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La verdadera historia sobre Panamá , el sistema financiero y “el paraiso fiscal”

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 En un continente de estados intervencionistas, sus gobiernos han buscado interferir lo mínimo necesario con los negocios. En una región proverbialmente ensimismada, cerrada por largo tiempo al impacto de las corrientes financieras y comerciales internacionales, Panamá es portuaria, cosmopolita, y en épocas recientes, bastante próspera. En 2015 fue el país latinoamericano cuyo PIB más creció, a tasas cercanas al 6% anual. Desde su independencia de Colombia en 1903, Panamá ha tenido al dólar como su moneda y la globalización como su estrategia preferida.

 El estandarte económico nacional es, por supuesto, el Canal de Panamá. Pero a la par con esa vía interoceánica, Panamá construyó un centro financiero internacional que hoy está en la noticia por cuenta de los Panamá Papers, el escándalo que reveló los mecanismos usados por muchos poderosos para esconder riquezas. Panamá se ha especializado, entre otras cosas, en proveer servicios financieros “offshore”, extraterritoriales, a clientes que no residen habitualmente en el país. Lo que genera muchas suspicacias entre sus críticos, quienes aseguran que los centros “offshore” se convierten en un vehículo para la evasión de impuestos para una élite extranjera.

 “Los países que son calificados de paraísos fiscales son los que tienen regulaciones que permitan a personas abrir cuentas o establecer empresas sin revelar cierta información y usando estructuras que no son accesibles a los gobiernos de origen de dichas empresas”, asegura a BBC Mundo Allison Christians, experta en derecho tributario de la Universidad de McGill en Canadá.

 La sistema bancario se defiende

 Los defensores de la industria financiera panameña y de otros centros “offshore” recuerdan, sin embargo, que hay razones perfectamente legítimas para mantener cuentas extraterritoriales, como la cobertura de riesgos políticos, de divisas y de otra índole. Y es en todo caso un mecanismo usado extensamente en muchas partes. “Todos los países tienen hasta cierto punto medidas que permiten actuar como un paraíso fiscal para inversionistas y negocios de otros países. Este es un asunto global”, advierte Christians.

 Panamá objeta con vehemencia el calificativo de “paraíso fiscal”. En 2014 mantuvo una controversia con Colombia cuando las autoridades fiscales en Bogotá acusaron a sus vecinos de ser precisamente eso. Señalamiento que Colombia retiró meses después ante la presión diplomática panameña.

Y por supuesto, este lunes, voces panameñas han rechazado con furia las acusaciones que se elevan contra Panamá por el escándalo actual.

 Ramón Fonseca, cofundador de la firma Mossack Fonseca, de donde se filtró la información que desató el escándalo, calificó a esa filtración como un “ataque contra Panamá”. El presidente de Panamá Juan Carlos Varela, por su parte, advirtió en un comunicado que el país tendría “cero tolerancia ante cualquier aspecto de su sistema legal o financiero que no se maneje con altos niveles de transparencia”, según reportaron medios locales. Pero no es la primera vez que el sector financiero panameño ha enfrentado cuestionamientos de esta índole.

 Siendo Panamá un país de servicios, ha desarrollado un fuerte centro bancario, desde los años 70, sacándole provecho a su estratégica posición geográfica.
 Sistema financiero de los años 70s

 Al igual que otros grandes nodos del comercio mundial como Hong Kong y Singapur, Panamá desarrolló un sistema financiero orientado a las transacciones internacionales, que crecía junto con su estatus como gran puerto, impulsado por el Canal de Panamá. En la década de 1960 el canal mismo estaba en manos de Estados Unidos, pero las autoridades panameñas empezaron a promover medidas para atraer a bancos y capitales internacionales. Un primer decreto en 1970 creó formalmente el centro financiero internacional. A los pocos años, docenas de bancos internacionales ya se habían instalado en la ciudad de Panamá. Los atraía, al igual que ahora, el hecho de tener cerca el negocio comercial del canal y también el dólar como moneda, lo que prometía estabilidad. Así como gobiernos que prometían una regulación favorable a los negocios.

 Para 1982 ya había más de 100 bancos internacionales en la Ciudad de Panamá.

Pero la década que siguió fue difícil para el papel de Panamá como centro financiero “offshore”. En ese año la crisis financiera global golpeó de manera especial a América Latina. El sistema financiero mundial tambaleó por efecto de la deuda de países como México o Argentina. Y muchas voces en la comunidad internacional empezaron a cuestionar, a lo largo de la década, el influjo de narcodineros en la economía panameña.

 Para 1988, Washington, ya involucrado en una disputa creciente con el entonces gobernante de la nación centroamericana, Manuel Antonio Noriega, había congelado fondos panameños en Estados Unidos.

En diciembre de 1989 los infantes de marina estadounidenses invadieron Panamá. El sueño del país de convertirse en un imán de las altas finanzas podría haber terminado ahí.

 Pero en la siguiente década, Panamá reconstruyó su centro financiero internacional.

Se crearon nuevas entidades regulatorias, volvieron los bancos y Panamá gradualmente ha buscado quitarse el estigma de ser un “paraíso fiscal”. En 2011, luego de firmar acuerdos para compartir información tributaria con Estados Unidos y otros países, Panamá fue removido de la llamada “lista gris” compilada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) para señalar a naciones que no ofrecen suficiente transparencia en ese sentido.

 Para 2015 había más de 90 bancos aportando cerca del 7,5% del PIB panameño, lo que constituía el sexto rubro más importante en la economía del país.

 Había toda una infrastructura legal y administrativa para atender a la banca extraterritorial, entre la cual está la firma Mossack Fonseca. “Hasta donde se, Panamá no es ni mas ni menos propensa a negocios turbios que otros centros financieros offshore”, asegura a BBC Mundo Allison Christians de la Universidad de McGill. Lo que puede resultar de escaso consuelo a Panamá, un país que por cuenta de este mayúsculo escándalo está siendo asociado a acusaciones de ayudar a eludir de impuestos a escala global.

 Panamá Papers – Los paraísos fiscales de los ricos y famosos al descubierto:

 11 millones de documentos que estaban en manos de la firma legal panameña Mossack Fonseca fueron entregados al diario alemán Sueddeutsche Zeitung, el que los compartió con el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación. El programa Panorama de la BBC es uno de los 107 medios de comunicación en 78 países que han estado analizando los documentos. La BBC no conoce la identidad de la fuente.

Los documentos muestran cómo la compañía ha ayudado a clientes a lavar dinero, eludir sanciones y evadir impuestos. Mossack Fonseca dice que ha operado sin reproches por 40 años y nunca ha sido acusado o imputado por actos criminales.

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Agencias

Talibanes celebran salida estadounidense de Afganistan y toman control de Kabul

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EP Newyork/Afganistan

Durante la evacuación, las fuerzas estadounidenses ayudaron a trasladar a unos 120.000 ciudadanos estadounidenses, afganos y de otros países, según la Casa Blanca

El Talibán proclama su victoria en Kabul y promete seguridad
KABUL — El Talibán hizo un recorrido triunfal el martes por el aeropuerto internacional de Kabul, horas después de la retirada de tropas que puso fin a la guerra más larga de Estados Unidos. De pie en la pista, líderes del grupo prometieron asegurar el país, reabrir el aeropuerto y dar una amnistía a sus antiguos rivales.

En una demostración de control, líderes talibanes caminaron por la pista escoltados por miembros de la unidad de élite Badri. Los comandos posaron con orgullo para la prensa vestidos con uniformes de camuflaje.

Poner el aeropuerto de nuevo en funcionamiento es uno de los considerables desafíos que afronta el Talibán para gobernar un país de 38 millones de habitantes que durante dos décadas sobrevivió con miles de millones de dólares en ayuda extranjera.

“Afganistán es libre por fin”, dijo a The Associated Press en la pista del aeropuerto Hekmatula Wasiq, un líder talibán. “El lado militar y el civil (del aeropuerto) están con nosotros y bajo control. Esperamos anunciar nuestro gobierno. Todo es pacífico. Todo es seguro”.

Wasiq instó a la gente a regresar al trabajo y reiteró la promesa talibán de ofrecer una amnistía general. “El pueblo debe ser paciente”, dijo. “Poco a poco devolveremos todo a la normalidad. Llevará tiempo”.

Un miembro destacado de la oficina política del Talibán felicitó a los afganos por su “gran victoria” al lograr la “plena independencia del país” con la salida de las fuerzas estadounidenses.

Shahabuddin Delawar habló ante un centenar de personas, aparentemente todos hombres, en un evento en Kabul transmitido por la televisión estatal. Delawar fustigó al enemigo —las fuerzas de Estados Unidos y la OTAN— y acusó a Occidente de difundir propaganda para socavar al Talibán.

“Pronto se verá el progreso” de la nación. La imagen en la TV estatal aparecía con el subtítulo “Celebración del Día de la Independencia y el fin de la invasión estadounidense de Afganistán”.

Apenas unas horas antes, el Ejército estadounidense completó su mayor evacuación aérea de personas no combatientes en la historia.

El martes por la mañana aún quedaban signos del caos registrado en los últimos días. En la terminal se veían maletas y ropas tiradas entre montones de documentos. Había alambres de cuchillas para separar zonas y autos volcados y vehículos estacionados bloqueaban rutas en torno al aeropuerto civil, un indicio de las medidas tomadas para proteger contra posibles ataques suicidas con vehículos.

Varios vehículos con combatientes talibanes recorrían la única pista del Aeropuerto Internacional Hamid Karzai, en la zona militar al norte del aeropuerto. Antes del amanecer, combatientes fuertemente armados caminaban por los hangares de la zona militar entre algunos de los siete helicópteros CH-46 que utilizó el Departamento de Estado en sus evacuaciones antes de inutilizarlos.

El vocero del grupo, Zabihula Muyahid, se dirigió a los miembros presentes de la unidad Badri. “Confío en que sean muy prudentes al tratar con el país”, dijo. “Nuestro país ha sufrido guerra e invasión y el pueblo no tiene más tolerancia”.

Tras su intervención, los combatientes exclamaron: “¡Dios es el más grande!”.

En otra entrevista con la televisora estatal afgana, Muyahid habló sobre reanudar la actividad en el aeropuerto, que sigue siendo una vía crucial para los que quieren salir del país.

“Nuestro equipo técnico comprobará las necesidades técnicas y logísticas del aeropuerto”, dijo. “Si podemos arreglarlo todo por nuestra cuenta, no necesitaremos ayuda. Si hace falta ayuda técnica o logística para reparar la destrucción, entonces pediremos ayuda a Qatar o Turquía”.

El vocero no entró en detalles sobre qué estaba destruido.

El general de la Infantería de Marina Frank McKenzie, responsable del Comando Central del Ejército de Estados Unidos, había dicho antes que las tropas habían “desmilitarizado” el sistema para que no pudiera volver a utilizarse. Las autoridades dijeron que las tropas no habían volado equipamiento para asegurar que el aeropuerto podía utilizarse para operar vuelos en el futuro. Además, McKenzie señaló que las tropas estadounidenses habían inutilizado 27 camionetas Humvee y 73 aeronaves.

En el aeropuerto se produjeron escenas dramáticas después de que los Talibanes conquistaran Afganistán en una ofensiva relámpago y tomaran Kabul el 15 de agosto. Miles de afganos rodearon el aeropuerto, y algunos murieron tras aferrarse con desesperación al lateral de un avión de transporte C-17 del Ejército estadounidense que despegaba. La semana pasada murieron al menos 169 afganos y 13 militares de Estados Unidos en un ataque suicida del grupo extremista Estado Islámico en una puerta del aeropuerto.

Durante la evacuación, las fuerzas estadounidenses ayudaron a trasladar a unos 120.000 ciudadanos estadounidenses, afganos y de otros países, según la Casa Blanca. Las fuerzas de la coalición también evacuaron a sus ciudadanos y a más afganos. Pero pese a todos los que salieron, Estados Unidos y otros países admitieron que no habían evacuado a todos los que querían marcharse.

Pero el martes, tras una noche en la que combatientes talibanes dispararon al aire en señal de triunfo, nuevos guardias mantenían alejados a los curiosos y a los que de algún modo aún aspiraban a tomar un vuelo para marcharse.

“Después de 20 años hemos derrotado a los estadounidenses”, dijo Mohammad Islam, un guardia talibán en el aeropuerto, procedente de la provincia de Logar y que sostenía un rifle Kalashnikov. “Se han marchado y ahora nuestro país es libre”.

“Está claro lo que queremos”, añadió. “Queremos sharía (ley islámica), paz y estabilidad”.

Zalmay Khalilzad, el representante especial de Estados Unidos en Afganistán que supervisó las conversaciones de Estados Unidos con el Talibán, escribió en Twitter que “los afganos afrontan un momento de decisión y oportunidad” tras la retirada.

“El futuro del país está en sus manos. Elegirán su camino con plena soberanía”, escribió. “Esta es la oportunidad de poner fin a su guerra también”.

Pero el Talibán afronta lo que podría ser una sucesión de grandes crisis mientras toma el control del país. La mayoría de los miles de millones de dólares que tiene Afganistán en divisas extranjeras están ahora congelados en Estados Unidos, lo que presiona a una moneda local en franca caída. Los bancos han impuesto controles a la retirada de dinero por temor a una fuga de depósitos en el clima de incertidumbre. Funcionarios de todo el país dicen que llevan meses sin recibir sus salarios.

El equipo médico sigue escaseando y miles de personas que huyeron del avance talibán viven en condiciones penosas. Además, una fuerte sequía ha reducido la producción de alimentos en el país y hecho aún más importantes las importaciones, al tiempo que aumenta el riesgo de hambruna.

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Akhgar informó desde Estambul. El periodista de Associated Press Jon Gambrell en Dubái, Emiratos Árabes Unidos, contribuyó a este despacho.

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Agencias

Así fue la espectacular toma de los talibanes en Afganistan

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EP New York/agencias

La ofensiva talibán en Afganistán en 7 días

Cuando comenzó la semana pasada, muchos se aferraban a la esperanza de que se pudiese contener al Talibán, aunque había tomado rutas comerciales clave, cruces fronterizos y territorios en zonas remotas. Pero en solo una semana, los insurgentes ganaron una ciudad tras otra, derrocaron al gobierno y conquistaron el gran trofeo: Kabul.

En sus calles, los anuncios con mujeres vestidas con ropa occidental fueron cubiertos con pintura blanca, mientras que los hombres que llevaban jeans con camiseta corrieron a cambiarlos por túnicas tradicionales. En la embajada de Estados Unidos, el personal se apuraba para destruir documentos mientras los helicópteros sacaban a los diplomáticos del complejo.

Los dedos que en su día estuvieron manchados de tinta morada — recuerdos de las elecciones, buque insignia de una democracia — apretaban ahora los boletos para marcharse y pulsaban frenéticamente las teclas de los cajeros para retirar los ahorros de toda una vida.

Todo en siete días.

“Lo único en lo que está pensando la gente es en cómo sobrevivir aquí o en cómo escapar”, dijo Aisha Khurram, una mujer de 22 años que el domingo se dirigía a una clase en la Universidad de Kabul antes de que la obligaran a dar la vuelta, sin saber si podrá regresar algún día o si las mujeres volverán a tener vetada la educación. “Lo único que tenemos es a nuestro Dios”.

Incluso para un país marcado por la guerra durante generaciones, la última ha sido una semana impactante.

LUNES

La semana arranca con la noticia de que los insurgentes tomaron las ciudades de Aybak y Sar-e Pul, en el norte.

En algunos distritos, las fuerzas progubernamentales se rinden sin presentar batalla. En otros, donde se suceden los combates, los desesperados residentes se marchan de sus casas y recorren cientos de kilómetros en un éxodo a pie.

“Caminamos con las pantuflas, no tuvimos tiempo de ponernos los zapatos”, dijo Bibi Ruqia, quien huyó de la región norteña de Takhar a Kabul después de que una bomba alcanzó su casa. “Tuvimos que escapar”.

La caída de Aybak y Sar-e Pul agrada a los combatientes talibanes. Más tarde aparecen en un video disfrutando de su victoria en el exterior de uno de los edificios gubernamentales que ahora controlan.

Pero los soldados estadounidenses y las tropas afganas que pasaron años entrenando tenían razones para mantener el ánimo: las ciudades eran apenas la cuarta y la quinta capital de provincia que caían en manos insurgentes. Quedaban 29 más.

MARTES

En la resplandeciente capital de Qatar, Doha, el enviado de Estados Unidos, Zalmay Khalilzad, llega con una advertencia para los talibanes: cualquier avance logrado por la fuerza recibirá la condena internacional y les garantizará un estatus de parias globales.

La efectividad de la diplomacia se ve reducida por la ofensiva insurgente, que avanza sobre la ciudad occidental de Farah. Son vistos delante de la oficina del gobernador provincial.

A medida que se acerca el plazo autoimpuesto por Estados Unidos para sacar a sis tropas del país, el 31 de agosto, los talibanes ganan terreno de forma constante mientras cientos de miles de personas quedan desplazadas. Los parques de Kabul se llenan de gente sin hogar mientras Naciones Unidas publica conteos de víctimas y heridos civiles que saben que no harán más que aumentar.

“Las cifras reales (…) serán mucho más altas”, dijo la alta comisionada de la ONU para los derechos humanos, Michelle Bachelet.

MIÉRCOLES

Caen tres capitales de provincia más — Badakhshan, Baghlan y Farah — y el Talibán controla ya más de dos tercios del país. Con esas regiones perdidas, el presidente, Ashraf Ghani, viaja a Balkh, una región ya rodeada por territorios controlados por los insurgentes, para obtener la ayuda de señores de la guerra vinculados a denuncias de atrocidades y corrupción. Pero está desesperado por hacer retroceder a los talibanes.

En la Casa Blanca, su homólogo estadounidense, Joe Biden, firma un plan para organizar la evacuación masiva de los afganos que quieren salir de su país luego de que un nuevo análisis de inteligencia dejó claro que el gobierno y el ejército afganos no quieren o no pueden presentar una resistencia significativa. Las fuerzas especiales afganas, que deben asumir gran parte de la carga de los múltiples frentes, están cada vez más limitadas.

A medida que la ofensiva talibán se expande, aparecen en cada vez más partes del país con rifles M-16 y a bordo de Humvees y camionetas Ford, equipos pagados por los contribuyentes estadounidenses.

JUEVES

Cualquier esperanza de que los éxitos talibanes se limiten a las zonas remotas se desvanece con la conquista de la segunda y tercera ciudades más grandes del país.

Con Kandahar y Herat, son ya una docena de capitales provinciales las que están bajo dominio insurgente. Y con la seguridad deteriorándose rápidamente, Estados Unidos cambia de rumbo y anuncia que enviará a 3.000 soldados para ayudar a evacuar su embajada.

Zahra, una mujer de 26 años residente en Herat, iba a cenar con su madre y sus tres hermanas cuando vio a gente corriendo y escuchó disparos. “¡Los talibanes están aquí!”, gritaba la gente.

Pasó la mayor parte de su vida en un Afganistán donde las niñas recibían educación y las mujeres podían soñar con tener una carrera, y en los cinco últimos años ha trabajado con ONGs a favor de la igualdad de género. Ahora, oculta su apellido para evitar represalias y se encierra en casa con su familia.

“¿Cómo puede ser posible para mí, como mujer que ha trabajado tan duro y ha tratado de aprender y avanzar, tener que esconderme ahora y quedarme en casa?”, preguntó.

Los talibanes logran finalmente entrar a Herat tras dos semanas de ataques. Durante su avance, los testigos dicen que los insurgentes que en su día fueron detenidos y estaban en la prisión de la ciudad ahora se mueven libres por la calle.

VIERNES

A medida que los talibanes se afianzan en el país que aspiran volver a gobernar, los reportes de asesinatos por venganza empiezan a aflorar: un cómico. Un responsable de prensa de un gobierno. Otros.

Proliferan los indicios de una nueva era en Afganistán.

En Herat, dos supuestos saqueadores desfilan por las calles con los rostros pintados de negro en un recordatorio de la implacable versión de la ley islámica impuesta por el Talibán. En Kandahar, toman una estación de radio que llevaba canciones en pastún e indio a las casas de los oyentes, algo prohibido por los insurgentes. La música cesa abruptamente. Y la radio es rebautizada como “Voz de la sharia”.

Los talibanes completan su barrida en el sur del país con la conquista de otras cuatro capitales de provincia. Una de ellas es Helmand, donde estadounidenses, británicos y otras fuerzas aliadas de la OTAN libraron sangrientas batallas. Cientos de soldados extranjeros murieron allí durante la guerra. Ahora, muchas de sus familias se preguntan para qué.

SÁBADO

Ghani ofrece un discurso en televisión en el que promete no renunciar a los logros conseguidos en los 20 años desde la caída del Talibán. Pero el grupo sigue avanzando y sumando victorias.

En la frontera con Pakistán caen las provincias de Paktika y Kunar. En el norte, conquistan Faryab. En el centro capturan Daykundi. Y Mazar-e-Sharif — la cuarta mayor ciudad del país, un territorio fuertemente custodiado que las fuerzas gubernamentales habían prometido defender — está ahora en manos talibanes.

El desastre lleva a Biden a emitir una declaración que reitera en su decisión de completar la retirada iniciada por su predecesor, Donald Trump.

“Fui el cuarto presidente en presidir con la presencia de tropas estadounidenses en Afganistán — dos republicanos, dos demócratas”, dijo. “No pasaría, y no pasaré, esta guerra a un quinto”.

En el exterior del aeropuerto internacional de Kabul se forman largas filas. Los afganos que buscan huir empujan carros con alfombras, televisores y recuerdos en una espera de horas para acceder a la terminal.

En un día normal, afganos con trajes de negocios o vestimentas tradicionales se mezclarían con los tatuados contratistas militares y con cooperantes de todo el mundo. Ahora, las atemorizadas masas llenan el aeropuerto tratando de salir del país.

Farid Ahmad Younusi abandonó su empresa de contratación en Kandahar para poder marcharse. Todo lo que construyó, dice, ahora parece perdido y los insurgentes lo buscan.

“Los talibanes tienen todo por lo que trabajé durante los últimos 20 años”, añadió.

A la vista del aeropuerto, las montañas que rodean la capital se elevan en la distancia mientras los muros parecen cerrarse. A medida que avanza el día llegan noticias de nuevas conquistas talibanes.

Justo al sur de la capital, la provincia de Logar cae de su lado. En el norte, toman Mihterlam, aparentemente sin oposición. Se reporta la presencia de insurgentes en el distrito de Char Asyab, a solo 11 kilómetros (7 millas) de Kabul.

El destino de la ciudad parece casi sellado.

DOMINGO

El talibanes toman Jalalabad, la última gran ciudad además de la capital, y se suceden las victorias. Las capitales de las provincias de Maidan Wardak, Khost, Kapisa y Parwan, además del último paso fronterizo controlado por el gobierno caen en manos de los insurgentes, y las fuerzas afganas en la Base Aérea de Bagram, que alberga una prisión con 5.000 reos, se rinden.

Los insurgentes no tenían fuerzas aéreas y, hasta hace apenas unos días, no controlaban ninguna ciudad importante. Eran muchos menos que las fuerzas afganas, que estaban entrenadas por el ejército estadounidense, el mejor financiado y el más fuerte del planea. Y aún así, lo imposible es ahora una realidad: la capital, Kabul, y sus cinco millones de residentes son suyos.

Los helicópteros zumban. Hay humo. La bandera estadounidense se baja en la embajada.

Ghani, quien horas antes pidió a la población que no se rindiese, ha huido. Su abandonado palacio es ocupado por combatientes fuertemente armados y sus propios compatriotas maldicen su nombre.

“Nos ataron las manos a la espalda y vendieron el país”, dijo el ministro de Defensa, Bismillah Khan Mohammadi.

En Estados Unidos, el director de la CIA acorta un viaje al extranjero para regresar a Washington. Otros en el gobierno rechazan las comparaciones con la caída de Saigón, aunque muchos las consideran inevitables. Con los preparativos para conmemorar el 20 aniversario del 11-S — el ataque que llevó a Estados Unidos a la guerra — en marcha, el principal general estadounidense advierte sobre un aumento de las amenazas terroristas en el futuro.

Las temor por la rapidez con la que cayó Afganistán sacude a quienes están en el poder.

“Quiere creer que los billones de dólares y los 20 años de inversión suponen algo”·, dijo el senador Chris Murphy, aliado de Biden y miembro del Comité de Relaciones Exteriores del Senado.

Cae la noche con los talibanes repartidos por la capital. Los abandonados puestos de la policía son ocupados. Y en las calles casi vacías, los hombres ondean la bandera blanca y negra del grupo.

Su victoria es completa.

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Los periodistas de The Associated Press en Washington y Estambul contribuyeron a esta investigación.

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Agencias

Mientras talibanes avanzan en Afganistan , EE.UU. envía tropas para evacuar embajada

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EP New York/otros medios

KABUL, Afganistán — El Pentágono de Estados Unidos está trasladando a 3000 infantes de marina y soldados a Afganistán y otros 4000 soldados a la región para evacuar a la mayoría del personal de la embajada y a los ciudadanos estadounidenses en Kabul, mientras el gobierno de Joe Biden se prepara para un posible colapso del gobierno afgano en el próximo mes, según dijeron funcionarios gubernamentales y militares.

El grave deterioro de la situación en el país, a medida que los talibanes avanzan rápidamente por el norte y las fuerzas de seguridad afganas luchan por defender un territorio cada vez más reducido en el sur y el oeste, ha hecho que el gobierno de Biden acelere los planes para sacar a los estadounidenses.

El presidente Biden, después de reunirse con sus principales asesores de seguridad nacional el miércoles por la noche y el jueves por la mañana, también ordenó vuelos adicionales para los afganos que han trabajado con Estados Unidos, con el fin de que se puedan evaluar sus solicitudes de visas especiales de inmigrante.

La embajada envió la última de una serie de alertas alarmantes, instando a los estadounidenses a “salir de Afganistán de inmediato utilizando las opciones de vuelos comerciales disponibles”.

Y en Washington, el portavoz del Departamento de Estado, Ned Price, anunció lo que describió como una reducción de un número no especificado de civiles entre los aproximadamente 4000 empleados de la embajada —incluidos unos 1400 ciudadanos estadounidenses— que se iniciará de inmediato.

“Como hemos dicho todo el tiempo, el incremento de los enfrentamientos militares de los talibanes y el auge de la violencia y la inestabilidad en todo Afganistán es motivo de gran preocupación”, dijo. “Hemos estado evaluando la situación de seguridad todos los días para determinar la mejor manera de mantener a salvo a quienes trabajan en nuestra embajada”.

Pero, Price agregó: “Permítanme ser muy claro sobre esto: la embajada sigue abierta”.

Los negociadores estadounidenses también están tratando de obtener garantías de los talibanes de que no atacarán la Embajada de Estados Unidos en Kabul si asumen el control del gobierno del país y alguna vez quieren recibir ayuda extranjera, dijeron tres funcionarios estadounidenses.

La estimación de 30 días es un escenario, y el gobierno estadounidense y los oficiales militares insisten en que la caída de Kabul aún podría prevenirse si las fuerzas de seguridad afganas deciden oponer más resistencia. Pero aunque los comandos afganos siguen luchando en algunas áreas, en gran parte se han replegado en varias capitales provinciales del norte.

El jueves, los talibanes tomaron Ghazni, una ciudad estratégica a unos 144 kilómetros al sur de Kabul, con lo que se encuentran en una mejor posición para atacar la capital después de sus recientes victorias en el norte.

Al final del día, los talibanes también estaban a punto de tomar Kandahar, la segunda ciudad más grande del país, y Herat, en el oeste de Afganistán, cerca de la frontera con Irán. Kandahar es histórica y estratégicamente importante. Los talibanes, liderados por el mulá Mohamed Omar, comenzaron su insurgencia allí en la década de 1990.

Un alto funcionario del gobierno de Biden dijo en una entrevista que los talibanes pronto podrían tomar Mazar-i-Sharif, la capital de la provincia de Balkh y el motor económico del país, que ahora está efectivamente rodeado por los talibanes. La caída de Mazar-i-Sharif y Kandahar, dijo el funcionario, podría ocasionar la rendición del gobierno afgano en septiembre.

Otro alto funcionario estadounidense describió el estado de ánimo en la Casa Blanca como una combinación de alarma y resignación, ante el rápido ritmo de la ofensiva de los talibanes y el colapso de las fuerzas nacionales afganas, además del empeoramiento de la situación. Ha habido un flujo constante de llamadas por videoconferencia todos los días de esta semana, dijo el funcionario.

Los funcionarios estadounidenses admitieron que sobrestimaron la capacidad de las fuerzas nacionales afganas para mantener a raya a los talibanes durante al menos un año. El colapso, dijeron, fue casi instantáneo. Pero argumentaron que Biden evaluó con precisión el resultado final: que si los estadounidenses se quedaban, quedarían atrapados en el fuego cruzado de otra guerra civil afgana.

El secretario de prensa del Pentágono, John F. Kirby, dijo que dos batallones de infantería de marina y un batallón del ejército, unos 3000 soldados en total, se desplegarán en los próximos dos días en el Aeropuerto Internacional Hamid Karzai para ayudar a evacuar a los estadounidenses y al personal de la embajada. Las tropas provienen del Medio Oriente, el área de responsabilidad del Comando Central, dijo Kirby.

Según el Pentágono, un millar adicional de efectivos del ejército se dirigirá a Catar para ayudar a procesar las solicitudes de visa de los afganos que trabajaron con el ejército estadounidense durante la guerra y que podrían ser blanco de las fuerzas talibanes.

Y como plan de contingencia en caso de que cualquier evacuación de la embajada se convierta en una pelea con los talibanes, el Pentágono está trasladando un equipo completo de combate de brigada de infantería, unas 3500 tropas, desde Fort Bragg a Kuwait en la próxima semana, para que puedan desplegarse rápidamente si necesario.

Si esas tropas terminan en Afganistán, eso elevaría el número de fuerzas estadounidenses a unos 7000 efectivos, más del doble del número en el país cuando Biden anunció en abril que retiraría las tropas estadounidenses y pondría fin a la guerra más larga de Estados Unidos.

El despliegue busca “salvaguardar la evacuación ordenada del personal civil fuera de Afganistán”, dijo Kirby. “Nos vamos a enfocar en eso. No es una misión de combate”.

Un batallón de infantes de marina ya se encuentra en la embajada, y se encarga de evacuar al personal, según dijeron las autoridades.

“Creemos que esto es lo más prudente dado el rápido deterioro de la situación de seguridad”, dijo Kirby.

En el plan de la administración Biden para Afganistán, se suponía que nada de esto sucedería, al menos no tan rápido. Biden anunció en abril que las tropas estadounidenses se retirarían del país antes del 11 de septiembre; luego trasladó esa fecha al 31 de agosto, y la mayoría de las tropas se han ido. Insistió en que el gobierno y el ejército afganos, con el apoyo financiero de Estados Unidos, serían responsables de defender las áreas urbanas del país de la arremetida de los talibanes.

Pero desde el anuncio, los talibanes se han desplazado ciudad tras ciudad, a pesar de tener solo alrededor de 75.000 combatientes en comparación con los 300.000 soldados de las fuerzas de seguridad afganas entrenadas por Estados Unidos. Esa dicotomía ha causado frustración en el Pentágono y entre los funcionarios estadounidenses, que han dicho repetidamente que las tropas afganas, si estuvieran unidas, podrían derrotar a los talibanes.

“Tienen muchas ventajas en comparación con los talibanes”, dijo Kirby esta semana, refiriéndose a las fuerzas de seguridad nacional de Afganistán. “Los talibanes no tienen una fuerza aérea, los talibanes no poseen el espacio aéreo. Tienen muchas ventajas. Ahora tienen que aprovechar esas ventajas”.

Pero el gobierno del presidente Ashraf Ghani no ha logrado implementar ningún tipo de estrategia para defender las ciudades que quedan, o para retomarlas, a pesar de que afirmó que así lo haría. Las milicias progubernamentales, defendidas por funcionarios afganos y que recuerdan la sangrienta guerra civil de la década de 1990, siempre han sido incapaces de hacer retroceder a los talibanes.

El miércoles, Ghani remplazó al jefe del ejército del país y nombró a un nuevo comandante de las unidades de comando del ejército, en lo que se ha convertido en uno de sus movimientos más públicos para lidiar con la ofensiva de los talibanes, que ha tomado más de la mitad de los 400 distritos de Afganistán.

El secretario de Estado, Antony J. Blinken, y el secretario de Defensa, Lloyd J. Austin III, hablaron con Ghani el jueves para coordinar la planificación, dijo Price.

El ejército estadounidense todavía apoya, hasta cierto punto, a las fuerzas gubernamentales de Afganistán con ataques aéreos. Pero esas medidas se han limitado en gran medida a la parte sur del país, alrededor de Kandahar. Eso se debe a la logística: ahora que Estados Unidos se ha retirado de la base aérea de Bagram en el norte y se ha llevado sus aviones de combate y sus enormes sistemas de apoyo, es más difícil llegar al norte. Esos ataques podrían requerir reabastecimiento de combustible aéreo y tendrían otros obstáculos logísticos que dificultan su realización.

Zalmay Khalilzad, el principal enviado estadounidense en las conversaciones con los talibanes, lidera el esfuerzo diplomático para lograr que los talibanes garanticen que no atacarán la embajada. Dos funcionarios, bajo condición de anonimato para discutir estas negociaciones sensibles, confirmaron sus esfuerzos, que no han sido reportados previamente. Publicado en NYT.

 

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