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Migración mundial , una dura realidad de muertos y desaparecidos que se cuentan por miles

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EP New York/ agencias
Según investigación de la agencia Asociatted Press(AP) , se han contabilizado 56.800 migrantes muertos o desaparecidos en cuatro años
 
JOHANNESBURGO (AP) — Uno por uno, de a cinco por tumba, los ataúdes eran enterrados en la tierra roja de este rincón de un cementerio sudafricano mal mantenido. La inscripción en la madera barata revela la anonimidad de estos muertos: “Desconocido B/Hombre”.

Estos hombres eran migrantes de algún país africano que no tenían nada y que trataban de sobrevivir en la pujante economía informal de la provincia de Gauteng, un nombre que quiere decir “tierra del oro”. En lugar de una vida mejor, muchos encontraron la muerte. Sus cadáveres no tienen nombre y nadie los recoge. Son más de 4.300 tan solo en Gauteng, entre el 2014 y el 2017.

Algunas de esas vidas terminaron en el cementerio de Olifantsvlei, en silencio, entre mechones de césped que crece sobre delgados letreros que dicen: la cuadra de los pobres. Son ataúdes tan pequeños que se puede pensar son para niños.

En todo el mundo la gente le escapa a las guerras, el hambre y el desempleo, y las migraciones mundiales han alcanzado niveles sin precedentes, llegando a 258 millones de migrantes en el 2017. Eso representa un aumento del 49% respecto a comienzos del siglo, según Naciones Unidas.

Menos visible es otro aspecto de estas grandes migraciones: las decenas de miles de personas que mueren o simplemente desaparecen en la empresa, que nunca son vistas de nuevo. Una gran cantidad se han ahogado, murió en un desierto o fue víctima de traficantes de personas, y sus familias no saben qué pasó con ellas. Al mismo tiempo, cadáveres anónimos llenan cementerios como el de Gauteng en todo el mundo.

En la mayoría de los, casos, nadie lleva la cuenta. Si no se preocupaban por ellos en vida, menos lo hacen ya muertos, como si nunca hubiesen existido.

La Associated Press ha documentado la muerte o desaparición de al menos 56.800 migrantes en todo el mundo desde el 2014, el doble de la única cuenta oficial que hay, la de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) de Naciones Unidas. La OIM contabilizaba más de 28.500 muertos y desaparecidos hasta el 1ro de octubre. La AP encontró otros 28.000 al recabar información de otros organismos internacionales, archivos forenses, denuncias de personas desaparecidas y certificados de defunción, y de analizar miles de entrevistas con migrantes.

La cuenta de AP es baja. Hay cadáveres de migrantes enterrados bajo la arena del desierto o en el fondo del mar. Y a menudo las familias no quieren reportar las desapariciones de sus seres queridos porque estaban en otro país sin permiso o porque se fueron sin decir hacia dónde se dirigían.

El conteo oficial de la ONU se enfoca mayormente en Europa, pero incluso allí hay muchos casos que no son tenidos en cuenta.


El caso centroamericano vs Donald Trump/BBC


Los vientos políticos están soplando en contra de los migrantes que procuran llegar a Europa y a Estados Unidos, donde el gobierno se resiste a recibir una caravana de centroamericanos que avanza hacia el norte. Como consecuencia de este giro, cada vez hay menos dinero para proyectos que llevan la cuenta de los movimientos migratorios y sus costos.

Por ejemplo, cuando más de 800 personas fallecieron en abril del 2015 al accidentarse un barco frente a la costa italiana, en el desastre de este tipo más grande de Europa, los investigadores italianos se comprometieron a identificar a las víctimas y encontrar a sus familias. Más de tres años después, bajo un nuevo gobierno populista, se están eliminando los fondos para esa tarea.

Fuera de Europa la información es más escasa todavía. Se sabe poco de los migrantes muertos o desaparecidos en América del Sur, donde Venezuela registra uno de los movimientos migratorios más grandes del mundo en la actualidad, y en Asia, la región que más migrantes genera.

El resultado de todo esto es que los gobiernos llevan una cuenta incompleta de las bajas asociadas con las migraciones.

“No importa de qué lado esté uno en el debate en torno al manejo de las migraciones… son seres humanos”, comentó Bram Frouws, director del Centro de Migraciones Mixtas, con sede en Ginebra, que ha estudiado los casos de 20.000 migrantes en su proyecto 4Mi desde el 2014. ”Ya sean refugiados o gente que se va en busca de trabajo, son seres humanos”.

Dejan atrás familias que se debaten entre la esperanza y el duelo, como la de Safi al-Bahri. Su hijo Majdi Barhoumi se fue de Ras Jebel, en Túnez, el 27 de mayo del 2011, rumbo a Europa en un pequeño bote con una docena de personas. El bote se hundió y no se tiene noticias de Barhoumi desde entonces. Su familia no pierde la esperanza de que esté con vida y ha construido un gallinero y comprado algunas vacas y un perro para cuando vuelva.

“Sigo esperándolo. Siempre me lo imagino detrás de mí en la casa, en el mercado, en todos lados”, expresó al-Bahari. “Cuando escucho a alguien de noche, pienso que ha regresado. Cuando oigo el ruido de una motocicleta, creo que es mi hijo que está de vuelta”.

EUROPA: LOS BARCOS QUE NUNCA LLEGAN

De las crisis asociadas con la migración, la de Europa es la más visible en toda su crueldad. Abundan las imágenes como la del cadáver de un niñito curdo en una playa, campamentos congelados en Europa oriental y una sucesión abrumadora de accidentes navales mortales.

En el Mediterráneo, cantidades de buques tanque, cargueros, cruceros y naves militares arrastran pequeñas balsas llenas de gente, impulsadas por un motor fuera de borda. Barcos más grandes que transportan cientos de personas se hunden cuando brisas suaves dan paso a fuertes vientos o cuando son azotados por el oleaje lejos de la costa.

Dos accidentes en altamar y la muerte de al menos 368 personas frente a la costa italiana en octubre del 2013 impulsaron a la OIM a investigar el tema de los migrantes fallecidos. La organización se concentra mayormente en el Mediterráneo, aunque sus investigadores piden información de otras regiones del mundo. Este año tan solo la OIM contabilizó más de 1.700 muertes en las aguas que dividan África y Europa.

Igual que los tunecinos de Ras Jebel, la mayoría de los migrantes parten en busca de trabajo.

Mounir Aguida, de 30 años, quien ya lo había intentado una vez, en una barcaza que estuvo deambulando por el mar 19 horas antes de que se fundiera el motor. A fines de agosto de este año, se subió a otra balsa con siete amigos y notó que las olas sacudían con demasiado fuerza la barcaza. A último momento él y otro migrante decidieron bajarse y regresar a la costa.

“No me gustó lo que pasaba”, explicó.

No se tiene noticias de los seis amigos, que no son tomados en cuenta por ninguna organización que lleva el registro de migrantes muertos.

Además de ver partir muchos de sus jóvenes, Túnez, y en menor escala Argelia, son una escala en el tránsito de los africanos que procuran llegar a Europa. Tiene su propio cementerio de migrantes no identificados, lo mismo que Gracia, Italia y Turquía.

De los 400 cadáveres enterrados en el cementerio tunecino desde que abrió en el 2005, solo uno ha sido identificado.

“Sus familias tal vez piensan que los demás siguen vivos, que algún día los visitarán”, expresó Chamseddin Marzou, quien atiende el cementerio. “No saben que esas personas que siguen esperando están enterradas aquí”.

ÁFRICA: DESAPARECEN SIN DEJAR RASTROS

Se habla mucho de las “olas” de migrantes africanos que tratan de cruzar el Mediterráneo, pero también hay una cantidad similar de 16 millones de personas que buscan una vida mejor en otros países africanos. Desde el 2014, al menos 18.400 africanos ha muerto cuando se desplazaban por África, según cifras de la AP y de la OIM.

Cuando la gente desaparece desplazándose por África, rara vez deja rastros. La OIM dice que el desierto del Sahara bien puede haber matado más gente que el Mediterráneo. Pero nunca se sabrá a ciencia cierta en una región en la que las fronteras no significan nada y los gobiernos no buscan a los desaparecidos. El sol ardiente y los vientos del desierto descomponen rápidamente los cadáveres y los entierran bajo la arena. Cuando son encontrados, es imposible identificarlos.

Con una economía próspera y un gobierno estable, Sudáfrica atrae más migrantes que ninguna otra nación africana. También tiene una de las tasas de delitos violentos más altas del mundo y la policía se preocupa más de resolver crímenes que de identificar migrantes.

“Es triste, pero tiene su lógica. Un policía quiere encontrar al asesino, porque puede matar más gente”, señaló Jeanine Vellema, supervisora de ocho cementerios. La identificación de los migrantes es una tarea que corresponde mayormente a sus familias, que son siempre pobres y están distantes.

Los cadáveres van a parar a cementerios como el de Olifantsvlei y otros parecidos, a tumbas sin nombres. Hay al menos 180 tumbas anónimas, con varios cadáveres en cada una.

El Comité Internacional de la Cruz Roja ha comenzado un programa piloto en una de las morgues de Gauteng, en el que se toman fotos, huellas digitales, información dental y muestras del ADN de los cadáveres no identificados. La información es guardada en un banco de datos y tal vez pueda ayudar a identificar algún cadáver.

“Toda persona tiene derecho a su dignidad. Y a su identidad”, dice Stephen Fonseca, director forense regional del Comité de la Cruz Roja.

ESTADOS UNIDOS: 

https://youtu.be/cRXwfBGpRqk

A más de 9.000 kilómetros (casi 6.000 millas), en los desiertos a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos, yacen los cadáveres de migrantes que fallecen tratando de cruzar territorios tan despiadados como las aguas del Mediterráneo. Muchos le escapaban a la violencia y la pobreza de Guatemala, Honduras, El Salvador e incluso México. Algunos son hallados meses o años después, cuando solo quedan los esqueletos. Otros logran hacer una última, desesperada llamada y no se vuelve a tener noticias de ellos.

En el 2010, el Equipo Argentino de Antropología Forense y la morgue local de Pima County, en Arizona, comenzaron un esfuerzo para identificar a los cadáveres encontrados a ambos lados de la frontera. Desde entonces, el “Border Project”, o “Proyecto Frontera” ha identificado a 183 cadáveres, pero quedan muchos más sin identificar.

Al menos 3.861 personas murieron o desaparecieron en la frontera desde el 2014, según un recuento de los totales de la AP y la OIM, que incluye denuncias de desaparición de personas del Centro Colibrí para Derechos Humanos del lado estadounidense y del grupo argentino del lado mexicano, así como con datos centroamericanos. El meticuloso trabajo de identificación puede tomar años y se ve afectado por la escasez de recursos, de información oficial y de coordinación no sólo entre países, sino también entre los distintos estados de una misma nación.

Para las familias de los desaparecidos, es su única esperanza. Aunque para los familiares de Juan Lorenzo Luna y Armando Reyes esa esperanza se está diluyendo.

Luna, de 27 años, y Reyes, de 22, eran cuñados que partieron de una pequeña localidad del norte de México, llamada Gómez Palacio, en agosto del 2016. Habían tratado de cruzar la frontera cuatro meses antes, pero se entregaron exhaustos a los agentes de la Patrulla de Fronteras para que les deportaran.

Sabían que arriesgaban sus vidas. Después de todo, el padre de Reyes murió intentando el cruce en 1995 y un tío desapareció en el 2004. Pero Luna, un hombre de familia tranquilo, quería ganar suficiente dinero para comprar una camioneta y volver luego con su esposa y dos hijos. Reyes quería un trabajo mejor que le permitiese darle una buena vida a su hija recién nacida.

De los cinco que partieron de Gómez Palacio, dos consiguieron cruzar y uno regresó. La única información que dieron sobre los cuñados fue que dejaron de caminar y planeaban entregarse de nuevo. No se supo nada de ellos después de eso.

Las autoridades les dijeron a sus familias que habían investigado prisiones y centros de detención, pero no había noticias de ellos. Cesaria Orona incluso consultó con un vidente, que le dijo que su hijo Armando había fallecido en el desierto.

Un fin de semana de junio del 2017, voluntarios encontraron ocho cadáveres cerca de una zona militar en el desierto de Arizona y colocaron imágenes en las redes sociales con la esperanza de encontrar a sus familiares. María Elena Luna quedó impactada por una de las fotos que vio en Facebook, la de un cadáver en descomposición en un paisaje árido lleno de cactus y arbustos, boca abajo, con una pierna doblada hacia afuera. La pose le resultó familiar.

“Así dormía mi hermano”, dijo en voz baja.

Junto a los cadáveres los voluntarios hallaron una identificación de un muchacho de Guatemala, una foto y un pedazo de papel con un número de teléfono. La foto era de Juan Lorenzo Luna y el teléfono el de primos de la familia. Los investigadores, no obstante, dijeron que la billetera y la identificación no pueden confirmar una identidad porque a los migrantes les roban a menudo.

“Todos lloramos”, recuerda Luna. “Pero no podemos estar seguros hasta que se haga el análisis de ADN. Hay que esperar”.

Luna y Orona dieron muestras de ADN al gobierno mexicano y al grupo argentino. En noviembre del 2017 Orona recibió una carta del gobierno mexicano diciendo que había posibilidades de que unos huesos encontrados en Nuevo León, estado fronterizo con Texas, fuesen los de Armando. Pero el análisis dio negativo.

Las mujeres siguen esperando los resultados de los análisis de los forenses argentinos.

Orona no pierde la esperanza de que los cuñados estén presos o retenidos por “gente mala”. Y cada vez que Luna oye hablar de tumbas clandestinas o de cadáveres no identificados, se angustia.

“Se me vuelven todos los recuerdos”, dijo. “No quiero pensar”.

AMÉRICA DEL SUR: “NADIE QUIERE ADMITIR QUE ESTA ES LA REALIDAD”

Los conteos de muertos y desaparecidos ignoraban totalmente uno de los desplazamientos de gente más grandes del mundo en la actualidad: los casi 2 millones de venezolanos que le escapan al derrumbe social y económico de su nación. Estos migrantes se suben a autobuses para cruzar la frontera por tierra, abordan modestas embarcaciones en la esperanza de llegar al Caribe y, cuando todo lo demás falla, caminan por días bajo el sol por carreteras o con temperaturas heladas por las montañas. Vulnerables a la violencia del narcotráfico, el hambre y las enfermedades, desaparecen o mueren de a cientos.

“No soportan un viaje tan duro, porque son recorridos muy largos”, dijo Carlos Valdés, director del Instituto Nacional Forense de la vecina Colombia. “Muchas veces comen una sola vez al día. O no comen. Y se mueren”.

Valdés dijo que las autoridades no siempre recuperan los cadáveres de los muertos porque muchos migrantes que ingresaron al país ilegalmente tienen miedo de pedir ayuda.

Valdés cree que la hipotermia ha matado a algunas personas en las montañas, pero no tiene idea de cuántas. Un migrante le dijo a la AP que durante su trayecto vio una familia que enterraba a alguien envuelto en una manta blanca, con flores rojas.

Marta Duque, de 55 años, observa la emigración venezolana desde su casa en Pamplona, Colombia. De noche abre sus puertas y les da amparo a las familias con niños pequeños. Pamplona es una de las últimas ciudades por las que pasan antes de internarse en las montañas heladas, uno de los tramos más peligrosos para los migrantes que viajan a pie. Las temperaturas están por debajo del nivel de congelación.

Dice que la pasividad de las autoridades obliga a los ciudadanos como ella a intervenir.

“Se pasan la pelota de uno a otro”, se quejó. “Nadie quiere admitir que esta es la realidad”.

Esas muertes no las cuenta nadie, lo mismo que decenas de decesos en el mar. Tampoco nadie lleva la cuenta de las denuncias de desapariciones en Colombia, Perú y Ecuador. En total, al menos 3.410 venezolanos ha sido dados por desaparecidos o muertos en una migración entre países latinoamericanos cuyos peligros han pasado casi inadvertidos. Muchos de los muertos sucumbieron a enfermedades que eran fácilmente tratables.

Entre los desaparecidos está Randy Javier Gutiérrez, quien cruzaba Colombia a pie con un hermano y una tía en la esperanza de llegar a Perú, donde estaba su madre.

La madre de Gutiérrez, Mariela Gamboa, dijo que un individuo se ofreció a llevar en su auto a las dos mujeres, pero no a su hijo. Las mujeres dijeron que lo esperarían en la estación de autobuses de Cali, a unos 257 kilómetros (160 millas), pero él nunca llegó. Los mensajes que le han enviado a su teléfono desde ese día, hace cuatro meses, no han sido vistos.

“Estoy muy preocupada”, dice la madre. “No sé qué hacer”.

ASIA: UNA GRAN INCÓGNITA

La región con más migrantes del mundo, Asia, es también la que menos información tiene sobre los desaparecidos tras dejar sus patrias. Los gobiernos no están dispuestos o no están en condiciones de dar cuenta de las personas que emigran a otros países de la región o al Medio Oriente, los dos destinos más comunes.

Los asiáticos representan el 40% de los migrantes del mundo y más de la mitad de ellos nunca se van de la región. La Associated Press pudo documentar más de 8.200 desapariciones o muertes de migrantes.

Hay numerosas tendencias: indios que se van a los Emiratos Árabes Unidos, bangladesíes que quieren llegar a la India, musulmanes rohinyas que les escapan a la persecución en Myanmar, afganos que le huyen a la guerra. En una región donde abunda el tráfico de personas y los desplazamientos por la fuerza, las bajas cifras de muertos y desaparecidos no indican que los peligros son escasos, sino que no hay buena información.

Almass tenía apenas 14 años cuando su madre viuda decidió alejarlo del Talibán y enviarlos a él y a su hermano de 11 años de su casa en Khost, Afganistán, hacia Alemania, usando traficantes. Los niños se subieron primero a una camioneta con unas 40 personas, caminaron por días en la frontera, se treparon a otro vehículo, esperaron un tiempo en Teherán y caminaron más días.

Su hermano Murtaza estaba agotado para cuando llegaron a la frontera entre Irán y Turquía. Pero el contrabandista dijo que no había tiempo para descansar, que había dos puestos fronterizos en las inmediaciones y que temía que niños menores más pequeños hiciesen ruido y los delatasen.

Almass llevaba un bebé en sus brazos y tenía tomado de la mano a su hermano cuando escucharon gritos de guardias iraníes y sonaron disparos. Se tiró por un barranco y perdió el conocimiento.

Al despertarse, pasó dos días solo, hasta que se topó con otros tres niños que también se habían separado del grupo, y luego con un cuarto. Nadie había visto a su hermano. Y aunque el niño tenía una identificación, solo Almass había aprendido de memoria la información que debían darle al contrabandista.

Cuando Almass logró llamar a su casa desde Turquía, no fue capaz de decirle a su madre lo que había pasado. Le dijo que Murtaza no podía hablar en ese momento pero la mandaba muchos cariños.

Eso fue a principios del 2014. Almass, quien ahora tiene 18 años, no ha hablado con su familia desde entonces.

Cuenta que buscó a su hermano entre los 2.773 niños que la Cruz Roja da por desaparecidos mientras intentaban llegar a Europa. También se buscó a sí mismo entre los 2.097 adultos cuya desaparición reportaron menores. No estaban en ninguna de esas listas.

Almass pudo llegar a Europa y habla un francés entrecortado con una mujer que le dio albergue en una granja de 400 años en la región de Limouisin. Pero perdió su familia. El teléfono de su casa en Afganistán ya no funciona, su pueblo fue tomado por el Talibán y no sabe cómo encontrarla. Ni al hermano que se le escapó de entre las manos hace cuatro años.

“No sé dónde están”, dijo angustiado. “Y ellos no saben dónde estoy yo”.

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Hinnant informó desde Ras Jebel, Túnez, junto con Mehdi El Arem. En este despacho colaboraron Kristen Gelineau (Sydney), Niniek Karmini (Yakarta, Indonesia), Jim Gomez (Manila), Lotfi Bouchouchi (Argelia), Christine Armario (Bogotá) y María Verza (Ciudad de México).

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Yulia Navalnaya continuará con legado político de Navalny

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EP New York | enfoque mundial

Yulia Navalnaya incursiona en política para preservar el legado de Navalny

La esposa de Alexéi Navalny había evitado la atención mediática, pero la muerte del líder opositor más famoso de Rusia puede hacer que eso sea imposible. “No tengo derecho a rendirme”, dijo.

Era agosto de 2020, Yulia Navalnaya, la esposa del líder opositor más famoso de Rusia, daba grandes zancadas por los pasillos desgastados y sombríos de un hospital provincial ruso en busca de la habitación donde su esposo yacía en coma.

Alexéi Navalny había colapsado tras recibir lo que investigadores médicos alemanes después declararían como una dosis casi fatal de la neurotoxina novichok, y su esposa, a quien policías amenazantes le impedían moverse por el hospital, volteó hacia la cámara de un celular que tenía un integrante de su equipo.

Con voz tranquila en un momento impactante que luego se incluyó en >Navalny< un documental ganador del premio Oscar, Navalnaya dijo: “Exigimos la liberación inmediata de Alexéi, porque en este instante en este hospital hay más policías y agentes del gobierno que médicos”.

Hubo otro suceso similar el lunes, cuando bajo circunstancias incluso más trágicas, Navalnaya habló ante una cámara tres días después de que el gobierno ruso anunció que su marido falleció en una brutal colonia penal de máxima seguridad en el Ártico. Su viuda culpó al presidente Vladimir Putin por la muerte y anunció que ella asumiría la causa de su esposo y exhortó a los rusos a unírsele.

En un discurso breve y pregrabado que fue publicado en redes sociales, Navalnaya dijo: “Al matar a Alexéi, Putin mató a mi mitad, la mitad de mi corazón y la mitad de mi alma. Pero me queda otra mitad y esta me dice que no tengo derecho a rendirme”.

Durante más de dos décadas, Navalnaya había evitado asumir cualquier papel político en público porque alegaba que su propósito en la vida era apoyar a su esposo y proteger a sus dos hijos. “Considero que mi labor es que nada cambie en nuestra familia, que los niños sean niños y el hogar sea un hogar”, dijo Navalnaya a la edición rusa de la revista Harper’s Bazaar en 2021, una de las pocas entrevistas que ha concedido.

Pero eso cambió el lunes.

Navalnaya enfrenta el gran reto de intentar que vuelva a funcionar el desmotivado movimiento de oposición desde el extranjero, ya que cientos de miles de sus simpatizantes han sido obligados a exiliarse por un Kremlin cada vez más represivo que ha respondido a cualquier crítica a su invasión a Ucrania, que inició hace dos años, con duras sentencias de cárcel. El movimiento político y la fundación de su esposo, que expusieron la corrupción en las altas esferas del poder, fueron declaradas como organizaciones extremistas en 2021 y se les prohibió operar en Rusia.

Aunque no desestiman las dificultades, sus amigos y asociados creen que Navalnaya, de 47 años, tiene una oportunidad de éxito gracias a lo que llaman su combinación de inteligencia, porte, determinación férrea, resiliencia, pragmatismo y carisma.

Su presencia es algo inusual en Rusia: una mujer destacada en un país donde las mujeres reconocidas en la política son poco comunes, a pesar de sus muchos logros en otros campos. Analistas afirman que, aparte de la amplia autoridad moral que ha adquirido tras la muerte de su marido, Navalnaya podría beneficiarse de una brecha generacional en Rusia, donde los rusos más jóvenes y postsoviéticos aceptan más la equidad de género.

Tan pronto como Navalnaya hizo su declaración el lunes, la maquinaria propagandística estatal rusa se puso en acción, por lo que trató de presentarla como una herramienta de las agencias de inteligencia de Occidente y alguien que frecuentaba complejos turísticos y fiestas de celebridades.

Navalnaya nació en Moscú en una familia de clase media; su madre trabajaba para un ministerio gubernamental y su padre era empleado de un instituto de investigación. Sus padres se divorciaron al poco tiempo y su padre murió cuando ella tenía 18 años. Navalnaya se graduó en Relaciones Internacionales y después trabajó brevemente en un banco antes de conocer a Navalny en 1998 y casarse con él en 2000. Ambos eran cristianos ortodoxos rusos.

Una hija, Daria, que ahora estudia en California, nació en 2001, y un hijo, Zakhar, nació en 2008, quien asiste a la escuela en Alemania, donde vive Navalnaya.

Aunque no era abiertamente política, Navalnaya siempre estuvo al lado de su esposo. Lo acompañó en manifestaciones y durante sus numerosos procesos judiciales y sentencias de prisión. Navalnaya estaba con él durante su campaña para alcalde de Moscú en 2013, y en 2017, cuando un ataque con un tinte químico verde casi lo deja ciego de un ojo.

En 2020, cuando Navalny fue envenenado, Navalnaya le exigió de manera pública a Putin que su marido fuera evacuado en ambulancia aérea a Alemania y, durante sus 18 días en coma, ella permaneció a su lado, habló con él y reprodujo sus canciones favoritas como “Perfect Day” de Duran Duran. Tras recuperar el conocimiento, Navalny escribió en redes sociales: “Yulia, me salvaste”.

Navalnaya sobrevivió un intento de envenenamiento en Kaliningrado un par de meses antes que seguramente estaba dirigido a él, dijeron sus amigos, pero ella no siguió pensando en eso.

Navalnaya ha sido comparada con otras mujeres que han continuado las batallas políticas de sus maridos asesinados o encarcelados. Entre ellas se encuentran Corazón Aquino, cuyo esposo fue asesinado en 1983, cuando bajaba de un avión en Filipinas al regresar de su exilio; luego, derrotó al entonces presidente Ferdinand Marcos. También está Sviatlana Tsikhanouskaya, quien lideró la oposición en las elecciones presidenciales de 2020 en Bielorrusia, país vecino de Rusia, después de que su marido fuera encarcelado. Ella misma se vio obligada al exilio.

Al final, los analistas indican que una “persona normal” con autoridad moral podría tener éxito donde alguien dedicado a la política no podría.

“Ella quiere terminar la tarea que Alexéi trágicamente dejó incompleta: hacer que Rusia sea un país libre, democrático, pacífico y próspero”, dijo Sergei Guriev, un amigo de la familia y un destacado economista ruso que es director académico del Instituto de Estudios Políticos de París. “Ella también va a demostrarle a Putin que eliminar a Alexéi no acabará con su causa”.

Publicado en New York Times

 

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Por qué el modelo “Bukele” no puede aplicarse a otros países de A.L.

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EP New York. | Latinoamérica | El Salvador

Por qué el modelo Bukele no va a funcionar en otros países de América Latina

Aunque todavía se están contando los votos, el presidente Nayib Bukele se adjudicó una victoria aplastante las elecciones y afirmó que ganó con más del 85 por ciento de los votos. Si esos resultados se mantienen cuando se anuncie el conteo oficial, ni siquiera los presidentes populistas más conocidos de América Latina, como el presidente venezolano Hugo Chávez o el boliviano Evo Morales, habrán estado cerca de ganar unas elecciones con esos márgenes.

El ascenso sin precedentes de Bukele se explica debido a un factor: el sorprendente descenso en la tasa de delincuencia de El Salvador. Desde que asumió la presidencia en 2019, la tasa de homicidios intencionales ha bajado del 38 por cada 100.000 ese año a 7,8 en 2022, muy por debajo del promedio en América Latina del 16,4 para el mismo año.

Las medidas enérgicas que Bukele ha encabezado para combatir el crimen organizado prácticamente han desmantelado a las pandillas que aterrorizaron a la población durante décadas. También ha cobrado un precio oneroso a los derechos humanos, las libertades civiles y la democracia de los salvadoreños. Desde marzo de 2022, cuando Bukele declaró un estado de excepción que dejó suspendidas algunas libertades civiles básicas, las fuerzas de seguridad han encarcelado aproximadamente a 75.000 personas. Uno de cada 45 adultos en el país está en prisión.

Ante esta situación, otros líderes de la región han debatido la posibilidad de adoptar muchas de las mismas medidas drásticas para combatir la violencia delictiva en su país. Sin embargo, aunque estuvieran dispuestos a hacer los mismos compromisos que ha hecho el gobierno de Bukele —calles más seguras empleando métodos diametralmente opuestos a la democracia— quizá no conseguirían los mismos resultados. Las condiciones que hicieron posible el éxito de Bukele y su notoriedad política son únicas de El Salvador y no son exportables.

En nuestro recorrido por las calles de la capital, San Salvador, en los días anteriores a las elecciones, vimos cómo las familias han regresado a los parques. Ahora, las personas pueden atravesar las fronteras entre distintos barrios que antes estaban controlados por pandillas y eran imposibles cruzar. El centro de la ciudad, que por años quedaba casi vacío al atardecer, ahora está activo hasta altas horas de la noche.

El problema es que El Salvador, que emprendió una transición hacia la democracia en la década de 1990, se ha desviado de esa ruta. Bukele tiene control en los poderes del gobierno. La nación de 6,4 millones de habitantes funciona como un Estado policial: no es inusual que soldados y policías retiren a los ciudadanos de las calles y los encarcelen de manera indefinida sin ninguna razón y sin darles acceso a un abogado. Hay noticias creíbles de que los reclusos han sido torturados. Varios críticos del gobierno comentaron que los han amenazado con presentar acusaciones en su contra, además de que se han empleado programas espía para monitorear a algunos periodistas. Incluso la votación del domingo pasado se encuentra bajo el microscopio porque el sistema de transmisión de los resultados de la votación preliminar dejó de funcionar de manera muy inusual.

Como politólogos, con experiencia en el estudio de la política latinoamericana, le hemos dado seguimiento al creciente grupo de seguidores de Bukele en la región. En el vecino Honduras, la presidenta de izquierda, Xiomara Castro, declaró una “la guerra a la extorsión” contra las pandillas a finales de 2022. Al igual que en El Salvador, Castro decretó un estado de excepción, pero, aunque la tasa de homicidios ha bajado, las pandillas todavía conservan mucho poder.

Más al sur, Ecuador se tambalea por su propio brote de violencia de las bandas. Cuando uno de nosotros fue de visita el año pasado, varias personas entrevistadas señalaron que les encantaría que “alguien como Bukele” llegara a poner orden. Incluso en Chile, que históricamente ha sido una democracia más sólida y un país más seguro que El Salvador, pero en donde la criminalidad va en aumento, Bukele cuenta con un porcentaje de aprobación del 78 por ciento.

No es ningún misterio por qué el modelo de medidas estrictas contra el crimen de Bukele es tan atractivo en América Latina. En 2021, según un grupo de investigación mexicano, en la región se encontraban 38 de las 50 ciudades más peligrosas del mundo. En un año típico, esta región en la que ahora vive solo el ocho por ciento de la población mundial, sufre alrededor de un tercio del número total de asesinatos.

Pero quienes copian las medidas de Bukele y aquellos que creen que su modelo puede replicarse en cualquier lugar no han considerado un punto clave: no es probable que las condiciones que le permitieron controlar a las pandillas en El Salvador se presenten en otras partes de América Latina.

Las pandillas de El Salvador son únicas y están lejos de ser como las organizaciones criminales más sólidas de la región. Durante décadas, unas cuantas pandillas se enfrentaron entre sí para conseguir el control de territorios y ganaron poder social y político. Pero, a diferencia de los cárteles en México, Colombia y Brasil, las pandillas de El Salvador no han sido actores importantes en el comercio global de drogas y habían estado más bien enfocadas en la extorsión. En comparación con estos otros grupos, contaban con finanzas limitadas y no tenían tanto armamento.

Bukele comenzó a desactivar a las pandillas mediante negociaciones con sus líderes, según algunos reportes periodísticos de investigación salvadoreños y una investigación criminal encabezada por un antiguo fiscal general (algo que el gobierno niega). Después, cuando Bukele comenzó a detener a sus soldados de a pie en redadas masivas que llevaron a muchas personas inocentes a las prisiones, las pandillas colapsaron.

La historia no sería tan sencilla en otras partes de América Latina, donde las organizaciones criminales tienen más dinero, tienen más conexiones internacionales y están mucho mejor armadas de lo que estaban las pandillas de El Salvador. Cuando otros gobiernos de la región han intentado acabar con los líderes de pandillas y cárteles, estos grupos no se han desmoronado. Han contraatacado, o bien han surgido nuevos grupos delictivos para llenar rápidamente el vacío, interesados en los enormes ingresos que ofrece el comercio de drogas. La guerra de Pablo Escobar contra el Estado en las décadas de 1980 y 1990 en Colombia, la reacción violenta de los cárteles a las acciones de las autoridades mexicanas desde mediados de la década de los 2000 y la respuesta violenta a las recientes medidas del gobierno de Ecuador contra las pandillas son solo unos cuantos ejemplos.

Además, El Salvador tenía fuerzas de seguridad más profesionales, que se comprometieron a acabar con las pandillas cuando Bukele las convocó, en comparación con algunos de sus vecinos. Un ejemplo es Honduras, donde, se ha reportado, la corrupción propiciada por las pandillas entre las fuerzas de seguridad es un problema muy profundo. Esta situación contribuyó al fracaso, desde un principio, de las acciones inspiradas en Bukele emprendidas por Castro. En otros países, como México, también se dice que los grupos delictivos han logrado cooptar a miembros de alto rango del ejército y la policía. En Venezuela, se ha informado que algunos funcionarios militares han tenido su propia operación de tráfico de drogas. Incluso si los mandatarios enviaran soldados y policías a realizar redadas masivas como las de Bukele, es posible que las fuerzas de seguridad no estén preparadas o tengan incentivos para socavar la misión.

Por último, Bukele enfrenta una oposición política muy disminuida, pues los dos partidos políticos tradicionales del país se han debilitado significativamente desde 2019 y, por lo tanto, no son capaces de contener las acciones del nuevo presidente para establecer control sobre las instituciones públicas. En muchos otros países de América Latina hay partidos políticos más sólidos o existen fuerzas de oposición que ayudarían a exigir una rendición de cuentas a un poder ejecutivo que pretendiera extender su control.

Si otros Bukeles en potencia intentan copiar lo que él ha hecho, es más probable que solo imiten el lado sombrío del modelo de El Salvador y no sus logros.

Los gobiernos podrían verse sumidos en el caos si se multiplican los grupos delictivos o contraatacan con violencia. Además, en el proceso podrían quitarle espacios a la sociedad civil y a la prensa, reducir la transparencia del gobierno, llenar con más detenidos las prisiones, que ya están abarrotadas, y debilitar a los tribunales. Históricamente, los presidentes de América Latina que no tienen un compromiso absoluto con la democracia ya han dado algunos de estos pasos, o todos ellos, para su beneficio político de cualquier manera. Combatir el crimen es la excusa perfecta.

A pesar de su éxito en la reducción de la delincuencia, el modelo de Bukele tiene un costo muy importante. Los imitadores deben tener cuidado: seguir el modelo de El Salvador no solo no funcionará, sino que, en el camino, intentar hacerlo podría causarle daños perdurables a la democracia.

Publicado en New York Times

 

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Agencias

Kremlin confirma muerte de líder opositor ruso Alexei Navalny

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EP New York | Política Mundial

MOSCOW, 16 de febrero  – El líder de la oposición más destacado de Rusia Alexei Navalny colapsó y murió el viernes después de un paseo en la colonia criminal ártica “Polar Wolf” donde estaba sirviendo a una larga duración de la cárcel, el Servicio penitenciario ruso dijo.

Navalny, un ex abogado de 47 años, se hizo un lugar de prominent hace más de una década con blogs sobre lo que dijo que era una gran corrupción y opulencia entre los “crooks y ladrones” de la élite de Rusia.

El Servicio Penitenciario Federal del Distrito Autónoma de Yamalo-Nenets dijo en un comunicado que Navalny se sintió mal después de un paseo en la colonia penal de IK-3 en Kharp, a unos 1.900 km (1.200 millas) al noreste de Moscú hacia el Círculo Ártico.

Él perdió la conciencia casi de inmediato, dijo. “Todas las medidas de reanificación necesarias se llevaron a cabo, que no dieron resultados positivos”, dijo el servicio penitenciario, añadiendo que se estaban estableciendo causas de muerte.

El Kremlin dijo que el presidente Vladimir Putin fue informado de la muerte, que trajo un torrente de indignación del oeste, algunos diciendo que el líder ruso tenía responsabilidad.

Los partidarios de Navalny dijeron que no podían confirmar que estaba muerto, pero que si lo era entonces creían que había sido asesinado.

Con información de Reuters

 

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