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Enfoque Mundial

El imparable ascenso del liderazgo de Rusia en el siglo XXI

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EP New York/ opinión

por Ricardo Angoso

El liderazgo de Rusia en la escena internacional se acrecienta tras fortalecer sus lazos con  China, Turquía e Irán y también porque va extendiendo su influencia política, territorial y militar en la antigua periferia soviética, ocupando espacios que dejó los Estados Unidos en estos años.

Al tiempo que los Estados Unidos, sobre todo durante la era Donald Trump, han ido perdiendo capacidad de influencia en Oriente Medio, Europa -cuyo abandono de la OTAN es notorio-, Asia Central e incluso Asia, Rusia emerge con fortaleza en la escena internacional y muestra una potente y dinámica acción exterior, tal como se ha visto en la reciente guerra del Cáucaso, en que medió entre Armenia y Azerbaiyán para arrancarles un acuerdo y estacionar sus fuerzas de paz en la región de Nagorno Karabaj para evitar una escalada del conflicto y una segura derrota rotunda y contundente armenia.

Pero Rusia no solamente mantiene fuerzas en ese disputado enclave, que antaño fue de Azerbaiyán, sino que ocupa militarmente Transnistria, en Moldavia; también la regiones de Osetia del Sur y Abjasia, cuyas secesiones fueron atizadas por Moscú en Georgia y que constituyen dos “estados independientes” en dicho país; se anexionó Crimea y mantiene en armas contra el gobierno de Kiev a las regiones separatistas de Donbass y Donetsk, en Ucrania; y mantiene bases militares en Armenia, Kirguistán, Tayikistán, Georgia y Azerbaiyán. También Moscú, cada vez más activo en este mundo postsoviético, impulsó la Unión Económica Euroasiática, formada por Kazajstán, Armenia, Bielorrusia, Kirguistán y la misma Rusia, una suerte de Unión Europea (UE) a la rusa.

Aparte de esta presencia en su la antigua periferia soviética, a las mismas puertas de la Alianza Atlántica, que integró en sus filas a numerosos vecinos de Rusia, como los países bálticos y Polonia, Moscú se ha convertido en el principal aliado de Siria en la guerra civil que libra contra diversos grupos opositores y tiene una base sobre el Mediterráneo, Tartús,  y ha reforzado su liderazgo en Oriente Medio a merced de las buenas relaciones con Israel, paradójicamente uno de los mayores enemigos del régimen sirio en la región. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahú, tiene una excelente relación política y personal con el presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, y ha visitado en numerosas ocasiones Moscú, donde goza de un gran predicamento.

LA TRIPLE ALIANZA CON TURQUÍA E IRÁN

También Rusia ha formado una suerte de “triple alianza” con Irán y Turquía, países con los que históricamente rivalizaba en el Cáucaso por extender su área de influencia, aprovechando el vacío dejado por unos Estados Unidos cada vez más alejados de esta zona del mundo, donde el presidente Trump ha exhibido una torpeza y dejadez apabullante. Las rencillas entre Washington con Teherán y Ankara, por motivos bien distintos en ambos casos, le dejaron el campo libre a Putin. La ruptura de los acuerdos sobre el armamento nuclear de Irán por parte de los Estados Unidos, dejando a la UE y a Rusia en la estacada, fueron aprovechados por Putin para estrechar sus lazos con el régimen teocrático iraní y, de paso, para venderle armas, algo a lo que Estados Unidos siempre se ha opuesto y que ha tratado de impedir por todos los medios.

Con Turquía, antaño enemigo de Rusia en el Cáucaso y los Balcanes, las relaciones han mejorado tan rápidamente como se deterioraban con la UE y los Estados Unidos, habiéndose propiciado la construcción de un gaseoducto que cruzará Turquía y que llevará el gas ruso a los Balcanes, Europa Central y del Este,  haciendo dependiente a Europa de Ankara, que tendrá el control de la llave de paso del mismo, y de Moscú, de cuyas materias primeras seguirán siendo muy dependientes numerosos países europeos, pero especialmente Alemania, Bulgaria, Eslovaquia, Eslovenia, Hungría, Polonia, la República Checa y Serbia, cuya aportación del gas ruso supera el 50% del total de este fluido que consumen. Una realidad económica que tiene un trasfondo geoestratégico innegable y que revela la dependencia de Europa en cuanto a reservas naturales con respecto a Rusia.

En lo que respecta a Asia, hay que señalar que Rusia ha mejorado notablemente sus relaciones con China en los últimos tiempos y que las relaciones actuales atraviesan uno de sus mejores momentos en la historia, a diferencia de lo que ocurre con las relaciones entre los Estados Unidos y Pekín, caracterizadas por acusaciones de todo tipo por parte de Trump, que acusó a los chinos de propagar pandemia del covid-19 y de hacer “trampa” en las relaciones comerciales. Moscú, incluso, mira con buenos ojos el llamado de China a establecer una relación de coordinación regional basada en la cooperación internacional contra la pandemia y para encontrar la solución política de varios problemas regionales candentes en la región.

Pero no todo son buenas noticias para Putin porque el país tiene ante sí numerosos desafíos en el plano interior a los que hacer frente, como la crisis demográfica,  “que alcanzó un punto máximo en 2018 cuando, por primera vez en una década, la población rusa cayó en términos absolutos, reduciéndose en 93.500 personas hasta los 148,8 millones de habitantes, según el Servicio Estatal de Estadísticas ruso”, tal como informaba la BBC recientemente y que no se ha detenido en estos últimos veinte años ni hay indicios de que vaya a ser afrontada debidamente por las autoridades.

Luego, otro aspecto fundamental de la crisis de Rusia desde la implosión de la extinta Unión Soviética tiene que ver con la economía, es decir, con las carencias de la misma, en el sentido que es muy dependiente de las materias primas, la industria del armamento, la minería, el petróleo y el gas y está muy poco diversificada. El rublo se hunde desde hace meses, el país produce poco o muy poco y su crecimiento sigue siendo negativo, en plena pandemia, y seguramente será nulo el próximo año. Para terminar, y como guinda de la tarta, mientras la élite rusa cercana a Putin vive una vida de superlujo sin mostrar aprietos, entre el 13 y el 25% de la población es pobre y un 36% de los rusos están en riesgo de llegar a ese mismo estado, algo que al actual ejecutivo ruso le importa poco y tampoco le interesa porque nunca tendrán que contrastar su forma de gobernar con sus oponentes en las urnas. A los mismos, ya se sabe lo que les espera, el silencio, el olvido y el veneno, tal como le ocurrió al disidente ruso Alexei Navalny, que casi paga con su vida desafiar al zar Putin. Rusia es un mundo aparte separado del mundo, quizá como lo fue siempre.

RICARDO ANGOSO GARCÍA

Coordinador del Foro Ideas para la Democracia:

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Agencias

Biden pide a estadounidenses abandonar Embajada en Rusia

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EP New York|Agencias

Washington– La Embajada de Estados Unidos en Rusia ha pedido a sus ciudadanos que abandonen «de inmediato» este país, según se desprende de un comunicado publicado en la web de la legación diplomática.

«Los ciudadanos de Estados Unidos no deben viajar a Rusia y aquellos que residen o viajan (ahora) a Rusia deben salir del país de inmediato mientras haya opciones limitadas de viajes comerciales», dice la nota

Resctricciones para salir del país

El comunicado recuerda que el pasado 21 de septiembre las autoridades rusas declararon una movilización militar parcial para reforzar sus fuerzas desplegadas en Ucrania.

«Rusia podría negarse a reconocer la ciudadanía estadounidense de personas con doble nacionalidad, impedirles el acceso a la asistencia consular de EE. UU., prohibir su salida de Rusia y llamar a filas a los que tienen los dos pasaportes», indica el texto.

Añade también que actualmente las opciones para salir de Rusia son «extremadamente limitadas» y a menudo no están disponibles si no se reserva con la suficiente antelación.

Por ello, insta a los estadounidenses que decidan abandonar Rusia a que «lo antes posible» y recuerda que «las rutas terrestres para coches y autobuses siguen abiertas».

La misión diplomática advierte de que tiene «grandes limitaciones» para asistir a sus ciudadanos, además de que las posibilidades de salir del país pueden «reducirse aún más» en cualquier momento.

La movilización declarada en Rusia ya ha causado el éxodo de un gran número de hombres en edad militar que se niegan a combatir en Ucrania y han optado por huir del país en dirección a Turquía, Georgia, Armenia, Mongolia, Kazajistán y Finlandia.

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Agencias

Amenaza de Putin sobre armas nucleares es irresponsable y peligrosa: Biden

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EP New York || Asamblea ONU

Naciones Unidas – La guerra en Ucrania, la proliferación nuclear, Rusia, Irán, China y la crisis alimentaria mundial coparon el discurso del presidente de EE.UU., Joe Biden, ante la Asamblea General de la ONU.

La invasión rusa en Ucrania

«Esta guerra busca acabar con el derecho a Ucrania de existir, dicho de manera simple», sentenció el mandatario estadounidense.

El presidente ruso, Vladímir «Putin, asegura que él tenía que actuar porque Rusia estaba siendo amenazada (pero) nadie amenazó a Rusia. Solamente Rusia fue la que buscó el conflicto», añadió Biden.

El presidente de EE.UU. también acusó a Putin de hacer «amenazas irresponsables sobre el uso de armas nucleares».

Irán y China también tuvieron su lugar

«Estados Unidos es claro: nunca permitiremos a Irán hacerse con un arma nuclear. Sigo pensando que la diplomacia es la mejor forma de lograr este resultado», señaló Biden.

«No buscamos el conflicto, no buscamos una Guerra Fría. No queremos que ninguna nación tenga que elegir entre Estados Unidos y otro aliado. Pero, Estados Unidos promoverá un Indopacífico libre, abierto, seguro y un mundo próspero», afirmó Biden ante las reciente tensiones con China.

El pedido de reformas en el Consejo de Seguridad

«Creo que ha llegado el momento de hacer esta institución más inclusiva», indicó el mandatario estadounidense en referencia al Consejo de Seguridad de la ONU.

«La base de la Carta de Naciones Unidas, una orden basado en normas estable y justo, está siendo atacada por aquellos que quieren destruirla para su propia ventaja política», insistió Biden.

El hambre no da espera

«Mucha gente está sufriendo en todos los países del mundo. Sin importar lo que nos divida, si los padres no pueden alimentar a sus hijos, nada más importa», dijo el presidente de EE.UU. al anunciar una ayuda de 2.900 millones de dólares para combatir la crisis alimentaria. EFE noticias

 

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EE.UU

Los tres factores que cambiarían el rumbo de la guerra en Ucrania

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EP New York|opinión|otros medios

Mientras que algunos soldados rusos en Ucrania están votando con sus pies en contra de la vergonzosa guerra de Putin, su retirada veloz no significa que Putin vaya a rendirse. De hecho, la semana pasada abrió un nuevo frente: contra la energía.

El presidente de Rusia cree que ha encontrado una guerra fría que podría ganar y va a intentar congelar a Europa este invierno, literalmente, al cortar los suministros del gas y el petróleo rusos para presionar a la Unión Europea hasta que abandone a Ucrania.

Los predecesores de Putin en el Kremlin aprovecharon los inviernos frígidos para derrotar a Napoleón y a Hitler, y está claro que Putin cree que el frío es su as bajo la manga para derrotar al presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, quien le dijo a su nación la semana pasada: “Rusia hará todo en los 90 días de este invierno para quebrar la resistencia de Ucrania, la resistencia de Europa y la resistencia del mundo”.

Ojalá pudiera decir con certeza que Putin fracasará y que los estadounidenses lo vencerán en producción. Y ojalá pudiera escribir que Putin se arrepentirá de sus tácticas, porque a la larga transformarán a Rusia de ser un zar de la energía para Europa a una colonia energética de China, donde ahora Putin está vendiendo mucho de su petróleo a un precio descontado para compensar su pérdida de los mercados occidentales.

Sí, ojalá pudiera escribir todas esas cosas. Pero no puedo, a menos que Estados Unidos y sus aliados de Occidente dejen de vivir en un mundo de fantasía verde en el cual podemos pasar de los combustibles fósiles contaminantes a una energía renovable limpia con solo encender un interruptor.

Ojalá eso fuera posible. Esta columna ha estado dedicada desde hace 27 años a abogar por la energía limpia y mitigar el cambio climático. Sigo comprometido —absolutamente— con esos fines. Pero no puedes esperar los fines a menos que también busques los medios.

¡Y está muy claro que no hemos hecho eso!

A pesar de todas las inversiones en energía eólica y solar durante los últimos cinco años, los combustibles fósiles —petróleo, gas y carbón— representaron el 82 por ciento del uso total de energía primaria en el mundo en 2021 (necesaria para cosas como la calefacción, el transporte y la generación de electricidad), lo que supone un descenso de apenas 3 puntos porcentuales en esos cinco años. Solo en Estados Unidos, en 2021, cerca del 61 por ciento de la generación de electricidad procedía de combustibles fósiles (principalmente carbón y gas natural), mientras que cerca del 19 por ciento procedía de la energía nuclear y alrededor del 20 por ciento de fuentes de energía renovables.

En un mundo de clases medias crecientes y ávidas de energía en Asia, África y América Latina, se necesitan enormes cantidades de nuevas energías limpias para hacer siquiera una pequeña mella en nuestra estructura energética general. No es cuestión de encender un interruptor. Tenemos una larga transición por delante, y solo lo lograremos si adoptamos cuanto antes un razonamiento inteligente y pragmático en materia de política energética, lo que a su vez conducirá a una mayor seguridad climática y económica.

Si no, Putin aún tendrá el poder de herir gravemente a Ucrania y Occidente.

Antes de que comenzara la guerra en Ucrania, Rusia suministraba casi el 40 por ciento del gas natural y la mitad del carbón que Europa utilizaba para calefacción y electricidad. La semana pasada, Rusia anunció que suspendería la mayoría de los suministros de gas a Europa hasta que se le levanten las sanciones occidentales. Putin también ha prometido cortar todos los cargamentos de petróleo a Europa si los aliados occidentales llevan a cabo su plan de limitar lo que pagan por el petróleo ruso.

Sin alternativas suficientes y costeables de suministros de gas natural, reportó The Financial Times, algunas fábricas en Europa han tenido que cerrar “por no poder pagar el costo del combustible”. Los costos de la energía —que en algunos países europeos han aumentado hasta un 400 por ciento— “están llevando a los consumidores a una pobreza casi total”.

Este invierno algunas personas tendrán que decidir entre calentarse o comer, y eso está obligando a sus gobiernos a ofrecer subsidios masivos, trastocando sus presupuestos, en aras de evitar represalias populistas y presiones para que Ucrania se rinda ante Putin; algunos incluso están volviendo a quemar carbón.

Si queremos que los precios del gas y el petróleo bajen lo suficiente para impulsar la economía estadounidense y, al mismo tiempo, ayudar a nuestros aliados europeos a escapar de la opresión rusa mientras también aceleramos la producción de energía limpia —llamémosla nuestra “triada energética”— necesitamos un plan de transición que logre un equilibrio entre seguridad climática, energética y económica.

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, acaba de dar un gran impulso a la producción de energía limpia del país con su proyecto de ley sobre el clima, que también fomenta la producción de gas y petróleo más limpios mediante incentivos inteligentes para frenar las fugas de metano de los productores de petróleo y gas, y motivando a estos a invertir más en tecnologías de captura de carbono.

Pero el factor más importante para ampliar rápidamente nuestra explotación de petróleo, gas, energía solar, eólica, geotérmica, hidroeléctrica o nuclear es dar a las empresas que las buscan (y a los bancos que las financian) la certeza normativa de que, si invierten miles de millones, el gobierno los ayudará a construir con rapidez las líneas de transmisión y los oleoductos para llevar su energía al mercado.

A los ecologistas les encantan los paneles solares, pero odian las líneas de transmisión. Quiero ver cómo logran salvar el planeta con ese enfoque.

Philip Anschutz, el conservador multimillonario que hizo una fortuna extrayendo petróleo, ha estado tratando de construir una línea eléctrica para conectar su enorme parque eólico en Wyoming con su mercado objetivo en Las Vegas. La planificación de esa línea comenzó hace 17 años, y solo en diciembre pasado Anschutz finalmente llegó a “un acuerdo con un rancho de Colorado para atravesar su tierra” para llevar sus electrones limpios al mercado, informó Bloomberg.

“Muchos de los mejores lugares para desarrollar energía limpia son desiertos y llanuras alejadas”, se lee en el reportaje, “pero tender líneas eléctricas para llegar a ellos puede llevar una década o más debido a las aprobaciones necesarias de las agencias estatales, el gobierno federal y los terratenientes del sector privado. Los retrasos son una de las mayores amenazas para las ambiciones del presidente estadounidense, Joe Biden, de eliminar los combustibles fósiles de las redes eléctricas”.

Con el propósito de obtener el apoyo crítico del senador Joe Manchin para el paquete climático de Biden, los líderes demócratas del Senado, liderados por Chuck Schumer, aceptaron un acuerdo lateral: respaldar un proyecto de ley que agilizaría, aunque no eliminaría, las revisiones medioambientales y otras regulaciones que a menudo entorpecen la obtención de permisos para las líneas de transmisión y los oleoductos que se necesitan para que los proyectos de gas, petróleo, energía solar y eólica sean económicamente viables. Si nuestra principal vía para dejar el carbón va a ser la electrificación de los vehículos y la generación de energía mediante energías renovables, necesitaremos más vías de transmisión para mover más electricidad, y necesitaremos más sistemas de reserva de gas natural para los momentos en que no brille el sol o no sople el viento.

Por estas y otras razones, Biden quiere que se apruebe este paquete de permisos, como lo quieren casi todos los senadores demócratas. Schumer planea adjuntarlo al proyecto de resolución continua que el Congreso debe aprobar para mantener el gobierno abierto después de que el año fiscal termine el 30 de septiembre. Desgraciadamente, el senador Bernie Sanders se ha manifestado en contra, al igual que más de 70 miembros demócratas de la Cámara de Representantes, la mayoría del grupo progresista del Congreso. No está claro cuántos llegarán al extremo de bloquear el proyecto de ley de financiación del gobierno si incluye esta legislación de permisos, pero sí serán algunos.

Por lo tanto, los grupos de presión de las petroleras han pedido a los legisladores republicanos que compensen a los progresistas que votarán en contra y que voten a favor de la legislación. Pero el Partido Republicano ha dicho a las compañías petroleras: “No, gracias”. Los legisladores republicanos no harán nada para conseguirle otro éxito a Biden.

No sé quién es más irresponsable: los progresistas moralistas que quieren una inmaculada revolución verde de la noche a la mañana, con paneles solares y parques eólicos, pero sin nuevas líneas de transmisión ni oleoductos, o los cínicos y falsos republicanos que prefieren que gane Putin y que pierdan nuestras empresas energéticas antes que hacer lo correcto para Estados Unidos y Ucrania dándole la razón a Biden.

No puedo enfatizar esto lo suficiente: la política energética de Estados Unidos debe ser el arsenal de la democracia para derrotar el petroputinismo en Europa, proporcionando el petróleo y el gas que tanto necesitan nuestros aliados a precios razonables para que Putin no pueda chantajearlos. Este tiene que ser el motor del crecimiento económico que proporcione la energía más limpia y asequible de combustibles fósiles en nuestra transición a una economía con bajas emisiones de carbono. Y tiene que ser la vanguardia de la ampliación de las energías renovables para que el mundo llegue a ese futuro bajo en carbono tan rápido como podamos.

Cualquier política que no maximice esas tres cosas nos dejará menos sanos, menos prósperos y menos seguros.


Thomas L. Friedman es columnista de Opinión sobre temas internacionales en el New York Times.

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