante las nuevas amenazas y desafíos. No queda tan claro si realmente nuestros líderes políticos tienen voluntad de seguir adelante con el proyecto porque eso implicaría riesgos para las dos potencias que ahora lideran la UE, es decir, Francia y Alemania, que quizá prefieran seguir con esta diplomacia tutelada que inspiran desde hace años y en la que modelan a su antojo el proyecto, condicionado al resto de socios o imponiendo sus decisiones en materia de inmigración, seguridad fronteriza y otras materias, tal como han hecho en numerosas ocasiones.

Pese a todo, los desafíos para Occidente son ingentes y requerirán un trabajo de ingeniería política y un nuevo liderazgo, del que carecemos en estos momentos debido a la decadencia de los Estados Unidos, presente y permanente durante el mandato de Trump y agudizada ahora con Biden, y a la falta de nervio político en el interior de la UE. Se echa en falta la década de los ochenta, caracterizada por el hiperliderazgo de dirigentes como Ronald Reagan, el primer Bush, Margaret Thatcher, Helmut Kohl y Francois Mitterrand, y por haber sentado los rieles para la derrota del bloque comunista, la democratización de Europa Central y del Este, la reunificación alemana y la desintegración de la Unión Soviética. Europa era una fiesta compartida por unos Estados Unidos victoriosos, mientras que el mundo contemplaba atónito la sucesión vertiginosa de cambios y reformas.

Ahora todo es bien distinto y las cosas han tomado derroteros inesperados. Rusia está más fuerte que nunca en la escena internacional e impone su orden neoimperial en toda su periferia, habiendo ocupados territorios de Georgia, Moldavia, Ucrania e incluso Azerbaiyán, donde instaló recientemente una base militar para “observar” el proceso de paz de ese país con Armenia. La tiranía como forma de gobierno se ha impuesto en numerosos países del mundo, tales como Siria, Bielorrusia, Cuba, Nicaragua y Venezuela, por citar solamente algunos, y la democracia está seriamente cuestionada hasta en países miembros de la OTAN, como la Turquía del sátrapa Erdogan, que ha establecido una suerte de triple alianza con Rusia e Irán. Occidente, compuesto por la alianza fundamental a través del vínculo transatlántico entre los Estados Unidos y Canadá con Europa, observa impávido que se ha convertido en una suerte de fortín democrático acosado por el populismo creciente, la amenaza integrista, el auge del autoritarismo en el mundo, la inmigración creciente y desbordada y nuevas provocaciones, como los programas nucleares puestos en marcha por Irán y Corea del Norte.

La gran cuestión que planea sobre todos estos asuntos y  retos sobre la mesa, es ¿si los líderes occidentales, sin un verdadero liderazgo de los Estados Unidos en estos momentos, serán capaces nuevamente de vertebrar y articular respuestas desde la política y la diplomacia a todos estos asuntos, tal como lo hicieron tantas veces desde el final de la Segunda Guerra Mundial? O, por el contrario, si, perdidos en estereotiopadas visiones provincianas, acabarán dejando que la actual realidad multipolar acabe siendo liderada por países como China y Rusia, potencias ambas sin principios democráticos ni respetuosas con los derechos humanos, sino más bien lo contrario, como han demostrado tantas veces a lo largo de su historia. De ser así, la más negra de las noches puede estar por llegar a todo el planeta y la sombra del totalitarismo se asomará por todo el mundo libre. ¡Atentos!

Ricardo Angoso García , analista y columnista internacional. 
 

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Agencias

9/11 , 20 años después del dolor

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EP New York/ 9/11

Nueva York, una ciudad herida pero cambiada 20 años después del 11S

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EE.UU

Toma de talibanes en Afganistan cierra el capítulo ‘post 9/11’

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EP New York/ Otros medios

El doloroso fin de la era después del 9/11

Las escenas desesperadas en el aeropuerto de Kabul le darán a Afganistán un lugar en la memoria de Estados Unidos como otro intento fallido de reconstruir una nación.

Una era que comenzó hace dos décadas con la conmoción de un par de aviones secuestrados que se impactaban contra dos rascacielos en Estados Unidos llegó a su fin esta semana con otro momento sobrecogedor: afganos desesperados asidos con todas sus fuerzas a aviones estadounidenses con la esperanza de escapar del caos de Kabul, la caída de algunos de ellos y el hallazgo de uno, sin vida, en el tren de aterrizaje.

El Times  Una selección semanal de historias en español que no encontrarás en ningún otro sitio, con eñes y acentos. 

Ha fracasado una inversión bipartidista colosal de fuerzas del gobierno, el Tesoro y la diplomacia de Estados Unidos con el propósito de derrotar a una ideología hostil decidida a crear el Emirato Islámico de Afganistán. Durante las gestiones de cuatro presidentes, dos republicanos y dos demócratas, más de 2400 estadounidenses perdieron la vida y se gastó más de un billón de dólares para lograr objetivos que fueron cambiando, muchos de los cuales demostraron ser inalcanzables.

Se cerró el telón de la era pos9/11 con la reconquista de los talibanes del control del país que sirvió como base para atacar a Estados Unidos, en una debacle que cierra el ciclo para Estados Unidos y dejará a Afganistán dolorosamente grabado en la memoria nacional.

Aunque una serie de errores e ilusiones, así como una ingenuidad (o arrogancia) estadounidense particular en cuanto a la posibilidad de reconfigurar el mundo a su imagen, condujeron a la repentina reconquista de los talibanes casi dos décadas después de su derrota, otro factor más fundamental también influyó. En vista de que China ha decidido hacer gala de su fuerza, cambiaron las prioridades del país. El poder relativo de Estados Unidos no es lo que solía ser hace 20 años.

La capacidad y propensión del país para asignar recursos a batallas en tierras lejanas han disminuido. Acabada la Guerra Fría, los estadounidenses no están muy dispuestos a embarcarse en el tipo de compromisos militares sin fin que cimentaron democracias en Alemania, Japón, Corea del Sur y otros Estados.

“En mi carácter de presidente, mi firme convicción es que debemos concentrarnos en las amenazas que enfrentamos hoy en día, en 2021, no en las de ayer”, dijo el presidente Joe Biden el lunes para defender su decisión de proceder con una rápida retirada militar.

“Los soldados estadounidenses no pueden ni deberían pelear y morir en una guerra que las mismas fuerzas afganas no están dispuestas a combatir”, afirmó Biden.

Sin embargo, si hay un elemento que ha impulsado la presidencia de Biden, es la defensa de democracias que se encuentran en un “punto de inflexión” ante la propagación de formas represivas de gobierno, así como reafirmar los valores estadounidenses.

“Estados Unidos está de regreso”, ha sido la consigna. Pero ahora la pregunta será para qué regresó. Una cumbre planeada para diciembre, concebida para reforzar a las democracias, parece mucho menos creíble ahora que existe la posibilidad de que las escuelas en Afganistán les cierren de nuevo las puertas a las niñas y los afganos que creen en la libertad están desesperados por huir.


9/11 , veinte años después del dolor


“Durante décadas, Afganistán ha sido víctima de las personas que querían hacerle un bien”, afirmó Lakhdar Brahimi, diplomático argelino que fungió como representante especial ante las Naciones Unidas de Afganistán e Irak. “Se llegó al punto en que ningún momento sería bueno para salir del país, así que este fue tan bueno (o malo) como cualquier otro”, opinó.

El caos generado en Kabul por el alboroto con que Estados Unidos y sus aliados intentaron evacuar a sus ciudadanos, así como a los afganos que les habían ayudado, ha provocado comparaciones inevitables con las escenas de desesperación vistas en Saigón en abril de 1975, cuando los soldados de Vietnam del Norte tomaron la ciudad. En ese entonces, como ahora, una guerrilla de insurgentes locales acabó con los planes de una superpotencia.

Pero no deberíamos exagerar la analogía. Las posturas en Estados Unidos con respecto a la guerra de Vietnam habían causado una amarga división. En cambio, la mayoría de los estadounidenses en la actualidad apoyan la salida de Afganistán. Sus prioridades son internas.

Como dijo Biden, se logró un objetivo estadounidense vital: en las últimas dos décadas el terrorismo islamista, en la forma de Al Qaeda, fue derrotado en buena medida. Pero el islam político adoptado por los talibanes ha conservado su atractivo como una alternativa a los modelos de gobierno laicos de Occidente.

Queda por verse si un talibán con destreza, afilado por la experiencia diplomática que puede haber enfriado algo del fervor extremista, cumplirá las promesas de evitar que Afganistán se convierta en un refugio terrorista de 

El debate sobre si Estados Unidos debería haber conservado una presencia militar moderada suficiente para evitar que los talibanes tomaran el control y darles cierta esperanza a las mujeres y la clase media de Afganistán que ahora se sienten traicionados causará enojo por mucho tiempo.

Casi no había ningún motivo para creer que las metas que no se alcanzaron en 20 años pudieran alcanzarse en algún momento más adelante. Por otra parte, como argumentó Saad Mohseni, empresario afgano cuyo grupo MOBY opera redes de radio y televisión en Afganistán: “Apuñalaron por la espalda a los afganos, actuaron de la manera más injusta e irresponsable posible”.

Algo que parece no ser tema de debate, al menos por ahora, es el desastre que provocó la precipitada retirada estadounidense. Tan solo hace unos días, el presidente Ashraf Ghani, que ya ha huido, creyó que todavía tendría algunas semanas para negociar una transición organizada, según una persona que habló con él en ese entonces. De hecho, sin Estados Unidos, solo tenía un castillo de naipes.

Biden, quien desde hace tiempo veía con escepticismo el objetivo de la guerra estadounidense más larga de su historia, actuó convencido de que era “muy poco probable” que los talibanes “arrasaran con todo y se apropiaran de todo el país”, como dijo el mes pasado.

Sin duda, esas palabras pesarán sobre la presidencia de Biden, aunque haya motivos para culpar a ambas partes. También le pesarán las imágenes de Kabul en que se ve la embajada de Estados Unidos cerrada y las de las fuerzas de los talibanes cargadas de armas dentro de edificios de gobierno planeados para albergar una democracia creada por los estadounidenses.

“No tengo ni la menor duda de que será un lastre para Biden, aunque Trump no le haya dejado otra alternativa”, dijo Cameron Munter, quien fue embajador de Estados Unidos en Pakistán, en referencia al convenio que suscribió el gobierno de Trump con los talibanes en 2020, entre cuyas estipulaciones se encontraba la retirada de Estados Unidos este año.

Fue el difícil legado que heredó Biden. Pero, de cualquier forma, su gobierno tenía otras opciones para no terminar con esta salida apresurada.

“El punto desastroso es que el gobierno no haya tenido un plan”, señaló Stephen Heintz, presidente de una fundación que ha trabajado en el tema de Afganistán desde 2011. “Apenas y consultaron a la OTAN y planearon poco con el gobierno afgano. Se trata de un fracaso de inteligencia, de planeación, de logística y, a fin de cuentas, un fracaso político porque, sea lo que sea, el responsable es Biden”.

En junio, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, se reunió con el presidente de Afganistán, Ashraf Ghani, en la Casa Blanca.
Credit…Pete Marovich para The New York Times

Otros le expresaron más apoyo al presidente. “Veinte años fue mucho tiempo para darles a los líderes afganos espacio para sembrar la semilla de una sociedad civil y, en vez de esto, solo sembraron semillas de corrupción e incompetencia”, le dijo a The New York Times Jake Auchincloss, representante por Massachusetts, demócrata e infante de marina retirado que pasó tiempo en Afganistán.

Tanto Biden como su predecesor respondían, de diferentes maneras, al estado de ánimo estadounidense que mira hacia el interior. Vigilar el mundo es un trabajo costoso, a menudo ingrato y abundan los problemas locales. La retirada militar de Afganistán reflejó con precisión un cambio de prioridades, incluso hacia la agudización de la rivalidad entre las grandes potencias y China.

Pero Estados Unidos en Afganistán equivale a una crónica de errores y evaluaciones erróneas que plantean preguntas cruciales para los responsables políticos estadounidenses.

Desde el momento en que Estados Unidos decidió declararle la guerra a Irak en 2003 con base en inteligencia dudosa —lo que implicó abrir un segundo frente y desviar atención y recursos de Afganistán—, fue en aumento la percepción de que el conflicto en Afganistán era una misión secundaria sin dirección.

La misión de derrotar al terrorismo experimentó una peligrosa transformación y se convirtió en una lucha por construir una nación. Por desgracia, crear una democracia era un objetivo muy ambicioso en un país que nunca había organizado un censo y en el que las lealtades tribales eran muy fuertes. Siempre fue muy improbable que pudiera evitarse el fraude electoral masivo o que millones de dólares en ayuda llegaran a su destino.

Las acciones que tenían el propósito de crear un ejército afgano creíble fueron un fiasco que costó 83.000 millones de dólares.

“Intentamos crear un ejército afgano a imagen del Pentágono que, en el mundo real, es incapaz de operar sin nosotros”, se lamentó Vali R. Nasr, quien fungió como asesor en temas de política afgana entre 2009 y 2011. “No debería haber dependido de nuestro apoyo aéreo o en la capacidad que no tienen los afganos de darles mantenimiento a los helicópteros”.

Las reflexiones derivadas de este fracaso estadounidenses sin duda serán dolorosas. La tendencia a crear a imagen de Estados Unidos —en vez de adaptar los planes a ambiciones menores y más sencillas acordes a las necesidades y capacidades de los afganos— parece conllevar una lección más general para Estados Unidos en el mundo del siglo XXI.

Munter, el exembajador en Pakistán, dirigió el primer Equipo de Reconstrucción Provincial en Mosul, Irak, en 2006. Recordó que al llegar allí se encontró con que “no había ningún tipo de plan”.

Los funcionarios que distribuían la ayuda parecían más preocupados por la rapidez con la que podían hacerlo, que por el destino de la misma, “para poder convencer a la gente del Capitolio de que estábamos gastando el dinero que se nos había asignado”, dijo Munter.

La experiencia de Mosul, añadió, “parecía una versión en miniatura de lo que ocurrió a una escala mucho mayor en Afganistán”.

El elemento que tan a menudo parecía faltar en la política estadounidense, tanto en Irak como en Afganistán, era la capacidad de plantear una pregunta fundamental: ¿Qué es lo que sabemos sobre hacia donde vamos?

“Los estadounidenses han sido muy reacios a reconocer que no saben mucho sobre lo que estaba ocurriendo sobre el terreno, que pueden no saber lo que no saben y que han cometido errores por no saber lo suficiente”, dijo Brahimi.

Sin embargo, la ingenuidad estadounidense, si acaso eso fue, produjo muchos beneficios. Mohseni comparó los últimos 20 años con una “era de oro”, pues catapultó a Afganistán del siglo XII al siglo XXI. Las mujeres tuvieron acceso de nuevo a la educación. Surgió una clase media conectada con medios digitales. Se construyó infraestructura y tecnología para conectar a las personas con el mundo.

“Los afganos cambiaron para siempre”, dijo. “Para nosotros, el callejón sin salida fue bueno”.

La cuestión ahora es saber cuánto de todo eso intentarán revertir los talibanes, cambiados a su vez por la internet de la que dependen.

La amenaza más inmediata que suponen es sin duda para los afganos, y en particular para las mujeres afganas, más que para Estados Unidos. Todo parece posible, incluidas las represalias violentas y un éxodo masivo de refugiados.

“Esto es un golpe devastador para la credibilidad de Estados Unidos, que pone en tela de juicio nuestra sinceridad cuando decimos que creemos en los derechos humanos y en las mujeres”, dijo Heintz.

Cuando Richard C. Holbrooke fue el representante especial para Afganistán desde 2009 hasta su muerte en 2010, insistió en que todo su equipo leyera El americano tranquilo de Graham Greene.

En la novela, un bienintencionado e idealista oficial de inteligencia estadounidense, Alden Pyle, se enfrenta a las amargas realidades de la guerra colonial francesa en Vietnam mientras trata de llevar el cambio social y político a una sociedad compleja.

Greene, a través de su cínico periodista narrador, escribe: “Nunca conocí a un hombre que tuviera mejores motivos para todos los problemas que causó”.

Roger Cohen es el jefe de la oficina de París del Times. Fue columnista de Opinión de 2009 a 2020. Ha trabajado para el Times durante más de 30 años y ha sido corresponsal extranjero y editor extranjero. Criado en Sudáfrica y Gran Bretaña, es estadounidense naturalizado. @NYTimesCohen

Publucado en NYT

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