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La era del celular y el franco declive de la Humanidad

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 Por: Carlos Santa María

 El peligroso mito según el cual el mundo ha avanzado ostensiblemente contribuyendo de modo extraordinario al desarrollo del ser humano es solo eso: una creencia que se basa en el desenvolvimiento de numerosos avances que, pese a ser indiscutibles, no se han traducido en una constante de abundancia y equicracia planetaria pues las diferencias socioeconómicas hoy se hacen más patentes que nunca y las guerras e intereses egoístas amenazan la supervivencia de la especie.

 En el caso de la medicina, el negocio de la salud es inmenso y se corrobora día a día con el aumento progresivo de enfermos: paralelo a la quirúrgica extraordinaria avanza el incremento sustancial de mortalidad por obesidad, estrés, sedentarismo, virus artificiales, entre las múltiples causalidades que se han creado con el supuesto modernismo. Proporcionalmente a la población mundial en años anteriores nunca hubo una morbilidad tan acentuada y una duración de las personas en condiciones deplorables. Si de la ciencia armamentística se trata, el número de fallecidos y en muy alta cantidad confirma la potencialidad destructiva de los nuevos instrumentos de guerra tanto en el poder disuasivo como en la toxicidad.

Sin embargo, ni el esplendoroso negocio de las farmacias, drogas, insalud o mortalidad violentamente obligada a través de guerras e intervenciones han podido crear una imagen más precisa para esta época considerada ‘la mejor’, que la encorvada figura de millones de seres con racionalidad mirando un objeto en sus manos, que se mueven caminando en forma de robots, tanto desplazándose al trabajo como de regreso a su hogares: es el símbolo de la Era del Celular.

Como se conoce, este instrumento que ha llevado a este siglo a un modo de ser globalizado al igual que la pobreza ha nacido vinculado al estudio de la comunicación y, asimismo, al control de las personas. Sin embargo, su creación conllevó una gran esperanza al mundo pues se esperaba que su uso condujese a un aumento de la cordialidad, el pensamiento, la mentalidad informada, el compromiso social, etc., a través del acceso a una información documentada, cultural, analítica. En el aparato escolar se creyó que este traería nuevas oportunidades de realizar estudios, investigación, uso proactivo en clases y todas las expectativas que ofrece un utensilio de dicha dimensión.

Indiscutiblemente el celular ha abierto grandes opciones de conexión, ha salvado vidas, cooperado en tragedias naturales, convirtiéndose en un objeto que puede ser empleado para crecer humanamente. Pese a ello, su utilización en un grado de adicción lo ha transformado también en un destructor de posibilidades y un declive del ser.

Las cuatro condiciones de deshumanización

No obstante las anteriores consideraciones positivas sobre el uso de dicha herramienta, la influencia negativa ha sido sorprendente en la generación actual —jóvenes y niños— y en la pasada —adultos y mayores incluso—, edificando personalidades con problemáticas existenciales importantes. Algunas de estas son:

Incomunicación extrema y alta conectividad

 La imagen de grupos sentados en una cafetería reunidos para hablar por el utensilio sin mirarse entre ellos o jugar a entenderse virtualmente estando allí demuestra los niveles conscientes o inconscientes de desprecio por la presencia real, trasladando lo inexistente al primer plano. La preferencia por el saludo virtual confirma lo expuesto: conectividad por sobre la comunicación.

En el aula la extensión de la mano a través de un soporte mecánico es la constante debiendo establecerse una norma casi internacional de la prohibición de ese artefacto en clases por la desconcentración y alteración del proceso pedagógico.

Detención y regresión del aprendizaje analítico

Laespera ansiosa de todas las respuestas a partir de la información en el aparato ha conducido a una lentitud en los procesos reflexivos y su uso constante en rapidez por sobre el discurso ha provocado una disminución notable de la palabra, acrecentada por una eficaz destrucción del lenguaje y la ortografía (elementos del aprendizaje). La creatividad se ha convertido en un elemento de segunda mano para ser la reproducción el ítem más empleado, de tal modo que el ingenio está en la difusión y no en la creación imaginada, factor del cual se han aprovechado los medios para construir su mensaje ideológico en un público fácilmente manipulable. La mecanización del acto y la respuesta al sonido de modo ansioso explica por qué el respeto al otro se ha deteriorado notablemente: atender el celular y dejar hablando a la persona presente es ya costumbre.

Alto nivel de individualismo

 El objeto y la cultura implícita del uso ha logrado que el sujeto se encierre literalmente en su habitación desarrollando el mutismo, lo que ha cambiado su personalidad y el ritmo de vida, incluso convirtiendo la intolerancia en la defensa de su ‘vida privada’, con cambios de humor y una inseguridad notable para comunicarse presencialmente, todo lo cual afecta la edificación de proyectos de vida integrales. Niños que no juegan verdaderamente con su cuerpo sino que ‘juegan’ a través de imágenes ha incrementado la obesidad mental y física, repitiendo la búsqueda de lugares reiterados y que se mitifica como creatividad.

Superficialidad extrema con valores degradados

La moda se ha convertido en el referente ordenado por las élites a las conciencias débilmente establecidas haciendo de las marcas un componente imprescindible. El llamado a concentrarse en música, videos, noticias intrascendentes, imágenes infunde al egocentrismo su máxima fuerza. La búsqueda de la aprobación del otro y su afectación ante la reprobación indica que los valores como la solidaridad, cordialidad, quedan relegados absolutamente, afectando la consolidación de la autonomía. La consideración evidente es que se ratifica un ‘descompromiso’ social en extensos sectores sociales donde queda como recuerdo las frecuentes protestas de las juventudes realzando las utopías que hoy son casi inexistentes.

Metodológicamente existe una estructura donde todas estas consideraciones se encuentran imbricadas afectándose unas a otras en mayor o menor fuerza aunque lo fundamental es el tipo de personalidad que se crea a partir de ellas. Ello obliga moralmente a estudiar lo que sucede de modo sistemático. Es preciso reconocer que existen jóvenes que atraen a multitudes de jóvenes también a través de sus videos, denominados ‘youtuber’, como es el caso de German Garmendia con 23 millones de seguidores… muchos más que los seis millones de BBC, CNN y ‘New York Times’ juntos. Indica que el ‘boom’ de una feria del libro ya no está en los autores sino en los ‘youtuber’, lo que implica una reflexión: identificar las tendencias de los jóvenes y sus consumos por irrelevantes que puedan ser considerados, comprendiendo sus temáticas ligadas a los conflictos con la familia (hermanos, padres), estudiantiles (profesores, compañeros, exámenes), grupales (amigos, socios), afectivos (parejas, noviazgos, rompimientos), aficiones (videojuegos, programas televisivos, novelas), etc. Cabe expresar la evidente disminución de la lectura y escritura compacta o de competencias básicas, reflexionada, excepto mensajes de texto o plagio en alta magnitud, donde debe declararse que en el mundo parece que existen más celulares que personas (1).

Sin dejar de mencionar cómo afecta laboralmente este utensilio, donde ni la empresa o los usuarios interesan a muchos funcionarios que prefieren seguir conectados antes que servir, la gran preocupación para los sectores pensantes en el planeta es hasta qué punto el ser humano puede despersonalizarse y volverse apático a la marcha de su sociedad, facilitando a las élites el dominio de estos inmensos sectores, es decir, ejercer una domesticación sin respuesta y con claros índices de alienación inconforme aunque improductiva comunitariamente.

Cuando se vive un mundo a través del celular el aislamiento es resultado casi obligado dificultando el contacto con la realidad y el poder de interactuar presencialmente: la adicción que hace sentir al sujeto desprovisto de alguna parte única de su cuerpo al extraviar su aparato indica un grado de alienación extremo. Es un deber ético del escritor, el periodista, el analista dialéctico, presentar a la sociedad posturas y reflexiones sustentadas que sean llamados de alerta ante flagelos que pueden afectar ostensiblemente la marcha de las generaciones y cabe llamar a las familias, instituciones, aparato educativo e individuos a la responsabilidad en el uso articulado con políticas públicas de salud mental.

Nadie, excepto élites autoritarias, desearía nuevas generaciones donde la esencia humana, su comunicabilidad, haya sido destrozada de tal modo que el diálogo, la discusión, la conversación entre seres reales sean reemplazadas por la virtualidad. Es el anhelo de la humanidad que el planeta siga siendo conformado por la palabra concreta, sonora, que se emita en condiciones de equidad y donde su contenido sea afín a la inteligencia cósmica que el universo provee.

Carlos Santa María es Humanólogo, Ph.D. en Ciencias de la Educación por la Universidatd de Barcelona (España),Trabajador Social de la Universidad Católica de Valparaíso (Chile), Psicólogo Social por la UNAD (Colombia), especialista en Estudios Latinoamericanos, Educación e Investigación por la Universidad de Nariño. profesor universitario, conferencista internacional y ha publicado trece libros en el campo del desarrollo humano y académico.

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EE.UU

Toma de talibanes en Afganistan cierra el capítulo ‘post 9/11’

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EP New York/ Otros medios

El doloroso fin de la era después del 9/11

Las escenas desesperadas en el aeropuerto de Kabul le darán a Afganistán un lugar en la memoria de Estados Unidos como otro intento fallido de reconstruir una nación.

Una era que comenzó hace dos décadas con la conmoción de un par de aviones secuestrados que se impactaban contra dos rascacielos en Estados Unidos llegó a su fin esta semana con otro momento sobrecogedor: afganos desesperados asidos con todas sus fuerzas a aviones estadounidenses con la esperanza de escapar del caos de Kabul, la caída de algunos de ellos y el hallazgo de uno, sin vida, en el tren de aterrizaje.

El Times  Una selección semanal de historias en español que no encontrarás en ningún otro sitio, con eñes y acentos. 

Ha fracasado una inversión bipartidista colosal de fuerzas del gobierno, el Tesoro y la diplomacia de Estados Unidos con el propósito de derrotar a una ideología hostil decidida a crear el Emirato Islámico de Afganistán. Durante las gestiones de cuatro presidentes, dos republicanos y dos demócratas, más de 2400 estadounidenses perdieron la vida y se gastó más de un billón de dólares para lograr objetivos que fueron cambiando, muchos de los cuales demostraron ser inalcanzables.

Se cerró el telón de la era pos9/11 con la reconquista de los talibanes del control del país que sirvió como base para atacar a Estados Unidos, en una debacle que cierra el ciclo para Estados Unidos y dejará a Afganistán dolorosamente grabado en la memoria nacional.

Aunque una serie de errores e ilusiones, así como una ingenuidad (o arrogancia) estadounidense particular en cuanto a la posibilidad de reconfigurar el mundo a su imagen, condujeron a la repentina reconquista de los talibanes casi dos décadas después de su derrota, otro factor más fundamental también influyó. En vista de que China ha decidido hacer gala de su fuerza, cambiaron las prioridades del país. El poder relativo de Estados Unidos no es lo que solía ser hace 20 años.

La capacidad y propensión del país para asignar recursos a batallas en tierras lejanas han disminuido. Acabada la Guerra Fría, los estadounidenses no están muy dispuestos a embarcarse en el tipo de compromisos militares sin fin que cimentaron democracias en Alemania, Japón, Corea del Sur y otros Estados.

“En mi carácter de presidente, mi firme convicción es que debemos concentrarnos en las amenazas que enfrentamos hoy en día, en 2021, no en las de ayer”, dijo el presidente Joe Biden el lunes para defender su decisión de proceder con una rápida retirada militar.

“Los soldados estadounidenses no pueden ni deberían pelear y morir en una guerra que las mismas fuerzas afganas no están dispuestas a combatir”, afirmó Biden.

Sin embargo, si hay un elemento que ha impulsado la presidencia de Biden, es la defensa de democracias que se encuentran en un “punto de inflexión” ante la propagación de formas represivas de gobierno, así como reafirmar los valores estadounidenses.

“Estados Unidos está de regreso”, ha sido la consigna. Pero ahora la pregunta será para qué regresó. Una cumbre planeada para diciembre, concebida para reforzar a las democracias, parece mucho menos creíble ahora que existe la posibilidad de que las escuelas en Afganistán les cierren de nuevo las puertas a las niñas y los afganos que creen en la libertad están desesperados por huir.


9/11 , veinte años después del dolor


“Durante décadas, Afganistán ha sido víctima de las personas que querían hacerle un bien”, afirmó Lakhdar Brahimi, diplomático argelino que fungió como representante especial ante las Naciones Unidas de Afganistán e Irak. “Se llegó al punto en que ningún momento sería bueno para salir del país, así que este fue tan bueno (o malo) como cualquier otro”, opinó.

El caos generado en Kabul por el alboroto con que Estados Unidos y sus aliados intentaron evacuar a sus ciudadanos, así como a los afganos que les habían ayudado, ha provocado comparaciones inevitables con las escenas de desesperación vistas en Saigón en abril de 1975, cuando los soldados de Vietnam del Norte tomaron la ciudad. En ese entonces, como ahora, una guerrilla de insurgentes locales acabó con los planes de una superpotencia.

Pero no deberíamos exagerar la analogía. Las posturas en Estados Unidos con respecto a la guerra de Vietnam habían causado una amarga división. En cambio, la mayoría de los estadounidenses en la actualidad apoyan la salida de Afganistán. Sus prioridades son internas.

Como dijo Biden, se logró un objetivo estadounidense vital: en las últimas dos décadas el terrorismo islamista, en la forma de Al Qaeda, fue derrotado en buena medida. Pero el islam político adoptado por los talibanes ha conservado su atractivo como una alternativa a los modelos de gobierno laicos de Occidente.

Queda por verse si un talibán con destreza, afilado por la experiencia diplomática que puede haber enfriado algo del fervor extremista, cumplirá las promesas de evitar que Afganistán se convierta en un refugio terrorista de 

El debate sobre si Estados Unidos debería haber conservado una presencia militar moderada suficiente para evitar que los talibanes tomaran el control y darles cierta esperanza a las mujeres y la clase media de Afganistán que ahora se sienten traicionados causará enojo por mucho tiempo.

Casi no había ningún motivo para creer que las metas que no se alcanzaron en 20 años pudieran alcanzarse en algún momento más adelante. Por otra parte, como argumentó Saad Mohseni, empresario afgano cuyo grupo MOBY opera redes de radio y televisión en Afganistán: “Apuñalaron por la espalda a los afganos, actuaron de la manera más injusta e irresponsable posible”.

Algo que parece no ser tema de debate, al menos por ahora, es el desastre que provocó la precipitada retirada estadounidense. Tan solo hace unos días, el presidente Ashraf Ghani, que ya ha huido, creyó que todavía tendría algunas semanas para negociar una transición organizada, según una persona que habló con él en ese entonces. De hecho, sin Estados Unidos, solo tenía un castillo de naipes.

Biden, quien desde hace tiempo veía con escepticismo el objetivo de la guerra estadounidense más larga de su historia, actuó convencido de que era “muy poco probable” que los talibanes “arrasaran con todo y se apropiaran de todo el país”, como dijo el mes pasado.

Sin duda, esas palabras pesarán sobre la presidencia de Biden, aunque haya motivos para culpar a ambas partes. También le pesarán las imágenes de Kabul en que se ve la embajada de Estados Unidos cerrada y las de las fuerzas de los talibanes cargadas de armas dentro de edificios de gobierno planeados para albergar una democracia creada por los estadounidenses.

“No tengo ni la menor duda de que será un lastre para Biden, aunque Trump no le haya dejado otra alternativa”, dijo Cameron Munter, quien fue embajador de Estados Unidos en Pakistán, en referencia al convenio que suscribió el gobierno de Trump con los talibanes en 2020, entre cuyas estipulaciones se encontraba la retirada de Estados Unidos este año.

Fue el difícil legado que heredó Biden. Pero, de cualquier forma, su gobierno tenía otras opciones para no terminar con esta salida apresurada.

“El punto desastroso es que el gobierno no haya tenido un plan”, señaló Stephen Heintz, presidente de una fundación que ha trabajado en el tema de Afganistán desde 2011. “Apenas y consultaron a la OTAN y planearon poco con el gobierno afgano. Se trata de un fracaso de inteligencia, de planeación, de logística y, a fin de cuentas, un fracaso político porque, sea lo que sea, el responsable es Biden”.

En junio, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, se reunió con el presidente de Afganistán, Ashraf Ghani, en la Casa Blanca.
Credit…Pete Marovich para The New York Times

Otros le expresaron más apoyo al presidente. “Veinte años fue mucho tiempo para darles a los líderes afganos espacio para sembrar la semilla de una sociedad civil y, en vez de esto, solo sembraron semillas de corrupción e incompetencia”, le dijo a The New York Times Jake Auchincloss, representante por Massachusetts, demócrata e infante de marina retirado que pasó tiempo en Afganistán.

Tanto Biden como su predecesor respondían, de diferentes maneras, al estado de ánimo estadounidense que mira hacia el interior. Vigilar el mundo es un trabajo costoso, a menudo ingrato y abundan los problemas locales. La retirada militar de Afganistán reflejó con precisión un cambio de prioridades, incluso hacia la agudización de la rivalidad entre las grandes potencias y China.

Pero Estados Unidos en Afganistán equivale a una crónica de errores y evaluaciones erróneas que plantean preguntas cruciales para los responsables políticos estadounidenses.

Desde el momento en que Estados Unidos decidió declararle la guerra a Irak en 2003 con base en inteligencia dudosa —lo que implicó abrir un segundo frente y desviar atención y recursos de Afganistán—, fue en aumento la percepción de que el conflicto en Afganistán era una misión secundaria sin dirección.

La misión de derrotar al terrorismo experimentó una peligrosa transformación y se convirtió en una lucha por construir una nación. Por desgracia, crear una democracia era un objetivo muy ambicioso en un país que nunca había organizado un censo y en el que las lealtades tribales eran muy fuertes. Siempre fue muy improbable que pudiera evitarse el fraude electoral masivo o que millones de dólares en ayuda llegaran a su destino.

Las acciones que tenían el propósito de crear un ejército afgano creíble fueron un fiasco que costó 83.000 millones de dólares.

“Intentamos crear un ejército afgano a imagen del Pentágono que, en el mundo real, es incapaz de operar sin nosotros”, se lamentó Vali R. Nasr, quien fungió como asesor en temas de política afgana entre 2009 y 2011. “No debería haber dependido de nuestro apoyo aéreo o en la capacidad que no tienen los afganos de darles mantenimiento a los helicópteros”.

Las reflexiones derivadas de este fracaso estadounidenses sin duda serán dolorosas. La tendencia a crear a imagen de Estados Unidos —en vez de adaptar los planes a ambiciones menores y más sencillas acordes a las necesidades y capacidades de los afganos— parece conllevar una lección más general para Estados Unidos en el mundo del siglo XXI.

Munter, el exembajador en Pakistán, dirigió el primer Equipo de Reconstrucción Provincial en Mosul, Irak, en 2006. Recordó que al llegar allí se encontró con que “no había ningún tipo de plan”.

Los funcionarios que distribuían la ayuda parecían más preocupados por la rapidez con la que podían hacerlo, que por el destino de la misma, “para poder convencer a la gente del Capitolio de que estábamos gastando el dinero que se nos había asignado”, dijo Munter.

La experiencia de Mosul, añadió, “parecía una versión en miniatura de lo que ocurrió a una escala mucho mayor en Afganistán”.

El elemento que tan a menudo parecía faltar en la política estadounidense, tanto en Irak como en Afganistán, era la capacidad de plantear una pregunta fundamental: ¿Qué es lo que sabemos sobre hacia donde vamos?

“Los estadounidenses han sido muy reacios a reconocer que no saben mucho sobre lo que estaba ocurriendo sobre el terreno, que pueden no saber lo que no saben y que han cometido errores por no saber lo suficiente”, dijo Brahimi.

Sin embargo, la ingenuidad estadounidense, si acaso eso fue, produjo muchos beneficios. Mohseni comparó los últimos 20 años con una “era de oro”, pues catapultó a Afganistán del siglo XII al siglo XXI. Las mujeres tuvieron acceso de nuevo a la educación. Surgió una clase media conectada con medios digitales. Se construyó infraestructura y tecnología para conectar a las personas con el mundo.

“Los afganos cambiaron para siempre”, dijo. “Para nosotros, el callejón sin salida fue bueno”.

La cuestión ahora es saber cuánto de todo eso intentarán revertir los talibanes, cambiados a su vez por la internet de la que dependen.

La amenaza más inmediata que suponen es sin duda para los afganos, y en particular para las mujeres afganas, más que para Estados Unidos. Todo parece posible, incluidas las represalias violentas y un éxodo masivo de refugiados.

“Esto es un golpe devastador para la credibilidad de Estados Unidos, que pone en tela de juicio nuestra sinceridad cuando decimos que creemos en los derechos humanos y en las mujeres”, dijo Heintz.

Cuando Richard C. Holbrooke fue el representante especial para Afganistán desde 2009 hasta su muerte en 2010, insistió en que todo su equipo leyera El americano tranquilo de Graham Greene.

En la novela, un bienintencionado e idealista oficial de inteligencia estadounidense, Alden Pyle, se enfrenta a las amargas realidades de la guerra colonial francesa en Vietnam mientras trata de llevar el cambio social y político a una sociedad compleja.

Greene, a través de su cínico periodista narrador, escribe: “Nunca conocí a un hombre que tuviera mejores motivos para todos los problemas que causó”.

Roger Cohen es el jefe de la oficina de París del Times. Fue columnista de Opinión de 2009 a 2020. Ha trabajado para el Times durante más de 30 años y ha sido corresponsal extranjero y editor extranjero. Criado en Sudáfrica y Gran Bretaña, es estadounidense naturalizado. @NYTimesCohen

Publucado en NYT

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Afganistán , un final precipitado. ¿Qué viene ahora?

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EP New York/otros medios

Un final precipitado y un comienzo oscuro en Afganistán

El último vuelo estadounidense que salió de Kabul deja tras de sí una estela de promesas incumplidas y preguntas difíciles sobre el destino del país.

El final de la guerra más larga de Estados Unidos no fue muy ceremonioso: la basura volaba por la única pista de aterrizaje del aeropuerto de Kabul, los afganos estaban afuera de las puertas de embarque con la vana esperanza de poder ser evacuados del país y los talibanes lanzaban disparos de triunfo hacia el firmamento nocturno.

En sus últimos días, dos marines estadounidenses se despedían con un apretón de manos de los combatientes talibanes en medio del tenue resplandor de la terminal de vuelos nacionales. Había filas de personas hambrientas y deshidratadas que serían evacuadas en aeroplanos grises con rumbo a futuros inciertos. La dirigencia de los talibanes era la que dictaba las condiciones mientras una generación de afganos experimentaba el final de 20 años de una suerte de esperanza generalizada.

Por todo Estados Unidos hay pasos a desnivel y bancas en parques que han sido bautizadas en honor a las personas fallecidas en la guerra.

El final, al menos para los estadounidenses y sus aliados occidentales, llegó un lunes, después de que —en las últimas horas de una guerra perdida— los miles de soldados estadounidenses que defendían el Aeropuerto Internacional Hamid Karzai salieron en enormes aviones de transporte, uno tras otro, hasta que ya no quedó ninguno.

A diferencia del legado de los soviéticos que fueron derrotados antes que ellos, el de los estadounidenses no fue un entorno plagado de restos de vehículos blindados destrozados. Más bien, dejaron todas las armas y el equipo necesarios para abastecer a los talibanes, los vencedores, durante los próximos años, el resultado de dos décadas y 83.000 millones de dólares gastados en entrenamiento y equipamiento para el ejército afgano y las fuerzas policiales que se desmoronaron frente a un mal liderazgo y un respaldo estadounidense cada vez más escaso.

Credit…Jim Huylebroek para The New York Times

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Credit…Jim Huylebroek para The New York Times

Una vez más, Afganistán concluye un ciclo que ha definido en repetidas ocasiones los últimos 40 años de violencia y conmoción: por quinta vez desde la invasión soviética de 1979, ha fracasado un mandato y ha surgido otro. Lo que ha venido después de cada una de esas conclusiones ha sido venganza, ajuste de cuentas y, con el tiempo, otro ciclo de guerra y caos.

Ahora les toca a los talibanes decidir si van a perpetuar el ciclo de venganza, como lo hicieron en 1996 al arrebatarle el poder a un grupo de caudillos en conflicto, o si en verdad emprenderán el nuevo rumbo que sus dirigentes han prometido en los últimos días: uno de tolerancia y reconciliación.

Han pasado casi 20 años desde que Osama bin Laden y Al Qaeda ejecutaron los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos y el presidente George W. Bush anunció que su país invadiría Afganistán como la primera acción de una guerra mundial contra el terrorismo. Ahora, Estados Unidos tiene que definir su relación con los mismos gobernantes islamistas que derrocó en 2001 —una vez más, una cuestión de venganza o tolerancia— y tratar de evitar el resurgimiento de cualquier amenaza terrorista internacional que provenga de Afganistán.

Ahora son menos probables los ataques aéreos en las zonas rurales afganas que convierten a las personas fallecidas en simples puntos de los gráficos de barras de los informes de Naciones Unidas que casi nadie lee. No habrán más bombas enterradas, de manera presurosa, a orillas de la carretera al caer la noche, y que podrían explotar al paso de un vehículo gubernamental o un minibús lleno de familias.

Lo que hay es una angustia generalizada sobre la verdadera tendencia que proyectará el gobierno talibán ahora que los estadounidenses se han ido. Además, existe el temor de que la caótica precipitación del desmoronamiento del gobierno durante el avance de los talibanes deje una economía irreparable, hambruna y muchas ruinas.

El conflicto de Estados Unidos en Afganistán fue una guerra larga con un final apresurado, o eso pareció. Pero los planes de la retirada se prepararon hace más de 18 meses, cuando el gobierno de Donald Trump firmó un acuerdo con los talibanes para retirarse del país antes del 1 de mayo de 2021. A cambio, los talibanes acordaron dejar de atacar a los estadounidenses, suspender los ataques en los que hubiera un gran número de víctimas en ciudades afganas y evitar que Al Qaeda y otros grupos terroristas hallaran refugio en su territorio.

La influencia de los talibanes, adquirida tras años de luchar contra el ejército más desarrollado del mundo, se multiplicó cuando tomaron el control de retenes y puestos de avanzada más remotos, seguidos de distritos y aldeas rurales y luego, las carreteras que los conectaban. Para inicios de este año, los talibanes se habían apostado cerca de varias ciudades clave, al tiempo que el recién inaugurado gobierno de Joe Biden analizaba si se debía respetar el acuerdo de retirada que fue firmado por Trump.

En abril, para cuando el presidente Joe Biden y la OTAN anunciaron el retiro de Estados Unidos y de las fuerzas de la coalición antes del 11 de septiembre, los talibanes ya estaban tomando un distrito tras otro. Las fuerzas de seguridad afganas se estaban rindiendo o estaban siendo diezmadas de manera masiva. Pese al poderío aéreo de Estados Unidos y un ejército afgano que, según Biden y otros altos funcionarios, tenía casi 300.000 soldados, las capitales de provincia pronto fueron sitiadas. Pero, de acuerdo con las autoridades estadounidenses, en los días finales, las fuerzas de seguridad afganas solo contaban con una sexta parte de eso.

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Credit…Jim Huylebroek para The New York Times

Más que pelear, los soldados afganos huían, pero quienes murieron enfrentando al enemigo, lo hicieron por una causa en la que, al parecer, ni siquiera sus líderes creían.

Incluso antes del anuncio de Biden y el acuerdo de Trump con los talibanes, Estados Unidos había empezado a retirarse desde diciembre de 2009, cuando el presidente Barack Obama anunció tanto un aumento de decenas de miles de tropas como su salida para 2014.

Desde entonces, los afganos y los aliados de Estados Unidos han experimentado distintas etapas de alarma y dudas, mientras intentan asegurar su futuro y sus intereses comerciales. Esta incertidumbre reforzó la corrupción endémica que Occidente denunció, pero que continuó impulsando con miles de millones de dólares con la esperanza de que algo pudiera cambiar en el país.

Ahora, al final, los políticos y empresarios afganos y la élite que se alimentaba de las arcas de la guerra han huido en gran medida. Los últimos aviones militares estadounidenses partieron, dejando atrás a unos 100.000 afganos elegibles para el reasentamiento en los Estados Unidos por su trabajo con el gobierno estadounidense.

La evacuación, que comenzó en julio como una reubicación ordenada y modesta de unos pocos miles de afganos, se convirtió en un éxodo apocalíptico cuando Kabul colapsó el 15 de agosto. Cientos, luego miles, se reunieron en las puertas del aeropuerto; la gente abandonó sus coches; y las fuerzas estadounidenses observaron con cámaras infrarrojas cómo la gente invadía sus defensas, no con tanques o explosivos, sino como una gran masa de personas.

Luego, los estadounidenses y los talibanes trabajaron juntos para despejar el aeropuerto y establecer un perímetro después de que varios afganos frenéticos cayeran desde los aviones de transporte y se escuchara el ruido sordo de los helicópteros que evacuaron la Embajada de Estados Unidos, una de las misiones diplomáticas más grandes del mundo. La evacuación se vio plagada de escenas que evocaban las de otra guerra estadounidense cuando Saigón cayó y los helicópteros fueron empujados desde los barcos hacia el mar.

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Credit…Jim Huylebroek para The New York Times

“Tenemos una relación mutuamente beneficiosa con los talibanes”, dijo un soldado de manera irónica este mes, mientras estaba apostado frente al mar de personas con carteles, documentos y pasaportes en la oscuridad de la noche. La única iluminación provenía de las linternas de los rifles que sostenían los soldados estadounidenses que gritaban para que dejaran de empujar y retrocedieran. Una persona quedó atrapada entre el alambre de púas y sus familiares aterrados la sacaron, mientras se colocaban más barreras de acero.

Hace un año, o diez, o quince, los talibanes eran sombras detrás de una fila de árboles cercanos, eran los fantasmas ocultos que abrían la tierra frente a los soldados de Estados Unidos, de la OTAN y de Afganistán para entrar a un infierno atestado de minas. Cada paso planteaba el problema de qué hacer si de pronto un amigo que estaba enfrente explotaba en dos: el torniquete va aquí, el tipo de sangre es O positivo.

Sin embargo, en las últimas horas de la guerra estadounidense, los talibanes se materializaron en toda su expresión: justo en la carretera o al otro lado de la reja de la capital del país. De pronto estaban por todas partes, con sus banderas blancas con negro ondeando en torno a las posiciones estadounidenses, para controlar a la multitud y dejar que Estados Unidos terminara la guerra… pero no bajo sus condiciones.

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Credit…Victor J. Blue para The New York Times

Durante las últimas semanas de la guerra, las fuerzas estadounidenses no estaban patrullando o realizando operaciones de contrainsurgencia, ni construyendo refugios o trabajando en la construcción de la nación afgana. No hicieron redadas en los escondites de armas de los talibanes ni en las fábricas de bombas porque los fabricantes y sus comandantes ahora controlaban la ciudad.

En cambio, los jóvenes soldados e infantes de marina encontraron formas de ayudar a quienes tenían la suerte de llegar a las puertas del aeropuerto. Los llevaron hacia lo que muchos afganos creían que sería una vida mejor. A veces, esas personas no tenían los documentos adecuados, por lo que fueron rechazados.

Más allá del trauma de tener que dar ese rechazo y enfrentar esas escenas de desesperación, los estadounidenses enfrentarían una vez más la pérdida de camaradas en Afganistán durante esas horas finales: 13 militares estadounidenses fueron asesinados por un ataque terrorista del Estado Islámico el jueves cuando intentaban organizar a una multitud de afganos para que mostraran sus documentos. Casi 200 afganos murieron en el mismo incidente, en una devastadora carnicería bélica.

En Catar, Kuwait, Alemania y Estados Unidos, decenas de miles de afganos se sientan en centros de procesamiento, fuera del alcance del gobierno de los talibanes, pero sin saber cuándo o cómo llegarán a Estados Unidos.

En Estados Unidos, los historiadores y analistas estudiarán las soluciones fallidas, las estrategias equivocadas y los argumentos de los generales que aseguraron la victoria a pesar de que en sesiones informativas extraoficiales y reuniones confidenciales reconocieron que Estados Unidos estaba perdiendo la guerra. Quizás el pueblo estadounidense exigirá rendición de cuentas por las miles de vidas y los billones de dólares gastados, solo para que los talibanes vuelvan a tener el control, más poderosos de lo que eran hace 20 años.

O tal vez no les importe, y seguirán adelante en Estados Unidos, un país que seguirá siendo profundamente moldeado, política, económica y personalmente, por la guerra, aunque eso no sea evidente a simple vista.

En cuanto a los que se quedaron en Afganistán, un país de 38 millones menos los miles que han huido o muerto en las últimas semanas, todo lo que pueden hacer es mirar hacia adelante, preguntarse a sí mismos y a todos los que quieran escuchar: ¿Qué viene ahora?

Publicado en New York Times

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Thomas Gibbons-Neff es corresponsal en la oficina de Kabul y fue un soldado de la infantería de marina. @tmgneff


 

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Blog de Sucesos y Noticias

El trumpismo a la luz del berlusconismo

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EP New York/otros medios

EP Internacional– España /Sería ingenuo pensar que los dos tipos de populismos brotan de la nada y se imponen a sociedades que no los merecen

La analogía de las trayectorias de Berlusconi y Trump es evidente. En términos sintéticos, dos magnates con gran proyección mediática irrumpen en política para salvar a la nación del apocalipsis con mensajes mesiánicos, promesas hiperbólicas, anzuelos patrioteros — ¡Forza Italia!, ¡América Primero!—, acciones y retóricas machistas, empatía con Putin y otros autócratas, entre otras muchas coincidencias. En el esfuerzo para interpretar el futuro del trumpismo, pues, quizá la parábola del berlusconismo tenga alguna respuesta interesante. Son entrañas adecuadas para practicar el arte adivinatorio.

En el análisis berlusconiano, pueden desgajarse dos vertientes: el impacto político y el social, que obviamente van vinculados. En términos políticos, uno de los efectos más trascendentales y duraderos fue el haber admitido en el escenario principal a la Liga y a los posfascistas, hasta entonces sustancialmente arrinconados en los márgenes como partidos intocables. Esta operación —vinculada en Italia al verbo sdoganare: dejar pasar la aduana— ha tenido enormes consecuencias. Berlusconi apadrinó la normalización de un ideario que, un cuarto de siglo después, representa aproximadamente un 40% del electorado —proyección de voto para la Liga y Hermanos de Italia—.

Hay motivos para sospechar que algo parecido pueda reproducirse en EE UU. El contexto es diferente; el sistema es presidencial; no hay partidos que sacar de la zona de apestados; pero sí hay corrientes de pensamiento que, tras cuatro años de legitimación desde la Casa Blanca —el mayor púlpito de prédica política del mundo— tienen por delante un recorrido insospechado antes. Es la normalización de la equidistancia entre supremacistas y víctimas de racismo; de la mentira descarada como instrumento político; del cuestionamiento por interés personal de las instituciones democráticas; del nepotismo sin pudor… Todo esto quizás ha venido para quedarse.

Hay después una vertiente social. Sería ingenuo pensar que figuras como Berlusconi y Trump brotan de la nada, y se imponen a sociedades que no se los merecen. Ellos son la encarnación de una mar de fondo. Y luego se convierten en tótem de anhelos y creencias profundas de muchos. Por ese camino, legitiman y expanden esos anhelos y creencias antaño soterrados o hasta inconfesables. Berlusconi —también gracias al gran poder de su imperio mediático— cuajó una revolución cultural, el deseo de éxito sin demasiados cuestionamientos de los medios para lograrlo —esa suerte de paso de la vergüenza al orgullo de saltarse las colas, y pelillos a la mar—, la afirmación de una inaceptable definición de la posición de las mujeres en la sociedad, etc. Trump también facilitará el afloramiento y asentamiento de ciertos sentimientos en cuestiones raciales, de género, de mirada sobre el mundo.

Por otra parte, a los 84 años, Berlusconi todavía ejerce influencia. No se rinde. En parte, para defender sus intereses privados a través de su proyección pública. Trump tiene 74. Y muchos intereses que defender.

[Publicado en EP Internacional]

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