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Estado Islámico

EL ENEMIGO NO ES EL ISLAM/ Por : Ricardo Angoso

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EL ENEMIGO NO ES EL ISLAM

 por Ricardo Angoso

@ricardoangoso

rangoso@iniciativaradical.org

 En los últimos años la violencia terrorista  firmada por la red Al Qaeda y también ahora por parte del Estado Islámico, por no hablar de otros grupos menores, ha golpeado con dureza a las principales ciudades de Oriente Medio, Africa y Europa. Pero, paradójicamente, estos grupos, claramente antioccidentales, han perpetrado más matanzas y asesinatos entre los musulmanes que entre los cristianos. Por ejemplo, la guerra de Argelia, que comenzó en 1991 tras un golpe de Estado propiciado después de la victoria del Frente Islámico de Salvación (FIS), ha costado al día de hoy entre 150.000 y 200.000 muertos, la mayoría de esas víctimas son musulmanas y apenas hay entre las mismas unas decenas de occidentales que residían en este antaño próspero país.

El problema radica en el islamismo radical, una corriente política que manipula las ideas y creencias islámicas y que las interpreta de una forma exacerbada y llevada al máximo extremo, tal como ocurre en los territorios que ahora controla el Estado Islámico. Además, en la parte donde opera esta organización-“Estado” se da un conflicto de vieja data entre los sunitas y los chiítas, dos corrientes dentro del Islam que surgieron a partir de la muerte del profeta Mahoma en el año 632 después de Cristo, cuando se planteó la elección del sucesor del difunto dentro del Califato y estalló una corta guerra. El 83% de los musulmanes son sunitas y el 13% son chiítas.

 TENSIONES Y LUCHAS ENTRE IRÁN Y ARABIA SAUDÍ

 Irán es la principal potencia chiíta del mundo musulmán, mientras que Arabia Saudí es mayoritariamente sunita. En lo que respecta a Irak, siempre fue el caballo de batalla entre ambas confesiones. Los chiítas son mayoría en Irak -algo menos del 60%- y viven en las zonas fronterizas con Irán, el norte controlado por la región autónoma kurda y mezclados con los sunitas en las fronteras con Arabia Saudí y Kuwait. Y los sunitas son la minoría -40%, pero sobre todo kurdos- y viven más cerca de la frontera con Siria y también entremezclados en todo el país. Irán, por supuesto, apoya a los chiítas en la guerra contra el Estado Islámico y la principal potencia sunita, Arabia Saudí, alienta y arma a las fuerzas sunitas iraquíes.

 Recientemente, en medio de este conflicto entre ambas ramas del Islam que también tiene sus ramificaciones en Yemen, el gobierno saudí ejecutó a un clérigo chiíta que supuestamente conspiraba contra el régimen de Riad, lo que provocó la airada protesta de Teherán y la ruptura de las ya de por sí maltrechas relaciones entre Irán y Arabia Saudí. Desde la ocupación de Irak por los Estados Unidos de este país, allá por el año 2003,  el territorio iraquí se ha convertido en un tablero de ajedrez en el que compiten ambas naciones y otras fuerzas por ejercer su influencia, controlar territorios e instituciones y, en fin, imponer un ejecutivo dócil a sus intereses políticos. Por ahora, una alianza política entre los kurdos de la Unión Patriótica del Kurdistán (UPK) y una coalición de grupos chiítas es la que gobierna en Bagdad, inclinando la balanza en favor de Irán en esta guerra ente ambas confesiones.

 En Irak y Siria, al igual que ocurre en otras partes de Oriente Medio, Africa y Asia, las principales víctimas de este conflicto son musulmanes. Por ejemplo, los sunitas del Estado Islámico han matado a miles de chiítas, junto a otros grupos religiosos, en los combates que libran contra ambos Estados. Cuatro combatientes chiítas iraquíes, en un gesto de la habitual brutalidad de este grupo, fueron quemados vivos y grabados en un video absolutamente repugnante y terrible. Pero hay más ejemplos de ese horror cotidiano y el Estado Islámico, no lo olvidemos, es también parte de una errada estrategia occidental en esta parte del mundo que, al permitir la disolución del Estado iraquí como un azucarillo ,alentó el nacimiento de fuerzas que se desarrollaron con notable éxito en medio del caos, la guerra y el descontrol total que hoy reina en esta parte del mundo.

 Este Islam radical, que es el mismo que opera en las calles europeas y que pretende aterrorizar a Occidente, no es algo que haya nacido por sí mismo, sino que incubó en las mezquitas y fue inoculado por algunos líderes religiosos musulmanes desde los púlpitos. Por ejemplo, hay una corriente apoyada por nuestros “amigos” y aliados saudíes, el wahabismo, que tiene una concepción absolutamente radical de la Sharia (ley musulmana que rige todos los preceptos sociales y políticos) y pretende expandir sus ideas más reaccionarias por todo el mundo. La monarquía saudí, guardiana de las esencias doctrinarias sunitas, ha utilizado sus ingentes recursos económicos para expandir esta doctrina radical que basa en el odio a Occidente, el desprecio a las formas democráticas y, por ende, a los valores occidentales, algunos de sus principales recursos narrativos.

 El terrorismo islamista que ahora golpea en Egipto, Irak, Libia, Túnez, Siria y Somalia, por citar tan solo algunos ejemplos, tiene mucho que ver con la expansión de esas ideas radicales, la tolerancia hacia las mismas por parte de los jefes religiosos, que las compartían y ellos mismos difundían, y el apoyo económico que los saudíes daban a las mezquitas y organizaciones musulmanas más fundamentalistas. Por paradojas de la vida, ahora estos movimientos y organizaciones, ya fuera de control, se están volviendo contra el Islam más moderado y son una verdadera amenaza a los tenues procesos de transición democrática en el mundo árabe, tal como ha ocurrido en Argelia, Egipto, Libia y Túnez, ya que están en contra de la modernización social y consideran a este modelo político algo ajeno a su idiosincrasia y plegado a los intereses occidentales.

El problema no es el Islam, sino esta forma exacerbada y radical de entenderlo fruto de un proceso educativo nocivo y pernicioso, compresivo hacia uso de  la violencia y alejado de toda forma de respeto hacia el diferente.

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Triunfo taliban en Afganistán pone en riesgo liderzgo de occidente

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EP New York/ opinión

OCCIDENTE, SIN RUMBO NI LIDERAZGO, EN PELIGRO

La derrota de los Estados Unidos en la guerra de Afganistán, dejando en el poder a los talibanes y abandonando a su suerte a la administración instalada por los occidentales en Kabul, significa una dura derrota para Occidente y el avance del totalitarismo frente a la democracia. Las consecuencias de esta debacle pueden ser fatales para el mundo libre.

por Ricardo Angoso

Occidente, liderado por los Estados Unidos, la OTAN y los principales países europeos, ha sido derrotado y humillado en Afganistán. La retirada caótica, vergonzante, desordenada y precipitada de Kabul, abandonando a miles de colaboradores de las tropas occidentales durante estos veinte inútiles años, ha sido la guinda de la tarta de una desabrida guerra con sabor a desastre. Primero fue el  erróneo anuncio de Donald Trump, a bombo y platillo, de que las tropas norteamericanas saldrían del país, lo que alimentó el voraz apetito de los talibanes y precipitó al país al abismo, y después llegaría la retirada total programada (¿?) por el nuevo inquilino de la Casa Blanca, Joe Biden.

El reconocimiento de los talibanes por Trump, que sirvió para torpedear y acabar con las negociaciones de Doha entre las autoridades de Kabul y el Talibán, precipitaron la ofensiva militar de los mismos y su rápida victoria, avanzando en todos los frentes, que les llevó a la capital de Afganistán y a conquistar todo el poder, mientras que el régimen instalado por los occidentales se derribaba como un castillo de naipes.Su presidente,  Ashraf Ghani, huyó cargado de maletas repletas de millones de dólares, abandonando a  su suerte a sus colaboradores y al maltrecho país. 

Entre ambos, Trump y Biden, han tirado a la basura veinte años de trabajo en Afganistán para democratizar y modernizar el país, miles de millones de dólares gastados en una inútil guerra y miles de muertos dejados en el camino. Este esfuerzo casi sobrehumano al final no ha servido para nada de nada, apenas para destruir materialmente y económicamente a Afganistán quizá por décadas. Cuatro presidentes norteamericanos, durante veinte largos años (2001-2021), bastaron para acabar en el mismo contexto político y en el mismo lugar, en un Kabul  nuevamente angustiado y dominado por la pesadilla del Talibán.

Pero aparte de estas consideraciones a la hora de hacer un balance de lo ocurrido, la guerra perdida de Afganistán nos deja muchas más lecciones. Estados Unidos pierde peso, influencia, prestigio y poder en esta zona del mundo, habiendo dejado el testigo a Rusia y China, que ya se aprestan a hacer negocios con los talibanes y a trabajar por la reconstrucción del país.

Pero también Irán sale ganando, contemplando la derrota de su sempiterno enemigo, los Estados Unidos, y consolidando así, al recomponer sus relaciones con los talibanes en los últimos tiempos, un eje de influencia y poder regional que arranca en Kabul y pasa por Irán mismo, Irak, donde los iraníes siguen armando a los grupos chiítas radicales, Siria, Líbano -país controlado por la guerrilla proiraní de Hezbolá- y concluye en Gaza, controlada por sus acólitos de Hamas. Nunca Teherán había tenido tanta fuerza y poder de desestabilizar a casi todos sus vecinos; Israel debe estar alerta.

RECOMPOSICIÓN DE LA OTAN Y UN NECESARIO EJÉRCITO EUROPEO

La OTAN, además, debe iniciar una revisión estratégica tras esta derrota rotunda y contundente, en la que varios de sus principales socios, entre los que destacan Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, Alemania, Polonia, España e Italia, tuvieron centenares de bajas y derrocharon ingentes recursos  en la reconstrucción del país. Desde el final de la Guerra Fría y la implosión de la Unión Soviética (1991), la OTAN quedó con un papel muy desdibujado y sin enemigos claros con los que batirse; extendió sus fronteras hasta Rusia, integrando al mundo poscomunista que había salido de la tutela soviética, y no supo definir sus nuevos intereses geoestratégicos ni sus enemigos.

En lo que respecta a la Unión Europea (UE), una vez definidas sus verdaderas fronteras tras la salida del Reino Unido, va quedando meridianamente claro que para su verdadera puesta en escena en el mundo necesita una verdadera diplomacia europea y un ejército con capacidad para operar en el exterior, liderar misiones internacionales y garantizar la defensa de las fronteras de Europa ante las nuevas amenazas y desafíos. No queda tan claro si realmente nuestros líderes políticos tienen voluntad de seguir adelante con el proyecto porque eso implicaría riesgos para las dos potencias que ahora lideran la UE, es decir, Francia y Alemania, que quizá prefieran seguir con esta diplomacia tutelada que inspiran desde hace años y en la que modelan a su antojo el proyecto, condicionado al resto de socios o imponiendo sus decisiones en materia de inmigración, seguridad fronteriza y otras materias, tal como han hecho en numerosas ocasiones.

Pese a todo, los desafíos para Occidente son ingentes y requerirán un trabajo de ingeniería política y un nuevo liderazgo, del que carecemos en estos momentos debido a la decadencia de los Estados Unidos, presente y permanente durante el mandato de Trump y agudizada ahora con Biden, y a la falta de nervio político en el interior de la UE. Se echa en falta la década de los ochenta, caracterizada por el hiperliderazgo de dirigentes como Ronald Reagan, el primer Bush, Margaret Thatcher, Helmut Kohl y Francois Mitterrand, y por haber sentado los rieles para la derrota del bloque comunista, la democratización de Europa Central y del Este, la reunificación alemana y la desintegración de la Unión Soviética. Europa era una fiesta compartida por unos Estados Unidos victoriosos, mientras que el mundo contemplaba atónito la sucesión vertiginosa de cambios y reformas.

Ahora todo es bien distinto y las cosas han tomado derroteros inesperados. Rusia está más fuerte que nunca en la escena internacional e impone su orden neoimperial en toda su periferia, habiendo ocupados territorios de Georgia, Moldavia, Ucrania e incluso Azerbaiyán, donde instaló recientemente una base militar para “observar” el proceso de paz de ese país con Armenia. La tiranía como forma de gobierno se ha impuesto en numerosos países del mundo, tales como Siria, Bielorrusia, Cuba, Nicaragua y Venezuela, por citar solamente algunos, y la democracia está seriamente cuestionada hasta en países miembros de la OTAN, como la Turquía del sátrapa Erdogan, que ha establecido una suerte de triple alianza con Rusia e Irán. Occidente, compuesto por la alianza fundamental a través del vínculo transatlántico entre los Estados Unidos y Canadá con Europa, observa impávido que se ha convertido en una suerte de fortín democrático acosado por el populismo creciente, la amenaza integrista, el auge del autoritarismo en el mundo, la inmigración creciente y desbordada y nuevas provocaciones, como los programas nucleares puestos en marcha por Irán y Corea del Norte.

La gran cuestión que planea sobre todos estos asuntos y  retos sobre la mesa, es ¿si los líderes occidentales, sin un verdadero liderazgo de los Estados Unidos en estos momentos, serán capaces nuevamente de vertebrar y articular respuestas desde la política y la diplomacia a todos estos asuntos, tal como lo hicieron tantas veces desde el final de la Segunda Guerra Mundial? O, por el contrario, si, perdidos en estereotiopadas visiones provincianas, acabarán dejando que la actual realidad multipolar acabe siendo liderada por países como China y Rusia, potencias ambas sin principios democráticos ni respetuosas con los derechos humanos, sino más bien lo contrario, como han demostrado tantas veces a lo largo de su historia. De ser así, la más negra de las noches puede estar por llegar a todo el planeta y la sombra del totalitarismo se asomará por todo el mundo libre. ¡Atentos!

Ricardo Angoso García , analista y columnista internacional. 
 

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EE.UU

Toma de talibanes en Afganistan cierra el capítulo ‘post 9/11’

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EP New York/ Otros medios

El doloroso fin de la era después del 9/11

Las escenas desesperadas en el aeropuerto de Kabul le darán a Afganistán un lugar en la memoria de Estados Unidos como otro intento fallido de reconstruir una nación.

Una era que comenzó hace dos décadas con la conmoción de un par de aviones secuestrados que se impactaban contra dos rascacielos en Estados Unidos llegó a su fin esta semana con otro momento sobrecogedor: afganos desesperados asidos con todas sus fuerzas a aviones estadounidenses con la esperanza de escapar del caos de Kabul, la caída de algunos de ellos y el hallazgo de uno, sin vida, en el tren de aterrizaje.

El Times  Una selección semanal de historias en español que no encontrarás en ningún otro sitio, con eñes y acentos. 

Ha fracasado una inversión bipartidista colosal de fuerzas del gobierno, el Tesoro y la diplomacia de Estados Unidos con el propósito de derrotar a una ideología hostil decidida a crear el Emirato Islámico de Afganistán. Durante las gestiones de cuatro presidentes, dos republicanos y dos demócratas, más de 2400 estadounidenses perdieron la vida y se gastó más de un billón de dólares para lograr objetivos que fueron cambiando, muchos de los cuales demostraron ser inalcanzables.

Se cerró el telón de la era pos9/11 con la reconquista de los talibanes del control del país que sirvió como base para atacar a Estados Unidos, en una debacle que cierra el ciclo para Estados Unidos y dejará a Afganistán dolorosamente grabado en la memoria nacional.

Aunque una serie de errores e ilusiones, así como una ingenuidad (o arrogancia) estadounidense particular en cuanto a la posibilidad de reconfigurar el mundo a su imagen, condujeron a la repentina reconquista de los talibanes casi dos décadas después de su derrota, otro factor más fundamental también influyó. En vista de que China ha decidido hacer gala de su fuerza, cambiaron las prioridades del país. El poder relativo de Estados Unidos no es lo que solía ser hace 20 años.

La capacidad y propensión del país para asignar recursos a batallas en tierras lejanas han disminuido. Acabada la Guerra Fría, los estadounidenses no están muy dispuestos a embarcarse en el tipo de compromisos militares sin fin que cimentaron democracias en Alemania, Japón, Corea del Sur y otros Estados.

“En mi carácter de presidente, mi firme convicción es que debemos concentrarnos en las amenazas que enfrentamos hoy en día, en 2021, no en las de ayer”, dijo el presidente Joe Biden el lunes para defender su decisión de proceder con una rápida retirada militar.

“Los soldados estadounidenses no pueden ni deberían pelear y morir en una guerra que las mismas fuerzas afganas no están dispuestas a combatir”, afirmó Biden.

Sin embargo, si hay un elemento que ha impulsado la presidencia de Biden, es la defensa de democracias que se encuentran en un “punto de inflexión” ante la propagación de formas represivas de gobierno, así como reafirmar los valores estadounidenses.

“Estados Unidos está de regreso”, ha sido la consigna. Pero ahora la pregunta será para qué regresó. Una cumbre planeada para diciembre, concebida para reforzar a las democracias, parece mucho menos creíble ahora que existe la posibilidad de que las escuelas en Afganistán les cierren de nuevo las puertas a las niñas y los afganos que creen en la libertad están desesperados por huir.


9/11 , veinte años después del dolor


“Durante décadas, Afganistán ha sido víctima de las personas que querían hacerle un bien”, afirmó Lakhdar Brahimi, diplomático argelino que fungió como representante especial ante las Naciones Unidas de Afganistán e Irak. “Se llegó al punto en que ningún momento sería bueno para salir del país, así que este fue tan bueno (o malo) como cualquier otro”, opinó.

El caos generado en Kabul por el alboroto con que Estados Unidos y sus aliados intentaron evacuar a sus ciudadanos, así como a los afganos que les habían ayudado, ha provocado comparaciones inevitables con las escenas de desesperación vistas en Saigón en abril de 1975, cuando los soldados de Vietnam del Norte tomaron la ciudad. En ese entonces, como ahora, una guerrilla de insurgentes locales acabó con los planes de una superpotencia.

Pero no deberíamos exagerar la analogía. Las posturas en Estados Unidos con respecto a la guerra de Vietnam habían causado una amarga división. En cambio, la mayoría de los estadounidenses en la actualidad apoyan la salida de Afganistán. Sus prioridades son internas.

Como dijo Biden, se logró un objetivo estadounidense vital: en las últimas dos décadas el terrorismo islamista, en la forma de Al Qaeda, fue derrotado en buena medida. Pero el islam político adoptado por los talibanes ha conservado su atractivo como una alternativa a los modelos de gobierno laicos de Occidente.

Queda por verse si un talibán con destreza, afilado por la experiencia diplomática que puede haber enfriado algo del fervor extremista, cumplirá las promesas de evitar que Afganistán se convierta en un refugio terrorista de 

El debate sobre si Estados Unidos debería haber conservado una presencia militar moderada suficiente para evitar que los talibanes tomaran el control y darles cierta esperanza a las mujeres y la clase media de Afganistán que ahora se sienten traicionados causará enojo por mucho tiempo.

Casi no había ningún motivo para creer que las metas que no se alcanzaron en 20 años pudieran alcanzarse en algún momento más adelante. Por otra parte, como argumentó Saad Mohseni, empresario afgano cuyo grupo MOBY opera redes de radio y televisión en Afganistán: “Apuñalaron por la espalda a los afganos, actuaron de la manera más injusta e irresponsable posible”.

Algo que parece no ser tema de debate, al menos por ahora, es el desastre que provocó la precipitada retirada estadounidense. Tan solo hace unos días, el presidente Ashraf Ghani, que ya ha huido, creyó que todavía tendría algunas semanas para negociar una transición organizada, según una persona que habló con él en ese entonces. De hecho, sin Estados Unidos, solo tenía un castillo de naipes.

Biden, quien desde hace tiempo veía con escepticismo el objetivo de la guerra estadounidense más larga de su historia, actuó convencido de que era “muy poco probable” que los talibanes “arrasaran con todo y se apropiaran de todo el país”, como dijo el mes pasado.

Sin duda, esas palabras pesarán sobre la presidencia de Biden, aunque haya motivos para culpar a ambas partes. También le pesarán las imágenes de Kabul en que se ve la embajada de Estados Unidos cerrada y las de las fuerzas de los talibanes cargadas de armas dentro de edificios de gobierno planeados para albergar una democracia creada por los estadounidenses.

“No tengo ni la menor duda de que será un lastre para Biden, aunque Trump no le haya dejado otra alternativa”, dijo Cameron Munter, quien fue embajador de Estados Unidos en Pakistán, en referencia al convenio que suscribió el gobierno de Trump con los talibanes en 2020, entre cuyas estipulaciones se encontraba la retirada de Estados Unidos este año.

Fue el difícil legado que heredó Biden. Pero, de cualquier forma, su gobierno tenía otras opciones para no terminar con esta salida apresurada.

“El punto desastroso es que el gobierno no haya tenido un plan”, señaló Stephen Heintz, presidente de una fundación que ha trabajado en el tema de Afganistán desde 2011. “Apenas y consultaron a la OTAN y planearon poco con el gobierno afgano. Se trata de un fracaso de inteligencia, de planeación, de logística y, a fin de cuentas, un fracaso político porque, sea lo que sea, el responsable es Biden”.

En junio, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, se reunió con el presidente de Afganistán, Ashraf Ghani, en la Casa Blanca.
Credit…Pete Marovich para The New York Times

Otros le expresaron más apoyo al presidente. “Veinte años fue mucho tiempo para darles a los líderes afganos espacio para sembrar la semilla de una sociedad civil y, en vez de esto, solo sembraron semillas de corrupción e incompetencia”, le dijo a The New York Times Jake Auchincloss, representante por Massachusetts, demócrata e infante de marina retirado que pasó tiempo en Afganistán.

Tanto Biden como su predecesor respondían, de diferentes maneras, al estado de ánimo estadounidense que mira hacia el interior. Vigilar el mundo es un trabajo costoso, a menudo ingrato y abundan los problemas locales. La retirada militar de Afganistán reflejó con precisión un cambio de prioridades, incluso hacia la agudización de la rivalidad entre las grandes potencias y China.

Pero Estados Unidos en Afganistán equivale a una crónica de errores y evaluaciones erróneas que plantean preguntas cruciales para los responsables políticos estadounidenses.

Desde el momento en que Estados Unidos decidió declararle la guerra a Irak en 2003 con base en inteligencia dudosa —lo que implicó abrir un segundo frente y desviar atención y recursos de Afganistán—, fue en aumento la percepción de que el conflicto en Afganistán era una misión secundaria sin dirección.

La misión de derrotar al terrorismo experimentó una peligrosa transformación y se convirtió en una lucha por construir una nación. Por desgracia, crear una democracia era un objetivo muy ambicioso en un país que nunca había organizado un censo y en el que las lealtades tribales eran muy fuertes. Siempre fue muy improbable que pudiera evitarse el fraude electoral masivo o que millones de dólares en ayuda llegaran a su destino.

Las acciones que tenían el propósito de crear un ejército afgano creíble fueron un fiasco que costó 83.000 millones de dólares.

“Intentamos crear un ejército afgano a imagen del Pentágono que, en el mundo real, es incapaz de operar sin nosotros”, se lamentó Vali R. Nasr, quien fungió como asesor en temas de política afgana entre 2009 y 2011. “No debería haber dependido de nuestro apoyo aéreo o en la capacidad que no tienen los afganos de darles mantenimiento a los helicópteros”.

Las reflexiones derivadas de este fracaso estadounidenses sin duda serán dolorosas. La tendencia a crear a imagen de Estados Unidos —en vez de adaptar los planes a ambiciones menores y más sencillas acordes a las necesidades y capacidades de los afganos— parece conllevar una lección más general para Estados Unidos en el mundo del siglo XXI.

Munter, el exembajador en Pakistán, dirigió el primer Equipo de Reconstrucción Provincial en Mosul, Irak, en 2006. Recordó que al llegar allí se encontró con que “no había ningún tipo de plan”.

Los funcionarios que distribuían la ayuda parecían más preocupados por la rapidez con la que podían hacerlo, que por el destino de la misma, “para poder convencer a la gente del Capitolio de que estábamos gastando el dinero que se nos había asignado”, dijo Munter.

La experiencia de Mosul, añadió, “parecía una versión en miniatura de lo que ocurrió a una escala mucho mayor en Afganistán”.

El elemento que tan a menudo parecía faltar en la política estadounidense, tanto en Irak como en Afganistán, era la capacidad de plantear una pregunta fundamental: ¿Qué es lo que sabemos sobre hacia donde vamos?

“Los estadounidenses han sido muy reacios a reconocer que no saben mucho sobre lo que estaba ocurriendo sobre el terreno, que pueden no saber lo que no saben y que han cometido errores por no saber lo suficiente”, dijo Brahimi.

Sin embargo, la ingenuidad estadounidense, si acaso eso fue, produjo muchos beneficios. Mohseni comparó los últimos 20 años con una “era de oro”, pues catapultó a Afganistán del siglo XII al siglo XXI. Las mujeres tuvieron acceso de nuevo a la educación. Surgió una clase media conectada con medios digitales. Se construyó infraestructura y tecnología para conectar a las personas con el mundo.

“Los afganos cambiaron para siempre”, dijo. “Para nosotros, el callejón sin salida fue bueno”.

La cuestión ahora es saber cuánto de todo eso intentarán revertir los talibanes, cambiados a su vez por la internet de la que dependen.

La amenaza más inmediata que suponen es sin duda para los afganos, y en particular para las mujeres afganas, más que para Estados Unidos. Todo parece posible, incluidas las represalias violentas y un éxodo masivo de refugiados.

“Esto es un golpe devastador para la credibilidad de Estados Unidos, que pone en tela de juicio nuestra sinceridad cuando decimos que creemos en los derechos humanos y en las mujeres”, dijo Heintz.

Cuando Richard C. Holbrooke fue el representante especial para Afganistán desde 2009 hasta su muerte en 2010, insistió en que todo su equipo leyera El americano tranquilo de Graham Greene.

En la novela, un bienintencionado e idealista oficial de inteligencia estadounidense, Alden Pyle, se enfrenta a las amargas realidades de la guerra colonial francesa en Vietnam mientras trata de llevar el cambio social y político a una sociedad compleja.

Greene, a través de su cínico periodista narrador, escribe: “Nunca conocí a un hombre que tuviera mejores motivos para todos los problemas que causó”.

Roger Cohen es el jefe de la oficina de París del Times. Fue columnista de Opinión de 2009 a 2020. Ha trabajado para el Times durante más de 30 años y ha sido corresponsal extranjero y editor extranjero. Criado en Sudáfrica y Gran Bretaña, es estadounidense naturalizado. @NYTimesCohen

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Afganistán , un final precipitado. ¿Qué viene ahora?

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EP New York/otros medios

Un final precipitado y un comienzo oscuro en Afganistán

El último vuelo estadounidense que salió de Kabul deja tras de sí una estela de promesas incumplidas y preguntas difíciles sobre el destino del país.

El final de la guerra más larga de Estados Unidos no fue muy ceremonioso: la basura volaba por la única pista de aterrizaje del aeropuerto de Kabul, los afganos estaban afuera de las puertas de embarque con la vana esperanza de poder ser evacuados del país y los talibanes lanzaban disparos de triunfo hacia el firmamento nocturno.

En sus últimos días, dos marines estadounidenses se despedían con un apretón de manos de los combatientes talibanes en medio del tenue resplandor de la terminal de vuelos nacionales. Había filas de personas hambrientas y deshidratadas que serían evacuadas en aeroplanos grises con rumbo a futuros inciertos. La dirigencia de los talibanes era la que dictaba las condiciones mientras una generación de afganos experimentaba el final de 20 años de una suerte de esperanza generalizada.

Por todo Estados Unidos hay pasos a desnivel y bancas en parques que han sido bautizadas en honor a las personas fallecidas en la guerra.

El final, al menos para los estadounidenses y sus aliados occidentales, llegó un lunes, después de que —en las últimas horas de una guerra perdida— los miles de soldados estadounidenses que defendían el Aeropuerto Internacional Hamid Karzai salieron en enormes aviones de transporte, uno tras otro, hasta que ya no quedó ninguno.

A diferencia del legado de los soviéticos que fueron derrotados antes que ellos, el de los estadounidenses no fue un entorno plagado de restos de vehículos blindados destrozados. Más bien, dejaron todas las armas y el equipo necesarios para abastecer a los talibanes, los vencedores, durante los próximos años, el resultado de dos décadas y 83.000 millones de dólares gastados en entrenamiento y equipamiento para el ejército afgano y las fuerzas policiales que se desmoronaron frente a un mal liderazgo y un respaldo estadounidense cada vez más escaso.

Credit…Jim Huylebroek para The New York Times

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Credit…Jim Huylebroek para The New York Times

Una vez más, Afganistán concluye un ciclo que ha definido en repetidas ocasiones los últimos 40 años de violencia y conmoción: por quinta vez desde la invasión soviética de 1979, ha fracasado un mandato y ha surgido otro. Lo que ha venido después de cada una de esas conclusiones ha sido venganza, ajuste de cuentas y, con el tiempo, otro ciclo de guerra y caos.

Ahora les toca a los talibanes decidir si van a perpetuar el ciclo de venganza, como lo hicieron en 1996 al arrebatarle el poder a un grupo de caudillos en conflicto, o si en verdad emprenderán el nuevo rumbo que sus dirigentes han prometido en los últimos días: uno de tolerancia y reconciliación.

Han pasado casi 20 años desde que Osama bin Laden y Al Qaeda ejecutaron los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos y el presidente George W. Bush anunció que su país invadiría Afganistán como la primera acción de una guerra mundial contra el terrorismo. Ahora, Estados Unidos tiene que definir su relación con los mismos gobernantes islamistas que derrocó en 2001 —una vez más, una cuestión de venganza o tolerancia— y tratar de evitar el resurgimiento de cualquier amenaza terrorista internacional que provenga de Afganistán.

Ahora son menos probables los ataques aéreos en las zonas rurales afganas que convierten a las personas fallecidas en simples puntos de los gráficos de barras de los informes de Naciones Unidas que casi nadie lee. No habrán más bombas enterradas, de manera presurosa, a orillas de la carretera al caer la noche, y que podrían explotar al paso de un vehículo gubernamental o un minibús lleno de familias.

Lo que hay es una angustia generalizada sobre la verdadera tendencia que proyectará el gobierno talibán ahora que los estadounidenses se han ido. Además, existe el temor de que la caótica precipitación del desmoronamiento del gobierno durante el avance de los talibanes deje una economía irreparable, hambruna y muchas ruinas.

El conflicto de Estados Unidos en Afganistán fue una guerra larga con un final apresurado, o eso pareció. Pero los planes de la retirada se prepararon hace más de 18 meses, cuando el gobierno de Donald Trump firmó un acuerdo con los talibanes para retirarse del país antes del 1 de mayo de 2021. A cambio, los talibanes acordaron dejar de atacar a los estadounidenses, suspender los ataques en los que hubiera un gran número de víctimas en ciudades afganas y evitar que Al Qaeda y otros grupos terroristas hallaran refugio en su territorio.

La influencia de los talibanes, adquirida tras años de luchar contra el ejército más desarrollado del mundo, se multiplicó cuando tomaron el control de retenes y puestos de avanzada más remotos, seguidos de distritos y aldeas rurales y luego, las carreteras que los conectaban. Para inicios de este año, los talibanes se habían apostado cerca de varias ciudades clave, al tiempo que el recién inaugurado gobierno de Joe Biden analizaba si se debía respetar el acuerdo de retirada que fue firmado por Trump.

En abril, para cuando el presidente Joe Biden y la OTAN anunciaron el retiro de Estados Unidos y de las fuerzas de la coalición antes del 11 de septiembre, los talibanes ya estaban tomando un distrito tras otro. Las fuerzas de seguridad afganas se estaban rindiendo o estaban siendo diezmadas de manera masiva. Pese al poderío aéreo de Estados Unidos y un ejército afgano que, según Biden y otros altos funcionarios, tenía casi 300.000 soldados, las capitales de provincia pronto fueron sitiadas. Pero, de acuerdo con las autoridades estadounidenses, en los días finales, las fuerzas de seguridad afganas solo contaban con una sexta parte de eso.

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Credit…Jim Huylebroek para The New York Times

Más que pelear, los soldados afganos huían, pero quienes murieron enfrentando al enemigo, lo hicieron por una causa en la que, al parecer, ni siquiera sus líderes creían.

Incluso antes del anuncio de Biden y el acuerdo de Trump con los talibanes, Estados Unidos había empezado a retirarse desde diciembre de 2009, cuando el presidente Barack Obama anunció tanto un aumento de decenas de miles de tropas como su salida para 2014.

Desde entonces, los afganos y los aliados de Estados Unidos han experimentado distintas etapas de alarma y dudas, mientras intentan asegurar su futuro y sus intereses comerciales. Esta incertidumbre reforzó la corrupción endémica que Occidente denunció, pero que continuó impulsando con miles de millones de dólares con la esperanza de que algo pudiera cambiar en el país.

Ahora, al final, los políticos y empresarios afganos y la élite que se alimentaba de las arcas de la guerra han huido en gran medida. Los últimos aviones militares estadounidenses partieron, dejando atrás a unos 100.000 afganos elegibles para el reasentamiento en los Estados Unidos por su trabajo con el gobierno estadounidense.

La evacuación, que comenzó en julio como una reubicación ordenada y modesta de unos pocos miles de afganos, se convirtió en un éxodo apocalíptico cuando Kabul colapsó el 15 de agosto. Cientos, luego miles, se reunieron en las puertas del aeropuerto; la gente abandonó sus coches; y las fuerzas estadounidenses observaron con cámaras infrarrojas cómo la gente invadía sus defensas, no con tanques o explosivos, sino como una gran masa de personas.

Luego, los estadounidenses y los talibanes trabajaron juntos para despejar el aeropuerto y establecer un perímetro después de que varios afganos frenéticos cayeran desde los aviones de transporte y se escuchara el ruido sordo de los helicópteros que evacuaron la Embajada de Estados Unidos, una de las misiones diplomáticas más grandes del mundo. La evacuación se vio plagada de escenas que evocaban las de otra guerra estadounidense cuando Saigón cayó y los helicópteros fueron empujados desde los barcos hacia el mar.

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Credit…Jim Huylebroek para The New York Times

“Tenemos una relación mutuamente beneficiosa con los talibanes”, dijo un soldado de manera irónica este mes, mientras estaba apostado frente al mar de personas con carteles, documentos y pasaportes en la oscuridad de la noche. La única iluminación provenía de las linternas de los rifles que sostenían los soldados estadounidenses que gritaban para que dejaran de empujar y retrocedieran. Una persona quedó atrapada entre el alambre de púas y sus familiares aterrados la sacaron, mientras se colocaban más barreras de acero.

Hace un año, o diez, o quince, los talibanes eran sombras detrás de una fila de árboles cercanos, eran los fantasmas ocultos que abrían la tierra frente a los soldados de Estados Unidos, de la OTAN y de Afganistán para entrar a un infierno atestado de minas. Cada paso planteaba el problema de qué hacer si de pronto un amigo que estaba enfrente explotaba en dos: el torniquete va aquí, el tipo de sangre es O positivo.

Sin embargo, en las últimas horas de la guerra estadounidense, los talibanes se materializaron en toda su expresión: justo en la carretera o al otro lado de la reja de la capital del país. De pronto estaban por todas partes, con sus banderas blancas con negro ondeando en torno a las posiciones estadounidenses, para controlar a la multitud y dejar que Estados Unidos terminara la guerra… pero no bajo sus condiciones.

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Credit…Victor J. Blue para The New York Times

Durante las últimas semanas de la guerra, las fuerzas estadounidenses no estaban patrullando o realizando operaciones de contrainsurgencia, ni construyendo refugios o trabajando en la construcción de la nación afgana. No hicieron redadas en los escondites de armas de los talibanes ni en las fábricas de bombas porque los fabricantes y sus comandantes ahora controlaban la ciudad.

En cambio, los jóvenes soldados e infantes de marina encontraron formas de ayudar a quienes tenían la suerte de llegar a las puertas del aeropuerto. Los llevaron hacia lo que muchos afganos creían que sería una vida mejor. A veces, esas personas no tenían los documentos adecuados, por lo que fueron rechazados.

Más allá del trauma de tener que dar ese rechazo y enfrentar esas escenas de desesperación, los estadounidenses enfrentarían una vez más la pérdida de camaradas en Afganistán durante esas horas finales: 13 militares estadounidenses fueron asesinados por un ataque terrorista del Estado Islámico el jueves cuando intentaban organizar a una multitud de afganos para que mostraran sus documentos. Casi 200 afganos murieron en el mismo incidente, en una devastadora carnicería bélica.

En Catar, Kuwait, Alemania y Estados Unidos, decenas de miles de afganos se sientan en centros de procesamiento, fuera del alcance del gobierno de los talibanes, pero sin saber cuándo o cómo llegarán a Estados Unidos.

En Estados Unidos, los historiadores y analistas estudiarán las soluciones fallidas, las estrategias equivocadas y los argumentos de los generales que aseguraron la victoria a pesar de que en sesiones informativas extraoficiales y reuniones confidenciales reconocieron que Estados Unidos estaba perdiendo la guerra. Quizás el pueblo estadounidense exigirá rendición de cuentas por las miles de vidas y los billones de dólares gastados, solo para que los talibanes vuelvan a tener el control, más poderosos de lo que eran hace 20 años.

O tal vez no les importe, y seguirán adelante en Estados Unidos, un país que seguirá siendo profundamente moldeado, política, económica y personalmente, por la guerra, aunque eso no sea evidente a simple vista.

En cuanto a los que se quedaron en Afganistán, un país de 38 millones menos los miles que han huido o muerto en las últimas semanas, todo lo que pueden hacer es mirar hacia adelante, preguntarse a sí mismos y a todos los que quieran escuchar: ¿Qué viene ahora?

Publicado en New York Times

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Thomas Gibbons-Neff es corresponsal en la oficina de Kabul y fue un soldado de la infantería de marina. @tmgneff


 

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