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Afganistán , un final precipitado. ¿Qué viene ahora?
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5 years agoon
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FranciscoEP New York/otros medios

Un final precipitado y un comienzo oscuro en Afganistán
El último vuelo estadounidense que salió de Kabul deja tras de sí una estela de promesas incumplidas y preguntas difíciles sobre el destino del país.
El final de la guerra más larga de Estados Unidos no fue muy ceremonioso: la basura volaba por la única pista de aterrizaje del aeropuerto de Kabul, los afganos estaban afuera de las puertas de embarque con la vana esperanza de poder ser evacuados del país y los talibanes lanzaban disparos de triunfo hacia el firmamento nocturno.
En sus últimos días, dos marines estadounidenses se despedían con un apretón de manos de los combatientes talibanes en medio del tenue resplandor de la terminal de vuelos nacionales. Había filas de personas hambrientas y deshidratadas que serían evacuadas en aeroplanos grises con rumbo a futuros inciertos. La dirigencia de los talibanes era la que dictaba las condiciones mientras una generación de afganos experimentaba el final de 20 años de una suerte de esperanza generalizada.
Por todo Estados Unidos hay pasos a desnivel y bancas en parques que han sido bautizadas en honor a las personas fallecidas en la guerra.
El final, al menos para los estadounidenses y sus aliados occidentales, llegó un lunes, después de que —en las últimas horas de una guerra perdida— los miles de soldados estadounidenses que defendían el Aeropuerto Internacional Hamid Karzai salieron en enormes aviones de transporte, uno tras otro, hasta que ya no quedó ninguno.
A diferencia del legado de los soviéticos que fueron derrotados antes que ellos, el de los estadounidenses no fue un entorno plagado de restos de vehículos blindados destrozados. Más bien, dejaron todas las armas y el equipo necesarios para abastecer a los talibanes, los vencedores, durante los próximos años, el resultado de dos décadas y 83.000 millones de dólares gastados en entrenamiento y equipamiento para el ejército afgano y las fuerzas policiales que se desmoronaron frente a un mal liderazgo y un respaldo estadounidense cada vez más escaso.


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Una vez más, Afganistán concluye un ciclo que ha definido en repetidas ocasiones los últimos 40 años de violencia y conmoción: por quinta vez desde la invasión soviética de 1979, ha fracasado un mandato y ha surgido otro. Lo que ha venido después de cada una de esas conclusiones ha sido venganza, ajuste de cuentas y, con el tiempo, otro ciclo de guerra y caos.
Ahora les toca a los talibanes decidir si van a perpetuar el ciclo de venganza, como lo hicieron en 1996 al arrebatarle el poder a un grupo de caudillos en conflicto, o si en verdad emprenderán el nuevo rumbo que sus dirigentes han prometido en los últimos días: uno de tolerancia y reconciliación.
Han pasado casi 20 años desde que Osama bin Laden y Al Qaeda ejecutaron los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos y el presidente George W. Bush anunció que su país invadiría Afganistán como la primera acción de una guerra mundial contra el terrorismo. Ahora, Estados Unidos tiene que definir su relación con los mismos gobernantes islamistas que derrocó en 2001 —una vez más, una cuestión de venganza o tolerancia— y tratar de evitar el resurgimiento de cualquier amenaza terrorista internacional que provenga de Afganistán.
Ahora son menos probables los ataques aéreos en las zonas rurales afganas que convierten a las personas fallecidas en simples puntos de los gráficos de barras de los informes de Naciones Unidas que casi nadie lee. No habrán más bombas enterradas, de manera presurosa, a orillas de la carretera al caer la noche, y que podrían explotar al paso de un vehículo gubernamental o un minibús lleno de familias.
Lo que hay es una angustia generalizada sobre la verdadera tendencia que proyectará el gobierno talibán ahora que los estadounidenses se han ido. Además, existe el temor de que la caótica precipitación del desmoronamiento del gobierno durante el avance de los talibanes deje una economía irreparable, hambruna y muchas ruinas.
El conflicto de Estados Unidos en Afganistán fue una guerra larga con un final apresurado, o eso pareció. Pero los planes de la retirada se prepararon hace más de 18 meses, cuando el gobierno de Donald Trump firmó un acuerdo con los talibanes para retirarse del país antes del 1 de mayo de 2021. A cambio, los talibanes acordaron dejar de atacar a los estadounidenses, suspender los ataques en los que hubiera un gran número de víctimas en ciudades afganas y evitar que Al Qaeda y otros grupos terroristas hallaran refugio en su territorio.
La influencia de los talibanes, adquirida tras años de luchar contra el ejército más desarrollado del mundo, se multiplicó cuando tomaron el control de retenes y puestos de avanzada más remotos, seguidos de distritos y aldeas rurales y luego, las carreteras que los conectaban. Para inicios de este año, los talibanes se habían apostado cerca de varias ciudades clave, al tiempo que el recién inaugurado gobierno de Joe Biden analizaba si se debía respetar el acuerdo de retirada que fue firmado por Trump.
En abril, para cuando el presidente Joe Biden y la OTAN anunciaron el retiro de Estados Unidos y de las fuerzas de la coalición antes del 11 de septiembre, los talibanes ya estaban tomando un distrito tras otro. Las fuerzas de seguridad afganas se estaban rindiendo o estaban siendo diezmadas de manera masiva. Pese al poderío aéreo de Estados Unidos y un ejército afgano que, según Biden y otros altos funcionarios, tenía casi 300.000 soldados, las capitales de provincia pronto fueron sitiadas. Pero, de acuerdo con las autoridades estadounidenses, en los días finales, las fuerzas de seguridad afganas solo contaban con una sexta parte de eso.

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Más que pelear, los soldados afganos huían, pero quienes murieron enfrentando al enemigo, lo hicieron por una causa en la que, al parecer, ni siquiera sus líderes creían.
Incluso antes del anuncio de Biden y el acuerdo de Trump con los talibanes, Estados Unidos había empezado a retirarse desde diciembre de 2009, cuando el presidente Barack Obama anunció tanto un aumento de decenas de miles de tropas como su salida para 2014.
Desde entonces, los afganos y los aliados de Estados Unidos han experimentado distintas etapas de alarma y dudas, mientras intentan asegurar su futuro y sus intereses comerciales. Esta incertidumbre reforzó la corrupción endémica que Occidente denunció, pero que continuó impulsando con miles de millones de dólares con la esperanza de que algo pudiera cambiar en el país.
Ahora, al final, los políticos y empresarios afganos y la élite que se alimentaba de las arcas de la guerra han huido en gran medida. Los últimos aviones militares estadounidenses partieron, dejando atrás a unos 100.000 afganos elegibles para el reasentamiento en los Estados Unidos por su trabajo con el gobierno estadounidense.
La evacuación, que comenzó en julio como una reubicación ordenada y modesta de unos pocos miles de afganos, se convirtió en un éxodo apocalíptico cuando Kabul colapsó el 15 de agosto. Cientos, luego miles, se reunieron en las puertas del aeropuerto; la gente abandonó sus coches; y las fuerzas estadounidenses observaron con cámaras infrarrojas cómo la gente invadía sus defensas, no con tanques o explosivos, sino como una gran masa de personas.
Luego, los estadounidenses y los talibanes trabajaron juntos para despejar el aeropuerto y establecer un perímetro después de que varios afganos frenéticos cayeran desde los aviones de transporte y se escuchara el ruido sordo de los helicópteros que evacuaron la Embajada de Estados Unidos, una de las misiones diplomáticas más grandes del mundo. La evacuación se vio plagada de escenas que evocaban las de otra guerra estadounidense cuando Saigón cayó y los helicópteros fueron empujados desde los barcos hacia el mar.

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“Tenemos una relación mutuamente beneficiosa con los talibanes”, dijo un soldado de manera irónica este mes, mientras estaba apostado frente al mar de personas con carteles, documentos y pasaportes en la oscuridad de la noche. La única iluminación provenía de las linternas de los rifles que sostenían los soldados estadounidenses que gritaban para que dejaran de empujar y retrocedieran. Una persona quedó atrapada entre el alambre de púas y sus familiares aterrados la sacaron, mientras se colocaban más barreras de acero.
Hace un año, o diez, o quince, los talibanes eran sombras detrás de una fila de árboles cercanos, eran los fantasmas ocultos que abrían la tierra frente a los soldados de Estados Unidos, de la OTAN y de Afganistán para entrar a un infierno atestado de minas. Cada paso planteaba el problema de qué hacer si de pronto un amigo que estaba enfrente explotaba en dos: el torniquete va aquí, el tipo de sangre es O positivo.
Sin embargo, en las últimas horas de la guerra estadounidense, los talibanes se materializaron en toda su expresión: justo en la carretera o al otro lado de la reja de la capital del país. De pronto estaban por todas partes, con sus banderas blancas con negro ondeando en torno a las posiciones estadounidenses, para controlar a la multitud y dejar que Estados Unidos terminara la guerra… pero no bajo sus condiciones.

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Durante las últimas semanas de la guerra, las fuerzas estadounidenses no estaban patrullando o realizando operaciones de contrainsurgencia, ni construyendo refugios o trabajando en la construcción de la nación afgana. No hicieron redadas en los escondites de armas de los talibanes ni en las fábricas de bombas porque los fabricantes y sus comandantes ahora controlaban la ciudad.
En cambio, los jóvenes soldados e infantes de marina encontraron formas de ayudar a quienes tenían la suerte de llegar a las puertas del aeropuerto. Los llevaron hacia lo que muchos afganos creían que sería una vida mejor. A veces, esas personas no tenían los documentos adecuados, por lo que fueron rechazados.
Más allá del trauma de tener que dar ese rechazo y enfrentar esas escenas de desesperación, los estadounidenses enfrentarían una vez más la pérdida de camaradas en Afganistán durante esas horas finales: 13 militares estadounidenses fueron asesinados por un ataque terrorista del Estado Islámico el jueves cuando intentaban organizar a una multitud de afganos para que mostraran sus documentos. Casi 200 afganos murieron en el mismo incidente, en una devastadora carnicería bélica.
En Catar, Kuwait, Alemania y Estados Unidos, decenas de miles de afganos se sientan en centros de procesamiento, fuera del alcance del gobierno de los talibanes, pero sin saber cuándo o cómo llegarán a Estados Unidos.
En Estados Unidos, los historiadores y analistas estudiarán las soluciones fallidas, las estrategias equivocadas y los argumentos de los generales que aseguraron la victoria a pesar de que en sesiones informativas extraoficiales y reuniones confidenciales reconocieron que Estados Unidos estaba perdiendo la guerra. Quizás el pueblo estadounidense exigirá rendición de cuentas por las miles de vidas y los billones de dólares gastados, solo para que los talibanes vuelvan a tener el control, más poderosos de lo que eran hace 20 años.
O tal vez no les importe, y seguirán adelante en Estados Unidos, un país que seguirá siendo profundamente moldeado, política, económica y personalmente, por la guerra, aunque eso no sea evidente a simple vista.
En cuanto a los que se quedaron en Afganistán, un país de 38 millones menos los miles que han huido o muerto en las últimas semanas, todo lo que pueden hacer es mirar hacia adelante, preguntarse a sí mismos y a todos los que quieran escuchar: ¿Qué viene ahora?
Publicado en New York Times
Thomas Gibbons-Neff es corresponsal en la oficina de Kabul y fue un soldado de la infantería de marina. @tmgneff
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Agencias
EE.UU. e Irán y las negociaciones de paz
Published
2 days agoon
April 14, 2026By
FranciscoFLORIDA NEWS | CONFLICTO EE.UU. – IRÁN.
Tanto Estados Unidos como Irán aseguran haber ganado la guerra.

Estados Unidos e Irán se han marchado de Pakistán sin haber llegado a un acuerdo que logre poner fin a la guerra que se inició el pasado 28 de febrero con el ataque de Israel y EE.UU. a la República Islámica, y al que Teherán respondió extendiendo el conflicto a la región.
Pero la puerta no se ha cerrado definitivamente. De hecho, Washington y Teherán han logrado sentarse cara a cara durante 21 horas, un logro bastante significativo, y el encuentro entre el vicepresidente de EE.UU., JD Vance, y el presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, ha sido el de más alto nivel entre ambas naciones desde la Revolución islámica de 1979.
No hay que olvidar que el último acuerdo entre ambos países hace ahora más de una década solo se alcanzó después de 18 meses de idas y venidas.
En esas 21 horas se han tratado “temas sustantivos”, dijo Vance en la breve rueda de prensa que concedió al alba de este domingo y justo antes de volver a Washington. Sin embargo, continuó, Teherán se mostró reacio a aceptar las “líneas rojas” de EE.UU., y afirmó que se marchaban habiendo dejado “una última oferta”.
Ghalibaf, por su parte, señaló que la delegación iraní “planteó iniciativas con visión de futuro, pero la parte contraria no logró, en última instancia, ganarse la confianza de la delegación iraní en esta ronda de negociaciones”.
Desconfianza mutua
La desconfianza entre las partes es patente, pero las declaraciones tanto de Vance como de Ghalibaf ponen de manifiesto que el diálogo no está completamente roto.
En realidad, las conversaciones indirectas entre estadounidenses e iraníes continuaron a través de Pakistán después de que los altos representantes abandonaran Islamabad, según publican las principales agencias de europa.
Esto no ha sido confirmado oficialmente ni por Estados Unidos ni por Irán y, al igual que en años anteriores, siempre ha sido difícil comprender la naturaleza de cualquier debate entre intermediarios, señaló.
“Pero podría sugerir que la puerta a la mediación y a las conversaciones extraoficiales no está del todo cerrada”, sugiere Moshiti. Irán, de hecho, nunca esperó llegar a un acuerdo en una sola sesión, como confirmó un portavoz del ministerio de Asuntos Exteriores de Irán.
A la desconfianza mutua y la complejidad intrínseca de las conversaciones también se suma la dificultad de “separar los hechos de la narrativa que cada parte está difundiendo para su público nacional”, sugiere la corresponsal.
Lo que se desconoce por el momento, señala el corresponsal de asuntos globales de la BBC, Sebastian Usher, es “si se han sentado las bases para continuar las negociaciones durante el tiempo que queda de la tregua de dos semanas, y hasta qué punto cada parte estaría dispuesta a hacer concesiones para alcanzar un acuerdo que siga respondiendo a los intereses de ambas, así como a los del resto del mundo”.
Las claves: Ormuz y la cuestión nuclear
Varias cuestiones clave están en liza.
Según Estados Unidos, Irán no ha accedido a plegarse en una de las condiciones que ellos consideran clave: el programa nuclear. El propio Donald Trump publicó este domingo en su red social Truth Social que “la reunión fue bien, se llegó a un acuerdo sobre la mayoría de los puntos, pero no sobre el único que realmente importaba: la cuestión nuclear”.
No sabemos, por el momento, qué se puso sobre la mesa de negociación en lo que respecta a las capacidades nucleares de Irán. Pero el plan de 15 puntos de Trump que se filtró en las últimas semanas incluía varias exigencias clave: que Irán desmantelara todas sus principales instalaciones nucleares, pusiera fin al enriquecimiento de uranio en territorio iraní, trasladara sus reservas de uranio enriquecido fuera del país y aceptara inspecciones internacionales exhaustivas.
“En muchos sentidos”, prosiguió Trump, “los puntos acordados son mejores que continuar nuestras operaciones militares hasta el final, pero ninguno de esos puntos importa en comparación con permitir que la energía nuclear esté en manos de personas tan volátiles, difíciles e impredecibles”.
Estas palabras del presidente estadounidense hacen pensar que Washington podría contentarse con lo negociado hasta ahora si se llega también a un acuerdo sobre la cuestión nuclear.
Otro de los puntos clave ha sido, sin duda, la reapertura del estrecho de Ormuz.
Irán bloqueó este paso marítimo clave, por donde pasa el 20% del petróleo y gas natural licuado del mundo, desde el comienzo de la guerra, y lo ha convertido en una eficacísima herramienta contra el enemigo.
Irán ha manifestado su intención de imponer nuevas normas para el tráfico que transita por el estrecho. Algunos medios de comunicación sugieren que el plan de Teherán incluye el derecho a cobrar tarifas de tránsito de hasta US$2 millones por buque, cuyos ingresos se repartirían entre Irán y Omán, los dos países ribereños del estrecho de Ormuz.
Para los estados del golfo Pérsico que transportan sus valiosos hidrocarburos a través del estrecho, esto es inaceptable.
Reabrirlo se ha convertido en el gran objetivo de Trump.
“Irán prometió abrir el estrecho de Ormuz y, a sabiendas, no lo hizo. Esto causó ansiedad, trastornos y sufrimiento a muchas personas y países de todo el mundo”, escribió el presidente en Truth Social. “Tal y como prometieron, ¡más les vale iniciar el proceso para abrir esta vía navegable internacional, y rápidamente!”.
Indicios positivos
¿Se descarta, pues, una escalada por parte de Washington, al menos por ahora, ahora que Trump ha adoptado un enfoque más paciente y estratégico?
Sí, afirman algunos expertos, quienes sugieren que Irán sigue teniendo influencia sobre Estados Unidos, sobre todo debido a la prolongada interrupción del comercio mundial, la supervivencia de los dirigentes iraníes y sus aliados, y la existencia de sus reservas de uranio enriquecido.
Una agencia de noticias, Tasnim, citó a una fuente que afirmó que “Irán no tiene prisa por negociar”. La fuente añadió que “la pelota está en el tejado de Estados Unidos”.
“La gran lección aquí es que la fuerza bruta no ha empujado a los iraníes a una posición en la que sientan que deben hacer concesiones”, señala la corresponsal para Asia meridional de la BBC, Azadeh Moshiti.
Nicholas Hopton, exembajador del Reino Unido en Irán, cree que se pueden extraer algunos indicios positivos de lo ocurrido en Islamabad. “Parece que ambas partes han abordado el asunto de forma constructiva”, afirmó Hopton a la BBC. “Han mantenido conversaciones durante un periodo de tiempo notablemente largo. Y la forma en que se llevaron a cabo las conversaciones permitió tanto debates técnicos detallados como declaraciones de carácter más general”.
A pesar de las exigencias “maximalistas” planteadas por ambas partes en Islamabad y de que la brecha entre ellas sigue siendo amplia, ambas partes parecen esperar que se celebren nuevas conversaciones, sugirió el exembajador.
“Este acuerdo —si es que finalmente se llega a alcanzar uno— probablemente incluirá nuevos elementos y será aún más complejo que el acuerdo de 2015”, afirmó, en referencia al acuerdo alcanzado con Irán por el expresidente estadounidense Barack Obama.
Trump se enfrenta a una difícil disyuntiva: intensificar el conflicto o negociar
El vicepresidente de EE. UU. lo calificó como una buena y una mala noticia. La buena noticia es que mantuvieron conversaciones sustanciales con los iraníes. La mala noticia es que no han llegado a un acuerdo.
Lo calificó como una mala noticia para Irán.
La duración de esta única sesión de negociación fue significativa y sorprendente.
Pero no es de extrañar que no se haya llegado a un acuerdo. Los estadounidenses llegaron a Pakistán con la idea de que Irán había sufrido tanto en esta guerra que era posible llegar a compromisos rápidos.
“No han decidido aceptar nuestras condiciones”, anunció Vance.
Pero Irán también tiene sus propias líneas rojas. Acudió a estas negociaciones creyendo que tenía una posición de fuerza. A pesar del grave daño sufrido en su capacidad militar, sigue siendo capaz y está dispuesto a seguir luchando.
Y sigue teniendo una influencia significativa, especialmente por su control sobre el estratégico estrecho de Ormuz.
La última vez que Teherán y Washington alcanzaron un acuerdo nuclear, hace una década, se necesitaron 18 meses de avances y retrocesos.
Trump se enfrenta ahora a una difícil elección: escalar el conflicto o negociar.
Información de BBC y agencias .
EP FLORIDA NEWS | DEPORTES
Por : Gustavo Lugo | Colombia

Ibagué y la Billie Jean King Cup, en el Complejo de raquetas fue el lugar del encuentro internacional de tenis en donde la capital musical de Colombia recibió las delegaciones de ocho países en el Complejo Internacional de Raquetas del Parque Deportivo confirmando una vez mas que Ibagué está capacitada para realizar eventos internacionales de esta clase.
Ibagureños y turistas, disfrutaron de cuatro dias de tenis a nivel internacional, cumpliendo con todos los protocolos y requerimientos de las federaciones internacionales, Ibagué se consolida como ciudad capaz de realizar eventos de categoria internacionales.
En cuanto al certamen , Argentina y Brasil lograron su clasificación a los Play-Offs, por otro lado, México, Ecuador, Chile y Perú aseguraron su permanencia en el Grupo I de las Américas, en una competencia exigente y de alto nivel tenístico.
La Selección Colombia, no tuvo suerte. integrada por Emiliana Arango, Valentina Mediorreal, María Camila Torres y María Paulina Pérez, bajo la capitanía de Alejandro González, descendió al Grupo II de las Américas.
A fecha de abril de 2026, la tenista colombiana Emiliana Arango se encuentra en el puesto 86 del ranking WTA de sencillos. Ha tenido un comienzo de temporada 2026 activo, participando en torneos como la Copa Colsanitas en Bogotá y Indian Wells, buscando consolidarse en el top 100 mundial tras una destacada temporada 2025.
Hay que recordar que para los fans del deporte blanco, como se le llama, el ingreso a los partidos fue completamente gratis.
El trabajo en equipo, desde la Alcaldesa, la logística, y todo el engranaje que se requiere para desarrollar un evento de esta manitud, dejo una huella inborrable, escribiendo una pagina mas en el tenis internacional.
Agencias
El lenguaje de la guerra de EE.UU. e Israel
Published
7 days agoon
April 9, 2026By
FranciscoEP FLORIDA NEWS | OPINIÓN POLÍTICA
EE. UU.-Israel solamente pueden entender el lenguaje de la guerra
Por: Níkolas Stolpkin

El optimismo que se ha generado por la tregua de dos semanas entre Irán y Estados Unidos -Pakistán como país intermediario-, hay que verlo con mucha cautela y prudencia, porque del inicial optimismo se podría pasar rápidamente al más completo pesimismo.
Las buenas intenciones suelen ser muy embriagadoras, pero la realidad en el terreno suele quitar dicha embriaguez.
Principal obstáculo para la paz: Israel
Seamos objetivos, tanto Israel como EE. UU. en el fondo de todo este asunto nunca han deseado la paz en el Medio Oriente. Ejemplos están de sobra. ¿O acaso no nos ha convencido lo que ya ha pasado en Siria, Irak, Afganistán, Palestina, Líbano, etc.?
Pero, aunque EE. UU. quiera intentar llegar a un acuerdo con Irán, el principal obstáculo para la paz siempre será Israel. Por lo que EE. UU. deberá hacer algo por lo que todos desconfían de que se pueda hacer: controlar a Israel.
(Nota del autor: A estas alturas del partido, ¿quién podría controlar a Israel?)
Tira y afloja: el juego favorito para mantener los mercados internacionales a flote.
Desde que se proclamó oficialmente el alto al fuego entre EE. UU. e Irán (el pasado martes 07 de abril), la parte israelí puede dar la impresión de que no querrá ser parte, ya que ha seguido con sus incursiones militares, incluso más intensas aún, tanto en el Líbano como en Irán. Y si prosigue, lamentablemente Hezbolá en el Líbano no se quedará de brazos cruzados, e Irán difícilmente dejará que Israel los siga agrediendo.
Por tanto, será difícil que se pueda concretar un alto el fuego total en Medio Oriente, a menos que las partes afectadas acepten las condiciones del país vencedor, quien es el que debería dar las pautas.
La resistencia en Irak ha acatado el alto al fuego desde el primer momento; Hezbolá está dispuesto a acatarlas siempre y cuando Israel lo acate; e Irán obviamente desea el alto al fuego con la condición de que se puedan respetar sus condiciones.
Pero en estos momentos claves se necesita seriedad para poder llegar a buen puerto, y no lo estamos observando. Tanto EE. UU. como Israel no parecieran tomarle peso al asunto.
Estados Unidos no puede jugar a las ambigüedades, e Israel no puede jugar al desentendido. Incluso podría dar la impresión de que Donald Trump estuviera jugando con los mercados, manteniendo el precio del petróleo en un cierto rango.
Las amenazas de Trump y los supuestos “acuerdos” o “negociaciones”, que van y vienen, ¿son parte de una estrategia para mantener los mercados internacionales a flote y no permitir que se hundan?
Actores partes de un Todo
Los actores principales de la guerra deberían estar de acuerdo en que EE. UU.-Israel son parte de un Todo, como lo puede ser en el presente las fuerzas de resistencia en el Líbano, Irak y Yemen que luchan coordinadamente junto a Irán. Si Israel se desmarca del Todo al que pertenece, entonces se volvería confuso el Todo, y así sería imposible de llegar a un consenso entre las partes que reconocen cada Todo.
Para que se logre avanzar a un acuerdo, las partes involucradas necesitan ponerse de acuerdo en las partes que conforman cada Todo.
Si la parte de un Todo no quiere ser parte de un acuerdo que involucre a su Todo, ¿el Todo podría quedar libre de represalias por parte de la contraparte, en caso de que una parte de cierto Todo quiera jugar de manera “independiente”, sin desprenderse de su Todo?
El silencio de los culpables
Los aliados de Israel (EE. UU.-Inglaterra-Unión Europea) deberían desde ya condenar enérgicamente los ataques de Israel al Líbano e Irán. No condenarlos significa avalar su posición a favor de la guerra.
Pedro Sánchez, presidente de España, pareciera ser el primero que ha condenado los intensos ataques criminales contra el Líbano por parte de Israel. Algo que bien podrían emular los demás líderes de la Unión Europea. Porque si se han negado a prestar sus territorios para que EE. UU. pueda atacar a Irán ¿por qué no condenar a Israel y aplicar sanciones? Claro, se les es más fácil para ellos condenar y sancionar a Rusia con respecto a Ucrania y terminar siendo más dependientes de EE. UU., ¿no?
Medios de comunicación
Algo a destacar es que los Grandes Medios de Comunicación Occidentales no están poniendo mucho énfasis en la violación del alto al fuego por parte de Israel. Más han puesto énfasis en los acuerdos que se pudieran llevar a cabo en Islamabad, Pakistán. ¿Cuál será el comportamiento de los Grandes Medios de Comunicación Occidentales si Hezbolá (en el Líbano) e Irán se puedan defender de los ataques de Israel? ¿Los titulares, pronto, serán “Irán y Hezbolá han violado el cese al fuego”, “Irán ha roto el acuerdo”?
Llega a ser increíble cómo los Grandes Medios de Comunicación Occidentales han terminado por naturalizar los crímenes de guerra de Israel y EE. UU. Crímenes de guerra que quedan en la más absoluta impunidad. Más de 250 muertos y más de mil heridos en la última incursión de Israel en el Líbano y los Grandes Medios Occidentales ni siquiera se inmutan. Otra cosa muy distinta sería si esos muertos y heridos hubiesen sido provocados por Rusia en algún país europeo como en Alemania; los Grandes Medios Occidentales tendrían semanas o meses hablando del tema. Pero como hoy es Líbano… ¿A quién le importa?
Hoy es el Líbano, pero todos fuimos testigos de toda la tragedia que vivió Gaza con los palestinos y no se pudo hacer nada. ¡¡¡Nada!!! ¿Cómo quieren que el mundo sienta alguna empatía por los israelíes cuando caen misiles iraníes en territorios ocupados?
Y mañana los Grandes Medios de Comunicación Occidentales tendrán que naturalizar la injusticia, si EE. UU. decidiera apoderarse de Groenlandia. Trump nuevamente ha advertido a sus “aliados” de la OTAN sobre ese “enorme trozo de hielo tan mal gestionado”.
Lenguaje de la guerra
Si los actores afectados no desean entender el significado del alto al fuego como la mejor vía para aceptar su derrota en el terreno, entonces lo más probable es que las fuerzas de Irán y la resistencia en el Líbano, Irak y Yemen querrán hacerle entender su derrota por medio del lenguaje de la guerra, único lenguaje que podrían entender.
Irán junto a sus aliados tienen como uno de sus principales objetivos expulsar la presencia militar de EE. UU. en la región, por lo que podrían atacar todos los intereses norteamericanos en Medio Oriente de una forma tal que ni siquiera puedan alcanzar a pedir clemencia.
Fuera del tablero EE. UU., Israel quedaría “desamparado” y podría terminar pagando por todos sus crímenes. ¿Se avizora un nuevo Nuremberg?
EE. UU. desea salir de Medio Oriente por las malas, ya que no pudieron convencerlo por las buenas.
Pero esta vez quizá Irán haya captado el juego del “tira y afloja” de Trump para mantener cierto nivel de los mercados a flote, por lo que esta vez Irán podría apostar en zambullir los mercados hasta las profundidades más desconocidas, cerrando el estrecho de Bab el-Mandeb y quién sabe si después se les ocurra cortar los cables submarinos de internet que pasan por el estrecho de Ormuz y el Mar Rojo (el grueso de todos los cables). ¿De qué manera se habrían de reparar los daños si estos se pudieran encontrar en zonas donde existieran operaciones militares activas? ¿Europa, África, Asia están preparados para tal escenario?
https://stolpkin.net/
Níkolas Stolpkin
Análisis internacional – Geopolítica
NOTA : La opinión y el análisis de los contenidos políticos son responsabilidad de los autores.
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