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Otros Medios

Bienvenidos a la era de la mascarilla

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EP New York/ opinión—otros medios

Por: Martín Caparrós

Es difícil entender la ola global de pánico causada por el coronavirus. La enfermedad ha puesto al desnudo la fragilidad de un mundo interconectado e interdependiente. Si acaso hay alguna lección, es que la globalización nos hace a todos vulnerables: estamos más cerca del caos de lo que los poderosos pensaban.

Alguna vez recordaremos esos días en que el mundo se dividía en personas con mascarilla y sin mascarilla. Y nos reiremos y alguno dirá bueno, sí, pero no era lo mismo ponérselos para no contagiar que para no contagiarse, dos ideas tan distintas de la vida. Y otro se acordará de la sofisticación que habían alcanzado y las fortunas que hicieron sus fabricantes y la desesperación de los que no los conseguían y el increíble mercado negro de mascarillas y esas cosas. Y sonarán las carcajadas al revivir aquellas paranoias, cuando todo era amenaza y había que cuidarse de los besos, los pomos de las puertas, los apretones de manos, las manijas de los autobuses, las monedas y casi todo lo demás. Y entonces alguien, el pesado del grupo, se pondrá serio y preguntará si, pensándolo ahora, no lo ven increíble: “¿No es increíble que millones de personas de pronto tuvieran tanto miedo, que mostraran de repente ese egoísmo que siempre intentan ocultar, esta pulsión de protegerse, de desconfiar de todo, de temer todo lo exterior, de atribuirle propiedades tremebundas? La era de la mascarilla nos enseñó bastantes cosas”. Y Mirta o Antonio lo mirarán y le dirán hermano, eso seguro que lo traías escrito, ¿no?

Pero faltan unos años; ahora mismo el mundo está en modo desastre, incomprensible. La primera regla del columnismo apátrida dice que nunca digas que no entiendes. Y te explica que los lectores quieren que los ayudes a entender, no que les tires tu incomprensión por la cabeza. Pero yo no entiendo el coronavirus: denodadamente no lo entiendo.

Y ese tuit del actor español Eduardo Noriega terminó de hundirme en el pantano de la incomprensión. Decía que “si cada invierno nos informaran en tiempo real de los atendidos (490.000), hospitalizados (35.300), ingresados en UCI (2500) y fallecidos (6300) por gripe en España, viviríamos aterrorizados”. Las cifras me parecieron sorprendentes; busqué el informe del Centro de Nacional de Epidemiología del Ministerio de Sanidad español para la temporada 2018-19 y allí estaban, en la página 35, con toda claridad, los números citados. El año pasado se murieron de gripe en este Estado español 6300 personas. Con coronavirus, en este mes y medio, 36.

Seis mil trescientas muertes es un montón de muertos. Quizá los grandes medios, siempre quejosos, siempre atentos a estas cosas, descubran por fin su panacea: si empiezan a transmitir en directo cada nueva víctima de la gripe podrán —considerando que la temporada griposa dura menos de medio año— ofrecer unos 35 óbitos al día, un par por hora en las horas despiertas, un espectáculo incesante, un terror sin medida. Por ahora no lo entendieron y se limitan al coronavirus: treinta y tantos muertos en España, todos muy mayores.

En 1969, Adolfo Bioy Casares publicó una rara novela titulada Diario de la guerra del cerdo, donde grupos de jóvenes se dedicaban a matar viejos por las calles. Ahora el virus —que deberíamos llamar Bioy— hace lo propio: los muertos españoles, por ejemplo, tenían una media de edad de 85 años, mayor que la esperanza de vida del país, que está en 82,8. O sea: eran personas que, estadísticamente, ya habían vivido lo que deberían. Y casi todos lógicamente complicados, como esa señora de 99 años que tenía, dicen los diarios, algunas “patologías previas”.

Pero es fácil hablar de los medios. Si fueran los únicos promotores del pánico el mundo estaría un poco mejor. El problema es que todos, los gobiernos, los grandes grupos económicos, las industrias, los ciudadanos, se embarcaron en esta nave hacia ninguna parte. De pronto pareció como si nada en el mundo fuera más importante, como si nada escapara al poder de ese virus.

Y de verdad —disculpen— no lo entiendo. Busco más cifras: han muerto, al día de hoy, martes 10 de marzo, en todo el mundo, 4.284 personas por el coronavirus, de los cuales unos 3.000 eran ancianos chinos, y en 35 países de Europa no se ha muerto nadie y en toda África una persona, igual que en América Latina, un señor muy enfermo que llegaba de Italia a la Argentina. Pero se cancelan eventos y desplazamientos y encuentros y congresos y festivales varios, miles de empresas mandan a casa a sus trabajadores, cierran las fábricas y se rompen las cadenas productivas y el mundo pierde millones de millones de dólares/euros/yuanes en el derrumbe de sus bolsas y la baja de las materias primas y esos cierres y cancelaciones.

(En Madrid las autoridades acaban de cerrar las escuelas y universidades por quince días. Cientos de miles de padres no saben qué hacer con sus hijos; no pueden dejarlos en casa solos, no pueden dejar de trabajar. El virus no ha matado, en todo el mundo, a ningún niño).

Es muy difícil encontrar una justa proporción entre los efectos y las causas: con todo respeto, una enfermedad que en un par de meses produjo esta cantidad de víctimas no parece en condiciones de causar estos desastres. Y las bolsas de valores sin valor son un ejemplo claro: el miedo a los efectos económicos del virus provoca efectos económicos mucho peores que los que temían. Entonces sería interesante —necesario— pensar qué los causa.

Es difícil, casi imposible descubrirlo. Pero influye, sin duda, el viejo gusto del apocalipsis. Nos chiflan los apocalipsis: la sensación de que todo está a punto de saltar por los aires. Siempre tuvimos alguno en ejercicio, pero el último que conseguimos —el cambio climático— es una amenaza a tan largo plazo que hacía falta uno más inmediato. Y teníamos tantas ganas que nos armamos un apocalipsito con una gripe nueva y ambiciosa. Los apocalipsis son una tentación incesante de los hombres; son como las galerías del horror de los parques de diversiones y son, como ellas, inofensivos: su gran ventaja es que nunca se realizan. Si no, obviamente, no estaríamos aquí pensando tonterías.

(En Italia, las autoridades sanitarias prohibieron a los jugadores de fútbol que se tocaran al saludarse antes del partido. Después, cuando el árbitro pite, se rozarán, revolcarán, toquetearán tupido).

Entonces hay que considerar también el miedo a lo nuevo, a lo desconocido: la misma tara que les hace rechazar a los migrantes les hace temer a estos virus exóticos, ignotos. Y hay que considerar también la paranoia de las multitudes: “Si los gobiernos se preocupan tanto debe ser que hay algo que ellos saben y nosotros no, debe ser que esta enfermedad no es tan inocua como dicen, debe ser que, como siempre, nos ocultan la verdad”. Y hay que considerar también la paranoia de los enterados: “Si le dan tanta importancia a algo tan menor es que quieren distraernos con eso para esconder alguna otra cosa que no quieren que miremos o sepamos”.

Y hay que considerar también la paranoia de los varios poderes: da la impresión de que las empresas y los gobiernos se cubren por si acaso. Las empresas, para que sus empleados no los querellen si trabajando se contagian; los gobiernos, para que sus súbditos no les reprochen su inacción. Y entonces toman medidas duras que acrecientan el miedo y entonces sus súbditos más asustados les piden medidas más duras y entonces toman medidas más duras que acrecientan el miedo.

Y hay que considerar también esa fuerza rara que toma el pánico cuando se hace bola de nieve y arrasa todo porque consigue convertir cualquier cosa en una prueba más de su razón. Y entonces el cambio en conductas y discursos, la aparición de lo irracional, de lo ridículo, las precauciones más grotescas, la manera en que ahora tantos miran a cualquiera que tosa en un vagón de metro —por no hablar del pobre terrorista que estornuda—. Mascarillas a gogó.

(La malaria, por ejemplo, mata cada día unas veinte veces más personas que el coronavirus; la malaria, por supuesto, solo ataca en los países pobres).

Nada de esto, sin embargo, termina de justificar la sobrerreacción de los hombres frente al virus —y la factura increíble que pagarán por ella—. Pero creo que se pueden sacar, por ahora, de este episodio dos conclusiones provisorias: la interdependencia y la fragilidad de nuestro mundo.

No recuerdo otro hecho que haya mostrado tan claramente aquello de que si China se resfría el mundo estornuda. Esta vez no se resfrió: unos cuantos campesinos se comieron unos bichitos raros, se infectaron y el mundo tiene arcadas y no se recupera, y el cierre de unas fábricas asiáticas baja, digamos, la demanda del cobre chileno y su precio se cae y un pescador de Puerto Montt, en la punta del mundo, debe vender más baratos sus pescados y su familia come menos y putea en chileno por un cierre chino, y así en todo el planeta.

Tampoco recuerdo ninguno que haya desnudado tanto la debilidad de casi todo: estamos mucho más cerca que lo que creíamos del caos global. Tanto lío por un virus menor. Es sorprendente comprobar la fragilidad de todo eso que creíamos rocosamente sólido, cemento armado. En unos días los grandes y poderosos del mundo perdieron fortunas, la confianza de sus súbditos, el control de muchas situaciones. Los gobiernos, la gran banca, los petroleros altivos, los fabricantes de punta, los financistas recontraglobales, los que rigen y manejan el mundo, los que nos habían convencido de que nunca nada los desarmaría, deben estar asustados preguntándose si aprenderemos la lección y decidiremos desafiar, cual virus chino, sus poderes que ya no se ven tan poderosos.

Quizás esa sea, al fin y al cabo, la revelación de la era de la mascarilla.


Martín Caparrós (@martin_caparros) es colaborador regular de The New York Times. Su ensayo más reciente es Ahorita. Su novela Sinfín, que se publicará este mes, transcurre en 2070.

 

Blog de Sucesos y Noticias

El trumpismo a la luz del berlusconismo

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EP New York/otros medios

EP Internacional– España /Sería ingenuo pensar que los dos tipos de populismos brotan de la nada y se imponen a sociedades que no los merecen

La analogía de las trayectorias de Berlusconi y Trump es evidente. En términos sintéticos, dos magnates con gran proyección mediática irrumpen en política para salvar a la nación del apocalipsis con mensajes mesiánicos, promesas hiperbólicas, anzuelos patrioteros — ¡Forza Italia!, ¡América Primero!—, acciones y retóricas machistas, empatía con Putin y otros autócratas, entre otras muchas coincidencias. En el esfuerzo para interpretar el futuro del trumpismo, pues, quizá la parábola del berlusconismo tenga alguna respuesta interesante. Son entrañas adecuadas para practicar el arte adivinatorio.

En el análisis berlusconiano, pueden desgajarse dos vertientes: el impacto político y el social, que obviamente van vinculados. En términos políticos, uno de los efectos más trascendentales y duraderos fue el haber admitido en el escenario principal a la Liga y a los posfascistas, hasta entonces sustancialmente arrinconados en los márgenes como partidos intocables. Esta operación —vinculada en Italia al verbo sdoganare: dejar pasar la aduana— ha tenido enormes consecuencias. Berlusconi apadrinó la normalización de un ideario que, un cuarto de siglo después, representa aproximadamente un 40% del electorado —proyección de voto para la Liga y Hermanos de Italia—.

Hay motivos para sospechar que algo parecido pueda reproducirse en EE UU. El contexto es diferente; el sistema es presidencial; no hay partidos que sacar de la zona de apestados; pero sí hay corrientes de pensamiento que, tras cuatro años de legitimación desde la Casa Blanca —el mayor púlpito de prédica política del mundo— tienen por delante un recorrido insospechado antes. Es la normalización de la equidistancia entre supremacistas y víctimas de racismo; de la mentira descarada como instrumento político; del cuestionamiento por interés personal de las instituciones democráticas; del nepotismo sin pudor… Todo esto quizás ha venido para quedarse.

Hay después una vertiente social. Sería ingenuo pensar que figuras como Berlusconi y Trump brotan de la nada, y se imponen a sociedades que no se los merecen. Ellos son la encarnación de una mar de fondo. Y luego se convierten en tótem de anhelos y creencias profundas de muchos. Por ese camino, legitiman y expanden esos anhelos y creencias antaño soterrados o hasta inconfesables. Berlusconi —también gracias al gran poder de su imperio mediático— cuajó una revolución cultural, el deseo de éxito sin demasiados cuestionamientos de los medios para lograrlo —esa suerte de paso de la vergüenza al orgullo de saltarse las colas, y pelillos a la mar—, la afirmación de una inaceptable definición de la posición de las mujeres en la sociedad, etc. Trump también facilitará el afloramiento y asentamiento de ciertos sentimientos en cuestiones raciales, de género, de mirada sobre el mundo.

Por otra parte, a los 84 años, Berlusconi todavía ejerce influencia. No se rinde. En parte, para defender sus intereses privados a través de su proyección pública. Trump tiene 74. Y muchos intereses que defender.

[Publicado en EP Internacional]

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EE.UU

Otro escándalo de corrupción en la dirección de la Local 372 de Nueva York

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EP New York/ sindicatos

New York/ sep-23. No han pasado 5 años desde que el entonces presidente de la Local 372 , Santos Crespo fuera acusado de desviar dineros de la organización sindical que representa a los trabajadores del Board Education de Nueva York , y un nuevo caso de corrupción se vislumbra en plena crisis laboral producida por la pandemia del Covid-19.

Se trata del actual presidente , Shaun Francois , quien se le acusa de haber agotado las arcas de esta dependencia producto de los aumentos salariales, decoración innecesaria en un espacio de oficinas en Manhattan por un valor estimado a los $ 10 millones de dólares , de acuerdo a reportes del New York Post con base en las declaraciones acusatorias de dos miembros del sindicato: Paul Brathwaite, que se postula para presidente, y Anthony Gordon, que se postula para vicepresidente ejecutivo.

La formulación de los cargos explosivos contra el actual presidente Francois en una demanda presentada en la Corte Suprema de Manhattan y cuyo objetivo es arrojar más luz sobre la organización, llega en momentos críticos que viven empleados de la Local 372 que representa a alrededor de 23,000 empleados del Departamento de Educación que no trabajan como maestros o en puestos de seguridad, según señala dicha representación.

Los dos miembros y candidatos a las próximas elecciones, alegan que el “gasto derrochador” de Francois ha llevado a una disminución de $ 10 millones de Dólares en los activos líquidos del grupo durante cinco años, dice la demanda. En 2019, el sindicato compró un espacio de oficina por $ 9,289,821 en 20 West 33rd Street, obteniendo una hipoteca de $ 5 millones. “[El sindicato] ahora está atrapado con un condominio de oficinas en medio de un colapso de bienes raíces comerciales”, afirma la demanda.

La demanda alega que se desperdició dinero en la redecoración de la oficina del sindicato, y que Francois nombró una de las salas renovadas como “La sala de conferencias ejecutiva Charles Hughes” en homenaje al ex presidente, quien fue condenado en 1999 por malversar 2 millones de dólares.

La presentación también critica a Francois por su creciente salario. En 2014, ganó $ 175,000, y para 2018, el último año del que hay información disponible, recaudó $ 221,579, según la demanda. Recibió un estipendio adicional de $ 21,000 para gastos.

La demanda también nombra al tesorero sindical David Keye y otros, alegando incumplimiento del deber fiduciario y gastos imprudentes. Piden a un juez que obligue a los líderes a divulgar la información financiera del sindicato antes de las próximas elecciones de octubre.

Alegan , igualmente , que Francois y Keye mantienen las finanzas del sindicato en secreto celosamente guardado, negándose a dar acceso a los libros a la junta o los miembros, en violación de la Constitución del Local 372. Francois y Keye no respondieron de inmediato una solicitud de comentarios.

Es de anotar que la Local 372 , pertenece al Distrit Council 37 (DC37) cuya sede principal en Barklay St de Manhattan cerró sus oficinas para remodelar su vieja estructuras donde funcionaban , además, más de 50 locales pertenecientes a la primera organización sindical de Estados Unidos (ASFCME) La Federación Estadounidense de Empleados Estatales, del Condado y Municipales , por sus siglas en inglés.

 

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Latinoamérica

La desigualdad en América Latina no se combate con golpes y disparos

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EP New York/ otros medios

Por:Jorge Ramos

En Venezuela, Nicaragua y Bolivia se protesta por falta de democracia; en Chile, Ecuador y Haití, por falta de oportunidades y mayor igualdad. Mientras tanto, entre la indiferencia y el aislacionismo trumpiano, Argentina regresa a la izquierda peronista-kirchnerista, México no ve la salida a la creciente espiral de la narcoviolencia y, por supuesto, hay otros países temblando.

En todo este aparente caos latinoamericano, destacan tres tendencias.

La desigualdad

América Latina es la región más desigual del mundo. Sus ricos y no tan ricos están muy separados de sus muchos pobres y no tan pobres. La triste lección es que la democracia es necesaria pero no suficiente. Desde la Colonia hasta nuestros días, las economías latinoamericanas han estado organizadas para el beneficio de unos pocos. Luego de décadas de dictaduras y gobiernos autoritarios, muchos países —además de elegir a sus líderes con votos— esperaban una época de bienestar económico para todos. No fue así.

Esto lo escuché de una joven manifestante chilena: “El pueblo pobre de Chile se levantó porque no aguanta más. Porque quiere agua. Porque nos quitaron los ríos. Porque nos tienen a los jóvenes vendiendo nuestra vida en las calles para pagar unas cuotas miserables. El pueblo de Chile despertó y despertó para no dormirse nunca más”.

El presidente chileno, Sebastián Piñera, se disculpó. “Reconozco esta falta de visión y le pido perdón a mis compatriotas”, dijo por televisión nacional. Pero antes ya había sacado a los militares a las calles y levantado un toque de queda; era la primera vez que esto ocurría desde el fin de la dictadura de Augusto Pinochet.

Las disculpas después de los tanques y los muertos no suelen ser muy efectivas. “Recurrir a militares para reestablecer el orden público es una medida delicada y de alto riesgo”, me dijo en una entrevista José Miguel Vivanco, director para las Américas de Human Rights Watch. Vivanco refirió los ejemplos de Argentina, Chile y otros países donde el estamento militar ha estado asociado con dictaduras brutales.

Algo similar ocurrió en Ecuador, donde las protestas contra las medidas económicas tomadas por el presidente Lenín Moreno, tras aceptar un polémico préstamo del Fondo Monetario Internacional, fueron sangrientamente reprimidas. Las Naciones Unidas recibió “alegaciones de violaciones a los derechos humanos que habrían cometido fuerzas de seguridad del Estado”, mientras la Defensoría del Pueblo informó de una decena de muertos y más de mil heridos.

Cuando le pregunté por la represión al canciller ecuatoriano, José Valencia, contestó: “No es así, porque los muertos no fueron fruto de la acción de la policía sino accidentes en el marco de las manifestaciones […]. La policía reaccionó de una manera que, nosotros creemos, fue adecuada y proporcional”. Es difícil creer que los muertos y los heridos sean solo por accidentes. ¿Quién dio la orden de atacar a los manifestantes? ¿Quién disparó lo gases lacrimógenos? ¿Y los uniformados que atacaron a jóvenes con sus macanas y motocicletas? Eso no se hace contra gente que se queja de sus deplorables condiciones económicas.

La desigualdad no se vence a golpes y disparos.

Las protestas y las redes sociales

El dictador venezolano, Nicolás Maduro, se quiso tomar el crédito de las protestas en otros países sudamericanos. “Estamos cumpliendo el plan, Foro de São Paulo”, dijo recientemente, refiriéndose a una supuesta acción concertada del grupo de partidos y organizaciones latinoamericanas que promueven ideas de izquierda. No hay pruebas de esta acción. Pero así fuera cierta, eso no explica la manifestación de más de un millón de personas en Santiago ni las marchas masivas en Haití.

Las manifestaciones son en realidad producto de los nuevos espacios creados por la democracia; en las dictaduras de Pinochet, de Videla en Argentina o en el México de 1968, ciudadanos fueron masacrados por protestar. Hoy ya no tienen miedo. Pero también las protestas se dan y se organizan gracias a las nuevas tecnologías —desde internet y las redes sociales hasta el uso omnipresente de los celulares— que logran burlar cualquier intento de control y censura oficial. Los cuadrados comunicados oficiales tienen que competir en Twitter, Instagram y Facebook con la fluidez de millones de videos, fotos y textos que los contradicen.

Ya no se puede gobernar si se pierde la legitimidad y la credibilidad en las redes.

La tentación autoritaria

América Latina nunca ha dejado atrás su tentación autoritaria. Desde que Simón Bolívar fue declarado dictador de Perú y jugó con la idea de un presidente vitalicio para la Gran Colombia, otros han seguido sus pasos.

Hoy tenemos varios dictadores en América Latina. Nicolás Maduro en Venezuela y la dupla Daniel Ortega-Rosario Murillo en Nicaragua han falseado elecciones y violado ferozmente los derechos humanos para atornillarse un poquito más en el poder. Cuba es un ejemplo increíble de cómo se han normalizado sesenta años de represión brutal. De las dictaduras de Fidel y Raúl Castro se dio el dedazo para que las continuara Miguel Díaz-Canel. Y Evo Morales no entiende que no significa no. Eso es lo que le dijeron los bolivianos en el referéndum de 2016, prohibiéndole la reelección. Ya lleva casi 14 años en el poder y busca más. Pero las protestas no paran. El caudillismo y la mano dura nunca han sido la solución de los problemas que afligen a América Latina.

Se acabó la época del silencio y el acomodo. Los latinoamericanos han dejado de callar su descontento. Y ese enojo no se apaga con manguerazos de agua.

Lo nuevo en la reciente ola de protestas es la desaparición de la censura oficial y la aparición de nuevas tecnologías digitales para compartir el descontento y sumar fuerzas para protestar. Desafortunadamente, la respuesta de los gobiernos hasta ahora han sido la misma de siempre: reprimir.

Pero ya ni eso está funcionando. Se acaba el tiempo para escuchar. De nada sirve que en Chile se pida perdón si los soldados siguen en la calle y no se cambia la constitución. Las protestas en Ecuador pueden resurgir a la menor provocación. Se le puede terminar la larga luna de miel a Andrés Manuel López Obrador en México si no da resultados y siguen las matanzas. Bolivia se resiste a cinco años más de Evo. Y nuestros dictadorzuelos de turno en Venezuela, Nicaragua y Cuba han perdido el control del mensaje.

Primero se pierden las redes y luego las calles. El malestar y el enojo son un presagio. Pase lo que pase, las cosas ya no pueden seguir igual. (The New York Times)


Jorge Ramos es periodista, conductor de los programas Noticiero Univisión y Al punto, y autor del libro Stranger: El desafío de un inmigrante latino en la era de Trump.

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